jueves, 30 de agosto de 2012

Rojos como la sangre - 2 -


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Rojos como la sangre - 2 - 

Vuelves a la fría mujer sobre el lecho de pieles, está dormida… sí… duerme, seguro. Los labios rojos que tantas veces besaste te llaman, te quieren, te necesitan. Estás borracho, ya ni siquiera distingues la realidad del recuerdo, así que la despertarás, como tantas mañanas. Un beso esponjoso, suave, tierno, lleno de amor para ella.

Aquella noche volviste a casa, tambaleante, acompañado por el recuerdo de todos esos besos que tú, cazador miserable, había regalado a Blancanieves ¿le has dado un beso en los labios a una muerta? ¿Hoy has ido a la cripta? ¿Estaba frío su cuerpo? No lo recuerdas, pero sí recuerdas a la mujer vivaz que te devolvía por cada beso otro igual y por cada caricia una tierna sonrisa; a la mujer que dejaba tu mano tan bien acompañado por los latidos de su corazón. Una Blancanieves apasionada, que vibraba de amor por ti.

Sí… quizás sí recuerdas un beso extraño, uno muy frío. El barro te hace resbalar, y la borrachera te arroja de bruces contra el suelo. Recuerdas la sensación de un beso frío y mortecino, la languidez de unos párpados, tu pulgar acariciando unos pómulos blancos. El deseo, intenso y claro, la ilusión, la esperanza por la que entregarías toda tu vida: que abra los ojos y te mire como la primera vez que la besaste.


*

El enamorado cazador se descompone en un suspiro penitente anidado entre los rojos labios de Blancanieves. Y presa del miedo animal más cruel que existe, la besa con todo su corazón.

*

Aquella mujer me nublaba el juicio, no podía pensar, no podía dormir, pasaba mis días entre su melódica voz, su manera de reír, su mirada y todos los obscenos pensamientos me llegaban cuando me descuidaba. Aquellos ojos asustados, encerrados en una profunda penumbra, la gracilidad natural de todos sus movimientos, su olor… Su corazón… ronroneándome, abrazado a mí durante las noches más dura.

La sola idea de que algo pudiera ocurrirle me desquiciaba, así que hacía guardia por las noches y arrastraba mis pies durante el día. A penas lograba dormir un par de horas por jornada.

Sus labios rojos siempre dispuestos a sonreír con dulzura, como si fuera su postura natural.

Incluso los animales del bosque parecían postrase a su paso. Una bestia de instintos sanguinarios que había percibido nuestro olor nos atacó con violencia, yo la empujé, y atraje la atención del monstruo mientras desenvainaba mi hacha. Sus ojos llenos de furia, su cuerpo gris y mugriento… era colosal, jamás había visto un animal semejante; las leyendas hablaban de dragones, de centauros, incluso de arañas infinitas, de almas errantes entre los árboles muertos. Pero aquel monstruo se detuvo en el mismo instante en que puso sus ojos en ella, se acercó maravillado, curioso, sus ojos desteñían la furia, lavándola con inocencia. Quedó varado frente a ella, y mientras aquella figura diminuta la acariciaba, la grandiosa criatura cerró los ojos, despertó del sueño y se marchó por dónde había llegado.

Caminé en silencio a su lado durante varias horas. La muchacha hablaba en susurros,  me relataba sus recuerdos, sus anhelos, sus planes. Pretendía reunir un ejército de hombres y reconquistar las tierras de su padre.

Su voz y su risa iluminaban mis días, pero las noches eran mis favoritas: mi espalda recostada en el tronco moribundo, ella sobre mi pecho, apoya su cabeza en mi hombro derecho, sus pies a mi izquierda. Y al inflar mis pulmones su cuerpo respira con el mío.

- ¿Cómo has hecho eso? – me atrevo a preguntar al fin.

- ¿Hacer qué? – Responde ella en un hilo de voz ensimismada.

- Lo de esta mañana.

- ¿Qué?- Se recuesta ligeramente, despegando su cuerpo del mío, y me mira extrañada, adormilada.

- ¿De verdad no sabes a qué me refiero? – pregunto sorprendido, frunciendo el entrecejo. - ¿Cómo puede ser eso posible?

Ella mira hacia la izquierda en un gesto de reflexión, suspira, la niebla nace de sus labios, vuelve a recostarse sobre mí. Al respirar profundamente el calor de su niebla me acaricia la piel, su cabello se derrama, y en cascada negra me acaricia el brazo.

