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miércoles, 7 de agosto de 2013
Zenobia

Apenas llegaba al metro de altura cuando empecé a trabajar como criada en la casa del patrón, para mí eran los trabajos más escabrosos y desagradables, hasta que el dueño de mi vida tuvo a bien encomendarme una tarea más… ¿cómo lo llamó él? Más apropiada para mi cara bonita, y empecé a ser la zorra del esclavo que aquel día había ganado sobre la arena. Yo debía honrar y complacer al triunfador. Jamás olvidaré aquella primera vez, dolorosa y desgarradoras, me tomó con violencia y desdén, destrozándome una y otra, y otra vez hasta quedar dormido.
Ni siquiera el dueño de todos nosotros auguraba lo que pasaría a partir de entonces. Aquello puso de patas arriba a todos los esclavos que solían luchar en la arena, de repente todos ambicionaron la victoria. Por lo visto poseer mi cuerpo con brutalidad era un premio digno por el que luchar, y yo, condenada a no ser más que la furcia de cualquier esclavo, me resigné, acepté mi destino y sin más anhelos que ofrecer placer, cumplí con mi designio. Los Esclavos de la arena fueron alternando el primer puesto y compitiendo entre ellos. Yo fui pasando de una bestia a otra, sin quejas ni remilgos. El patrón multiplicó sus ingresos en cuestión de meses.

A mí no se me permitía asistir a la batalla, así que aquella noche, ungida en aceite de rosas, entré en la alcoba, como siembre, sonriente, dispuesta, desnuda.
- Moswen…
Fue lo único que susurró, me miró durante un buen rato, me escrutó con sus fieros ojos de aquella manera extraña, con las manos aún cubiertas de sangre y algunas heridas abiertas adornando sus numerosas cicatrices.
- Mi nombre es Zenobia.
- No… no lo es…
Jamás supe a qué se refería, imagino que al color de mi pelo o quizás le recordé a alguien, tampoco se lo pregunté; como tantas otras cosas, acepté que él me llamara de una manera diferente, y que me tratara de una manera diferente. Aquel hombre me tocaba como si fuera un verdadero tesoro, y yo me sentía extraña, nadie me había tocado así, como si… como si yo valiera la pena, como si fuera algo valioso, como si yo también mereciera sentir placer.
Y así fue, noche tras noche, ningún hombre le hizo eco desde entonces, yo me acostumbré a él, a aquella manera de tocarme y de llamarme, me acostumbré a su cuerpo y al calor, y al… al amor.
Hasta que una noche, no fue él el victorioso, creo que el patrón se dio cuenta, de una u otra manera lo sabía.
Y ahí viene mi destino a buscarme, mientras duermo junto al nuevo ganador. Mi destino es Urian, o más bien su mano, que me agarra con fuerza del pelo, despertándome, y me jala de éste hasta llegar al patio.
- ¿Es que a caso no tienes más sueños que los de complacer a un esclavo?
Su pregunta está llena de ira y violencia. Yo lo miro confundida y terriblemente asustada, no reconozco su mirada, no me mira como siempre. Tampoco soy capaz de entender su indignación, soy una esclava, no se me permite tener sueños o aspiraciones, he olvidado cómo se hace eso, si es que los tuve alguna vez.
- Este es el trabajo que se me encomendó, lo desempeño como puedo – murmuro.
Urian gruñe entre dientes un cúmulo de insultos hacia mí y me arroja contra el suelo violentamente. Yo por primera vez tengo miedo a morir, me matará, después de tantas noches, de tantas palabras, de tanto candor. Me matará aquí y ahora. O eso pensé.
- Ninguno de estos zafios te tocará más. - Clava su espada en el suelo, - Moswen… ¿Es que no lo ves? Tanta belleza… no has nacido para vivir encadenada… éste no es tu lugar…
Una de sus manos me sujeta por el cuello y aprieta con fuerza, está muy enfadado, ¿por qué? Aprieta mi cuello y me levanta del suelo mientras yo me asfixio. Soy como una muñeca de trapo, es hora de morir.