- Un monstruo de 8 metros de altura no sólo no ha intentado matarnos sino que al verte se ha postrado ante ti, como si fueras la reina de las hadas, o… algo así ¿Y no sabes a lo que me refiero? Es decir… una bestia de ha genuflexionado, ha permitido que la acariciaras cariñosamente…

Ella ríe ante lo que considera una exageración y susurra.

- También nos hemos cruzado con cientos de árboles agonizando y no por ello los recuerdo todos.

- No, no, no… Estamos hablando de una bestia grande, fea y violenta a la que tú has abrazado como si fuera tu mascota favorita.

Algo mojado, tibio, carnoso, suave… algo maravilloso me deja una huella mojada en la piel. Es ella, que me besa en el cuello. Su piel pálida y luminosa se adivina caliente, y creo estrecharla ligeramente. Entre abre los labios, si su lengua me toca la piel estaré perdido, me volveré loco.

- ¿El valiente cazador está celoso? – Al susurrarme, sus labios me acarician la piel.
Su risa descuidada, contenta, tan llena de alegría, me contagia y sin apenas darme cuenta, me encuentro abrazándola. He olvidado al monstruo que nos atacó, el que casi me mata, el mismo que la miró con admiración; lo olvido todo mientras su cuerpo cálido se queda dormido entre mis brazos.

- No estoy celoso… al menos no de una bestia horrible. – Susurro, hablándole a una hermosa mujer que se está quedando dormida.

- No era horrible… - responde ella con dulzura, pegando sus palabras a las mías.

Un rayo inesperado cae con fuerza, no muy lejos de nosotros, y aunque intenta disimular, tiembla de miedo. Yo sonrío a escondidas, he aprendido de su cuerpo lo que su silencio susurra a gritos. Sé que odia las tormentas, se agazapa, todos sus músculos se tensan… como cuando escucha el graznido de algún cuervo o está todo oscuro.

- Sí lo era… - Replico con los ojos cerrados, fingiéndome adormilado.

Es un martirio… cada vez que habla, que suspira, incluso cada maldita vez que inhala y exhala, su cálido aliento me acaricia… Hay noches en las que creo que no podré resistirlo, perderé el control y la besaré violentamente, devoraré sus labios  rojos con desesperación,  ella se asustará, gritará, sus ojos negros me cubrirán de oscuridad y me convertiré para ella en unos de esos graznidos de cuervo.

A veces me sorprende contemplando las vertiginosas curvas de su cuerpo, finge que no se ha dado cuenta pero sus pómulos se tornan de un precioso y dulce tono rojizo, en claro contraste con su pálida piel.

Me he enamorado de ella, ya no tengo dudas, adoro su candor, su ternura, su risa, sus miedos, sus manías, su tenacidad… todo. Lo quiero todo de ella, absolutamente todo.

- ¿Por qué sonríes así?

Abro los ojos refunfuñando, fingiendo que acaba de despertarme.

- ¿Así cómo?

- Así… - y para ella es evidente a lo que se refiere, para mí también, pero… - ¿Soñabas con algo bonito?

- Algo precioso…

Mis labios han respondido, mis pensamientos verbalizados sueñan con tenerla, mi mano tiembla en su cintura. Me volveré loco si no puedo robarle un beso, sólo uno, uno pequeñito, mientras duerme… no… no puedo.

¿Desde cuándo nos hemos acostumbrado a esto? Cada noche se arropa con mi cuerpo, pidiendo abrigo, quiere refugiarse del frío nocturno, quiere escapar de los cuervos, por eso busca mi calor… ¿no? Éste cuerpo suyo, no puede ser tan inocente, sus exuberantes pechos, la estrecha cintura, sus caderas, sus muslos… aparto las manos de su cuerpo y dejo caer mis brazos al suelo…. Ella, creyéndome dormido de nuevo, los busca y los vuelve a colocar dónde estaban. Y con una sensación de candor que jamás había sentido, me quedo dormido.

Despierto sobresaltado, como cada noche, los terrores nocturnos la abordan cuando está dormida, me la encuentro entre amargas y sufridas lágrimas; si le pregunto no recuerda nada, no sabe explicarme qué le pasa, pasados unos minutos cuando está más tranquila, vuelve a dormirse como si nada hubiera pasado. Al principio me dolía verla llorar así, parecía completamente perdida, como si hablara en sueño, sus ojos negros me miraban y creo que no me veían. Pero desde que duerme abrazada a mí ha mejorado mucho, ahora solamente despierta una vez y no todas las noches.

¿Quién es? Aún no lo sé… ¿Por qué la reina quería su corazón? Tampoco… pero creo que empiezo a entenderlo.

*

Los terrores nocturnos de Blancanieves arrancan, desgarrando recuerdos, al desdichado cazador de su pasado, lanzándolo a la realidad de los gélidos labios que está besando con pasión, con fervor, ternura, amor, dolor…

¿Cuándo tiempo lleva besándola? No lo sabe.

Se separa de los labios muertos de Blancanieves, la mira, violentas lágrimas de impotencia manan de él, de sus pupilas, de sus parpados, de su cuerpo entero. Mientras abraza el cuerpo inerte de Blancanieves.

- Blancanieves… vuelve conmigo… - farfulla.

La mira, enreda sus dedos entre los cabellos negros de la mujer fría, sujeta su cabeza con la palma de una de sus manos, la atrae hacia él, y se abandona a los besos muertos. Como si al calor de un beso de amor los muertos pudieran volver a la vida.

Y efectivamente, parece que la magia existe, Blancanieves cobra vida, abre los ojos y sonríe… dentro de los recuerdos del rubio cazador, que ha vuelto a olvidar que está besando a la muerte, que ha vuelto a su pasado, a su flamante bosque sombrío.

*

El paisaje había cambiado, hacía un par de días que habíamos salido del bosque oscuro, nada nos había pasado.

El sonido de la lluvia sobre las hojas, el olor de la hierba mojada, la nacarada piel de la mujer que amo tan pegada a mi cuerpo que no puedo respirar, sus labios carnosos, calientes, traviesos, devorando los míos con ansiedad, como si aquel fuera el último beso que su carne pudiera otorgar… sin embargo, lo cierto es que era el primer beso. Tan rápido, tan furioso, tan arrollador…. Ella se ha abalanzado sobre mí, como si fuera su último segundo de su vida.

Su corazón se descompone entre latidos.

Estaba aquí, lavando mi ropa en el lago, cuando ella llegó y me dedicó una mirada llena de pulsiones, sólo pude ver sus mejillas encendidas y su gesto de enfado.
Heme aquí, la he empapado pero a ella no parece importarle… yo la sujeto de los hombros y logro separarla de mí lo justo y necesario para poder mover los labios.

- Pero qué… - susurro extasiado. Nuestros labios se rozan.

- Oh ¡Cállate! – Responde, lanzándose de nuevo, mordiéndome.

- ¿Qué te pasa? ¿Qué está pasando aquí? – Pregunto, con algo más de convicción, tanta fogosidad, así… de repente… sin más…

- Te quiero, – musitan sus labios, en un suspiro casi inaudible.

- Yo… no… creo… no…. no te he oído bien, – farfullo estupefacto.

- Te quiero, – repite con urgencia, solapando su respuesta a mi última palabra.

Estoy asustado.

- Me has abrigado durante las noches de invierno, me has protegido, he comido y bebido gracias a ti, me has animado durante las largas caminatas, has tomado senderos peligrosos, has arriesgado tu vida, incluso me has enseñado a soñar… Te quiero.

- Pero…

- ¡Ya basta! Tú no me habrías robado un beso nunca, - acerca su mano a mi corazón… - sé que está ahí, debajo de todas esas capas, debajo de todos esos músculos… está ahí, lo oigo latir todas las noches, tan rítmico, tan fuerte… - una sonrisa juguetona aparece en la comisura de sus labios rojos, - ¿Sabes? he visto cómo me miras.

- La verdad es que llevo varios días obsesionado con la idea.

Y ahora, me devuelve a la mujer que amo, sus ojos negros me miran sorprendidos, ilusionados… y avergonzados. Tartamudea, se tapa los labios con una mano y los ojos con otra.

- Lo… lo siento… te vi, tan… - abre los dedos de su mano y me mira abochornada, mira mis hombros, mira mi torso desnudo, mira mis labios, - tú… y… no pude… bueno… No debí…

Una carcajada me aborda mientras la contemplo, la atraigo hacia mí, es el momento de devolverle el beso. El mundo entero cabe entre sus labios, incluido mi corazón; el universo es ahora el sabor de su lengua, incluido todo mi ser; el firmamento habita ahora entre los frenéticos latidos de su corazón, ¿es el mío quizás?