- Defiéndete – me increpa, mientras su mano me apaga, y yo sigo inerte. – Moswen… defiéndete…
Sus ojos cambian, me suplican… entonces, justo entonces, empezó mi destino, justo en el momento en el que yo empiezo a defenderme con torpeza. Y él suspira, y me suelta, yo caigo de bruces contra el suelo, respirando desesperada.
- De ahora en adelante, tendrán que ganarselo.
Él no volvió a perder ni una sola vez, se dedicó a enseñarme a luchar, insistió y persistió hasta que el patrón aceptó mi nuevo título: Esclava de arena. Y fui progresando, fui fuerte y veloz, diestra con la espada, fui una asesina sobre aquella arena que tantas veces había marcado mi sino. Y fui uniendo cicatrices a las que ya tenía.
Hasta que un giro del destino y un ambicioso y descorazonado patrón nos situaron sobre la misma arena, frente a frente. Entonces yo no era más hábil, ni más fuerte, ni mejor que él, sin embargo se dejó matar por mi y con el último soplo de su corazón entre mis manos, el mío se apagó.
Ya no había nada que me retuviera en aquel lugar, ni siquiera venganza albergaba, no quedaba nada dentro de mí, ni bueno ni malo. Escapé de allí aquella madrugada, sin más destino que seguir caminando y alejarme.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Atroz
Ligeia se bautizó a sí misma, borró el nombre que sus padres le otorgaron al nacer y decidió que ya no era la misma niña, su padre le robó su nombre, le robó todo lo que una vez fue, y se coinvirtió en algo…. algo distinto que requería un nombre especial, un nombre diferente. Y olvidó, olvidó quién fue y cómo se llamaba.
– Tranquilo… no tengas miedo… No te voy a comer – a aprendido a entonar su voz rasgada y susurrante.
El hombre de la barra observa con estupor y cierta fascinación la grotesca sonrisa de Ligeia, y se pregunta cómo alguien puede tatuarse algo tan horrible en medio de la cara. Escondió sus hermosos labios rojos bajo tinta negra y una retahíla de dientes monstruosos y desiguales que sonríen de oreja a oreja. Ligeia siempre sonríe.
– Mujer, vas a acabar con todo el maldito alcohol de éste local… éste no es lugar para una dama.
Liegia frunce el ceño y estrella la jarra de cerveza contra la pegajosa barra. Se acerca al hombre, con el ceño fruncido y gruñe como un monstruoso animal, pero finalmente se marcha. El hombre da un respingo, está acostumbrado a ver el tugurio repleto de piratas a los que les faltan miembros, piratas que jamás se han duchado, pero ésta mujer es diferente, es… ¿es un fantasma? ¿una bruja? quizás algo peor. Puede que Ligeia tenga el aspecto de un monstruo pero no lo es, su sonrisa ahuyenta a los verdaderos monstruos, los humanos. No le gusta la gente ni las peleas, aunque sin saber por qué termina en medio de muchas, debe de ser por su aspecto, aquel tipo hizo bien su trabajo, lo hizo francamente bien.
La mujer sonríe mientras sale por la puerta, y el camarero respira con tranquilidad, da unos pasos hacia afuera, tambaleándose y empieza a pasear dando tumbos por el embarcadero. Aprendió a beber tiempo atrás, aprendió que a cada baso de licor que tomas algo muere dentro de ti, primero muere la tristeza, así que estás sonriente, luego muere el silencio y todo lo dice en voz alta o gritando, aunque no haya ninguna razón, cantas, bailas, intimas con quien sea… Luego muere la estupidez y hablas con inteligencia, rechazas al bárbaro que te ha convencido para que lo acompañes a cualquier rincón, te niegas a yacer con un hombre con los suficientes problemas mentales como para empujar a una tipa de pelo azul y su suntuosa sonrisa. Y por último, por último mueren los recuerdos… esos…. esos son difíciles de matar. Y aunque lo ha intentado, no logra borrar aquellas imágenes de su mente. Ha bebido para olvidarlas, ha cambiado totalmente, ha borrado la belleza del espejo, pero ahí siguen, de nuevo esos malditos recuerdos arrastrándose por dentro de su corazón, arañando y mordiendo. Duele, duele muchísimo.