Y al despertar de aquel beso, un delicado río de sangre manó de sus labios rojos.
jueves, 5 de julio de 2012

Blanca como la nieve - 1 -


Suspira, le pesan los hombros, se encorva su espalda. Sí… Es el alma de ese hombre, alto y rubio, que en su terrible caída, arrastra su cuerpo grande y fibroso. Ahí está, su mirada fija, llena de dolor y de muerte. Acaricia, tembloroso, con la palma de sus manos, los delicados pies de la muchacha. Están tan fríos…
En esa maldita cámara funeraria lo único que palpita es su propio corazón, que derrama violentamente la sangre por todo el cuerpo, repartiéndola a golpes rápidos y certeros.
- Todo, te lo has llevado todo contigo,  tu vida, y la mía. No me has dejado nada. – Susurra, en un débil hilo de voz que retumba en la cámara funeraria.
Observa, con la viva imagen del dolor anclada en sus ojos, el cuerpo muerto de la mujer, sobre un lecho de pieles, que él cuidadosamente ha preparado. Estaba tan fría cuando la sacó del ataúd de cristal que tuvo la impresión de que el cristal que la rodeaba se había adherido a su piel. Ahora mira sus cabellos, nubes negras que se derraman… cuántos días de felicidad perdida entre aquellas tormentosas nubes.

*

Cazador sin nombre, llora como un niño, llora por su destino y por el tuyo, ríndele pleitesía a la muerte que ahora habita en ella, y mora también por tus entrañas. Lo sabes, sabes que sin ella no hay vida posible. ¡Mentiroso! ¡Borracho! Ni siquiera en el estado lamentable en el que hoy te encuentras has podido borrar un solo recuerdo. Tus rodillas ya no te sostienen, fallan y caes al suelo, aferrándote al cuerpo muerto de la mujer que amas.
Vuelves aquí cada noche para llorarla, abres el ataúd de cristal que le fabricaron, la sacas de su lecho de rosas y la tiendes sobre el altar funerario de piedra, previamente preparado con tus mejores pieles. Ella, pálida y fría, derrama todo su cuerpo sobre tus brazos, esos mismos brazos que desde aquel día la estrecharon con ternura tantas veces, recuerdas esos momento y pretendes, iluso, revivirlos de nuevo, abrazándola como antaño… con amor, con ternura, lleno de cariño, pero ya no es lo mismo. La depositas en el altar, a duras penas, henchido de recuerdos quemando tu palpitante corazón. Acaricias su cuello, su barbilla, sus labios rojos.
Todas las noches vienes aquí, a pedirle besos a una muerta.
Un gemido de dolor punzante para este cazador que al final cumplió la misión que la reina le había encomendado.

*

- Vuelve, vuelve a mí.  
Susurra el hombre desesperado al recordar las palabras de la reina.

*

- Tráeme su corazón.
Al menos una docena de guardias me rodeaban, hombres de afiladas espadas en ristre, hombres de miradas vacías. No me quedaba alternativa posible. Allí estaba ella, la reina, altiva, terriblemente hermosa: aquella mujer a la que todos amaban con desesperación y locura. Sus ojos negros y profundos, sus labios carnosos y rosados, vertiendo sobre mí sus delirios.
- Mi reina, soy un humilde cazador, no un asesino.
- Tú serás lo que yo diga que seas. – Grita furibunda.
Y no hay réplica alguna, cuentan en el mercado que su furia es peor que la muerte, que es capaz de cosas… cosas tan horribles que no puedo ni imaginar. Así que unos minutos después salgo de aquel funesto castillo con una caja de oro y plata entre las manos.

*

Cazador, te dejó marchar solo, aquél fue el primer error que la reina cometió. Y mírate ahora, al final del cuento, gritando de dolor, corroído por la culpa, el miedo apoderándose de tus pulmones y tus titilantes manos acariciando el cuerpo de la muerte hasta llegar a sus pies y contemplarla, toda ella, tan hermosa, tan delicada. Detestarla no te hará sentir mejor, lo sabes.
Ahora recuerdas cómo lavaste su cuerpo flácido antes de introducirla en el ataúd de cristal, y emprender el viaje de vuelta a casa. En procesión, todos marchasteis tras ella, como marchaste tú a su encuentro, hacia el bosque maldito, con la promesa de volver con un corazón humano entre las manos. Pobre cazador, tan valiente como estúpido.

*

Uno de los artífices del féretro de cristal entra en la cámara funeraria y se acerca, cabizbajo al cazador.
- Márchate a dormir…
Intenta recoger con sus pequeños brazos el cuerpo muerto de mujer.
- ¡No! No la toques – grita el miserable cazador, acompañado de todas sus desgracias.
- Siempre lo mismo, al caer el sol siempre te encuentro aquí, borracho, trastabillando, llorando como una mujer lo que no supiste defender como un hombre. Déjala descansar en paz.
- No… - Suplica el miserable borracho, - ¿No la ves? Está dormida.
- ¡Está muerta, maldita sea! – Los siete culparon al cazador de la muerte de la muchacha, pero sólo uno se apiadó de él.
El cazador anduvo perdido entre la nada y el olvido, caminó por el sucio barro de las calles y dejó un doloroso sendero de lágrimas penitentes  a su paso. Pero volvió la noche siguiente, sumido en la misma lamentable decadencia. El instinto es mal consejero para un hombre destrozado, te pedirá que ahogues tus recuerdos, dejando una dulce promesa de olvido que no se cumplirá jamás; pero tú, loco enamorado, caes en la pusilánime trampa.
El cazador entró, una de tantas noches, en la posada, y pidió, como de costumbre, una jarra del brebaje más fuerte que allí despachasen. Dentro de aquel primer trago, siempre el más amargo, vivía el recuerdo de la primera vez que la vio, entró amargo y maloliente, se deslizó por su lengua y en caída libre llegó directo al corazón.

*

La frontera del bosque oscuro había quedado atrás, hacía ya varias horas. El frio empezaba a calarme hasta los huesos y la oscuridad se volvía cada vez más y más espesa. Que yo hubiera conseguido entrar y salir de aquí con vida un par de veces no me aseguraba la tercera. Esa maldita reina no atiente a razones, está loca, toda la ciudad es un amasijo de pobreza y ruinas desde que ella llegó.
El cuchillo me tiembla entre las manos, la afilada hoja de mi hada palpita en el cinto… El corazón de una niña, por un saco de monedas ¿a quién pretendo engañar?
La niebla, oscura y pastosa se adhiere a mis piernas como si fuera alguna especie de líquido. Odio éste maldito lugar. Si esa niña ha entrado aquí estará muerta de frío, yo estoy temblando, aun a pesar del abrigo que me proporcionan las pieles.

*

Y la idea de la muerte quiere obligarte a volver a tu realidad, te aferras desesperado a la delicada y fría mano de tu amada,  entrelazas sus dedos con los tuyos. No recuerdas el recorrido de una posada a otra, no recuerdas ninguna pelea, ni recuerdas cómo llegaste a la cámara funeraria, pero aquí estás de nuevo. Al acercarte a ella, el olor aún escondido en sus cabellos te devuelve al pasado.

*

Con el machete en una mano y el hacha en la otra, avanzo, sigiloso, escrutando el bosque, atento, acechante. Todo pasa tan rápido que cuando me doy cuenta he clavado el hacha en el tronco del árbol, y una mujer de increíble belleza está atrapada entre mi cuerpo y el tronco del árbol muerto. Aterrada, ni siquiera se atreve a abrir los ojos, pues mi machete amenaza con abrir paso sobre su yugular. El pulso ni siquiera me tiembla al contemplar a mi presa. Ya la tengo.
- ¡Por favor! No me haga daño.
Yo esperaba una niña y he encontrado a una mujer, esperaba a una niña sin nombre, y aquí está ella, aterrorizada, suplicando por su vida.
- ¿Quién eres, mujer, qué haces en este bosque?
- intento cruzar al otro lado. – Susurra, esta temblando de frío, o de miedo.
- No hay otro lado – le increpo, apartando la afilada hoja de su garganta.
Sin duda alguna, es ella la que busco y más vale que sea rápido, quiero salir de aquí, matarla, extraerle el corazón y volver a casa, no será difícil. Pero ella abre los párpados, y me dirija una sola mirada, el viento se levanta, tan oportuno como prodigioso, y se lleva los mechones de cabello que cubrían su rostro. Un solo segundo en el que ella me mira, y yo le devuelvo la mirada, pasmado, deslumbrado por ella. Estupefacto, doy unos cuantos pasos liberándola de mi cuerpo, temeroso de mis impulsos. Y miro hacia otro lado.
- Vete – susurran mis labios.
- ¿Es cierto que no hay otro lugar en el mundo que éste reino?
Apenas presto atención a su melódica voz, no quiero mirarla, por temor a que la extraña sensación me embargue de nuevo.
Los labios rojos y carnosos que me suplicaban por su vida ahora depositan en mí su confianza.
- ¡Márchate! Vete lejos, y no vuelvas nunca.
Y mientras pronuncio mis palabras, suponiendo que en cualquier momento e alejará y no volveré a encontrarme con su mirada, me permito contemplarla por última vez. Está medio desnuda, pálida como la nieve, sus muslos temblorosos y frágiles, sus brazos y su abdomen cubiertos de barro. ¿Quién es esta mujer y por qué es tan importante para la reina?
- Ayúdame.
Inocente y cándida, me susurra con ternura. ¿Cómo puede ser? Soy un animal que ha venido a arrancarle el corazón y llevárselo.
La miro de nuevo a los ojos. Estoy perdido. Resbalo mejilla abajo, su piel tersa y suave, sus labios… tan asustados, tan solos. Un gruñido por mis errores y me desprendo de las pieles para cubrirla a ella. Nos queda un largo camino y su cuerpo está frío como la nieve.


miércoles, 6 de junio de 2012

Magdalena

El sonido lastimero entre mis labios, el escozor que me araña los ojos, el temblor conquistando todo mi cuerpo.

El olor de tu cuerpo.
La lluvia encerrada en mi ventana.

Tus brazos decididos, que me estrechan, que con fuerza y calor doman los escándalosos latidos de mi corazón.

Mis lágrimas, torbellinos de dolor que mi pecho acoge, como si hubiera nacido para sufrir así.
domingo, 20 de mayo de 2012

Úrsula y Xandros

 Imagen copyright:
©2009-2012 ~eat01234


Las gruesas y pesadas cadenas, tan ajustadas, tan innecesarias, tan inútiles... oprimiendo su pálida piel.
- Todas las noches lo mismo, todas. Úrsula, ¿Por qué? ¿Por qué me las pone? Sabes que no voy a irme.
- Ya lo hiciste una vez. - Susurra con frialdad.
Él suspira, dolido, decepcionado; su mirada se precipita hacia el suelo.
- ¿Cuánto tiempo más vas a seguir castigándome por ello?
- No fui yo quién te castigó – tan glacial que podría congelarlo si su cuerpo aún conservara calor –, éste es tu destino.
Y en este último susurro la voz de la hermosísima muñeca rubia de tirabuzones perfectos tiembla de emoción. Disfrutando de su  majestuosa superioridad. Es ella quién tiene el extremo de la cadena entre sus manos.
Todas las cadenas del pálido y triste muchacho, tobillos y muñecas, convergen en el grillete que finalmente ella ha atado a su propio tobillo. Úrsula  se levanta triunfante, incluso divertida; camina hacia la cama obligándolo a él a caminar a su paso; tirando de la humillante cadena que también ha atado al cuello del chico.
Él cierra los puños con fuerza, obligado a permanecer en aquella postura ridícula, levemente inclinada, la cadena de su cuello no es lo suficientemente extensa como para que pueda erguirse al caminar, y las las largas y perfectas piernas de Úrsula no le ofrecen tregua alguna.
El sonido de los eslabones retumba en la habitación. Cuando ambos están ya tendidos en la cama, la luz se apaga.
- Sabes que estas cadenas de hierro no me retienen ¿Verdad?
- Lo sé.
- Entonces ¿Por qué lo haces?
- Porque no quiero que olvides a quién debes tú preciada vida eterna.
- No podría olvidarlo querida Úrsula, no podría.
Ella apoya su cálido y suave cuerpo sobre él, que tendido en la cama percibe su olor, su calor corporal, su palpitante corazón. Manosea el cuerpo de Úrsula  hasta llegar a una de sus manos, se la lleva a los labios, la besa, la huele entre sufridos escalofríos. Hace tanto que no se alimenta, hace tanto que ella no… Úrsula  aparta rápidamente su brazo y él gime de dolor como un animal malherido.
- ¿Quieres morir? ¿Es eso? - le increpa, intentando contener la ansiedad.
Ella no responde, no se mueve. El olor de la humana se intensifica, su fervor, los latidos, la sangre roja circulando dentro de ella.
- Quiero beber, quiero beber ¡Ya! – Grita él, clavándole las uñas a Úrsula  en el muslo derecho.
Se tumba sobre ella, y palpa su cuerpo, exigiendo un poco, sólo  un sorbo, lo necesita… puede escucharla dentro de sus arterias, lo está llamando, le está gritando.
- Creí que no la querías, por eso te marchaste.
- ¡Vamos! Úrsula, no te burles de mí, sabes muy bien que sólo puedo beber tu sangre, sabes muy bien que mi cuerpo rechaza cualquier otra.
- Y aquí está la marca, en tu brazo derecho, justo aquí. En aquel momento lo confirmaste ¿Verdad? ¿A quién mordiste?
La lengua fría del animal desesperado acaricia el cuello de Úrsula, su gélido aliento golpea la garganta de la chica.
- Déjame beber… Dame permiso… - Desquiciado, ya ni siquiera puede levantar la voz.
- Bebe.
- Dilo.
- Bebe.
- Di mi nombre ¡Maldita sea!
Los colmillos del animal rozan el cuello de Úrsula, atentos, esperando inquietos escuchar el nombre que le abre camino la vida.
- ¡¿Quieres morir?! ¡Pues que así sea! – Grita furioso.
Se sienta en la cama, apoya los codos en sus rodillas y sobre las palmas de sus manos deja sus mejillas. Un increíble dolor lo devora por dentro, cada una de sus arterias muertas, su corazón enmohecido, todos los miembros de su cuerpo. El dolor, tan intenso, en cada movimiento, cada fibra, cada centímetro del cuerpo.
Empiezan los gemidos, débiles, tan  frágiles... Solloza como un lobo apaleado, como una fiera moribunda. Intenta levantarse y la cadena de su cuello se lo impide, derrumbándolo bruscamente de nuevo sobre la cama. Está tan débil…
La gloriosa Úrsula sonríe, no lo ve, todo está oscuro, pero lo escucha, percibe sus gemidos de dolor. A tientas, lo busca entre las sábanas de la cama hasta encontrarlo, acerca su exótico cuerpo semidesnudo a él, besa su mejilla, su cuello, se sienta sobre él a horcajadas, acerca su yugular a los labios del vampiro y entonces susurra el nombre milenario, sólo ella lo conoce, sólo ella puede pronunciarlo.
Él hunde sus colmillos en el cuello de la chica. Ahora sí, la sangre roja entra en el cuerpo del chico a borbotones. Ahora es Úrsula la que jadea de placer. Ahora es ella la que gime, la que vacía su corazón en cada latido; la que lo abraza con fuerza.
Ha terminado, él se ha quedado dormido, no ha derramado ni una sola gota de metálica y dulce vida.
Ella se yergue a duras penas, está débil, ha perdido mucha sangre; aún sentada sobre él, puede sentirla correr por el perfecto y frío abdomen que tiene aún entre las piernas. Besa delicadamente sus labios fríos y carnosos, sabe que él ya no está en éste mundo, así que puede permitirse un beso lleno de ternura, un beso en el que termina devorando los labios del muchacho con pasión. Mañana él no lo recordará, ahora, mientras duerme, vuelve al mundo de los muertos.

Más allá de las recias ventanas de madera que sellan cada rendija, cada grieta, cada afilado y escurridizo dedo solar que pudiera colarse en la habitación; más allá del refugio oscuro, el codicioso monstruo dorado empieza el ascenso hacia lo alto del cielo.
Úrsula  queda plácidamente dormida a su lado. El día no transcurre con normalidad, los pasillos murmuran ajetreados, repletos de pasos que rugen tras la hermética puerta. Le roban el sueño varias veces hasta que llena de ira, se despega del cuerpo del vampiro y se encamina hacia la puerta, perdiendo los nervios. Al dar el primer paso cae de bruces contra el suelo, la cadena de su tobillo no da más de sí, el cuerpo del vampiro ni siquiera se ha movido.
Qué imprudente ¿Cómo ha podido pensar siquiera en abrir esa puerta con Xandros acostado en la cama? Suspira, vuelve a la cama y procura dormir un poco más.
Pasadas unas cuantas horas más, con el sol aun reinando en el cielo, vuelven a robarle el sueño. Irritada, palpa bajo la almohada buscando la llave de la cadena, la encuentra, y se libera de ella. Se levanta, con los pies descalzos y de debajo de la cama, extrae un ataúd de madera en el que deja caer a Xandros que sigue, todo él, muerto y pesado. Cierra el ataúd y sale por la puerta de la habitación.
La noche tarda en llegar pero su invencible soberanía cae sobre la ciudad, él despierta dentro del ataúd, desconcertado, apenas recuerda… lo sucedido la noche anterior, apenas recuerda nada después del dolor. Pestañea, inmóvil, esperando los recuerdos que no tardan en llegar en pequeñas dosis, la sangre, deliciosa, dulce e intensa de Úrsula, la sangre sobre su lengua, potente vida para su cuerpo muerto. Así que al final ella había cedido... sonríe satisfecho y con una mano intenta abrir el ataúd, que cede sin ningún esfuerzo. La noche ha llegado, las ventanas están abiertas y una esférica luna rojiza rige en lo alto de su cielo estrellado.
Xandros se pone los pantalones y el cinturón, impaciente por ver a Úrsula, no es habitual que ella despierte antes que él, algo ha debido suceder. La busca en los diferentes salones de la mansión, hasta que al fin, la encuentra en uno de los pasillo, vestida de luto, de espaldas a él. La reconoce de inmediato, a pesar del velo de tul, y del negro predominante en la totalidad de su vestido, un color nada habitual en ella… reconoce su olor, su forma de estar parada, en silencio.
- Papá ha muerto esta mañana; sí, Hetaira también –, susurra Úrsula  al sentir la presencia del vampiro acercándose a ella, ladeando levemente la cabeza – vamos, ponte algo oscuro y acudiremos a la capilla, ya han instalado ambos cuerpos. Toda la ciudad está de luto.
Se vuelve hacia él, anuda su brazo al de Xandros y ambos se encaminan hacia la habitación. Hetaira, muerta… jamás le gustó, su forma de vivir la inmortalidad le resultaba despreciable, sin embargo sería extraño no volver a verla. Ahora sólo quedaban dos vampiros en palacio, él y Bania, la vampiresa de la madre de Úrsula.
Xandros camina en silencio al lado de su ama, ella se apoya en el nudo de sus brazos más de lo normal, parece mareada. Al fin llegan a la alcoba. Ella retira el velo de su rostro para poder ver mejor las prendas de ropa que Xandros deberá ponerse:
- No tienes que hacer eso… no soy un inútil… sé perfectamente cuál es la ropa que debo ponerme en una ocasión así.
 La susurrante voz de Xandros choca contra Úrsula, que inmediatamente deja de acariciar, con su mano, las prendas de ropa masculina y mira, por primera vez en aquella noche, a su vampiro a los ojos. El rostro marmóreo de Xandros observa con curioso estupor los ojos enrojecidos de Úrsula.
- ¿Has estado llorando?
Úrsula vuelve a cubrir su rostro de tul negro.
- Ha muerto mi padre ¿Tú qué crees? ¿Es esa una pregunta digna de respuesta? – responde irritada. - Te espero fuera. Una palabra, un pensamiento más en ese sentido y tu insolencia serás castigada. Date prisa.
El muchacho se queda estupefacto ante la desmesurada reacción de Úrsula, que pocas veces había cruzado palabra alguna con su padre, que jamás le había dedicado una mirada amable, ni siquiera cariñosa.
Se vistió con cierta rapidez, todo, incluso la corbata, era de color negro. Cogió las cadenas, y con ellas en la mano, se dispuso a salir, cuando un rayo iluminó la estancia, y el sonido mojado de las gotas vibró en los cristales. Así que con la otra mano, cogió el paraguas y salió en busca de Úrsula, que lo esperaba, apoyada en la pared. Ella lo miró, una leve sonrisa, un suspiro, sus voluminosos pechos pegados al tórax de Xandros, sus tobillos elevándose, sus cándidas mejillas acariciando las de Xandros, su mano acariciando la de Xandros y cogiendo las cadenas.
- Hoy no necesitaremos esto.- Susurra con ternura, dejándolas caer en el suelo.
Eran aquellos pequeños gestos de Úrsula, lo que la hacían, a ojos del vampiro, una humana especial, llena de contradicciones, inhumana, caprichosa y testaruda.



---------- continuará ---------------
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- Muñeca, nadie que escriba algo que merezca la pena puede escribir en paz.
(Charles Bukowski, Barfly )

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París

París
París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."
(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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"De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas."

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