Y huyendo de sus recuerdos vuelve a ellos en cada beso de licor.
Ligeia fue una muchacha normal, nació en el seno de una burguesía cada vez más próspera, vivió con todo tipo de lujos y comodidades. Papá era comerciante, últimamente estaba enfrascado en el negocio de la pesca y un día, nuestra jovencísima e inocente Ligeia acompañó a su padre, quería saber lo que era navegar.
La noche en alta mar es dura, y la cubierta no es lugar para una muchacha curiosa, pero de entre todos los gritos, de entre todas las olas advenidas contra el barco, un canto melódico y rítmico se alzó por encima de todos. La canción más hermosa y triste que unos oídos humanos puedan escuchar
Era la única que lo escuchaba, miraba fascinada hacia el oscuro horizonte, acerrada a la vela mayor. Los demás hombres parecían ignorar aquel hermoso canto. Y la tormenta amainó, las hubieron de perecer, la calma volvió como siempre vuelve.
Nadie vio a la muchacha que se asomaba entre los barrotes de proa. Nadie se fijó en ella.
Entonces la vio, lumínica, escamada, increíblemente hermosa, la criatura más bonita que había visto jamás. Corrió, adentrándose entre las tripas del barco, y al llegar al fondo abrió la pequeña ventana redondeada. Allí estaba, sonriente y juguetona, una sirena, sí…. una sirena. Algo se encendió dentro de Liegia, aquella preciosa mujer de cabellos azabache y refulgentes ojos verdes... La sirena siguió susurrando su canción, sonriéndole a la adolescente Ligeia que ya había regalado su corazón a cambio de una mirada más, sólo un poco más.
La sirena coló una de sus manos por la pequeña ventana, tocó a Ligeia y la acercó más y más a ella, quería… un beso de sus labios y eso le dio, un beso carnoso y mojado, un beso con olor a sal y sensación oceánica.
Un arpón y el cuerpo de la sirena saliendo del agua, el grito de dolor encoge el corazón de Ligeia, que mareada y loca de dolor, cae al suelo.
- ¡Cortadle la cola antes de que se convierta en piernas o perderá todo su jodido valor! - Reconoce la voz de su padre al instante.
Para cuando llega a la superficie, el cuerpo mutilado de la sirena yace inerte en el suelo, la preciosa cola escamada de colores imposibles es arrastrada por un zafio y orondo contramaestre que ríe imaginando el oro que pagarán por la pieza.
La muchacha que una vez fue Ligeia no lo entiende, algo se ha roto en lo más profundo de su alma, algo que ya no volverá jamás, cómo pueden matar a un ser tan hermoso. Horrorizada, contemplaba el busto muerto de la sirena. El suyo es un rostro perfecto, su luz está muriendo, su cuerpo palidece pero la hermosura de la criatura permanece intacta, a pesar de que sus entrañas se derraman por la cubierta.
Entonces el padre de Ligeia lo arrastra a patadas por la cubierta y lo lanza de nuevo al mar. Su hija acaba de morir en ese mismo instante, en su lugar nace algo distinto y grotesco, algo rabioso y desprovisto de humanidad, algo frío y oscuro. Jamás volverá a creer en los humanos.
La mucha se asoma, los largos cabellos de la sirena brillan y revolotean mientras el cuerpo se hunde.
Esa misma noche hay una fiesta y un baile en honor de su familia ¡Una cola de sirena! Durante la fiesta Ligeia encuentra la manera de escapar, ropa, todas las joyas de su madre, y un saco de monedas de oro en pago por el alma de la hija que acaban de asesinar brutalmente.
Paga una moneda de oro por aniquilar sus labios y convertir su cara en una oda a la aberración. Al pirata encargado del tatuaje le tiembla el pulso mientras improvisa con la aguja entre los mugrientos dedos y ríe, le da un trago a la botella de ron que Ligeia ha comprado y hurga en la preciosa cara de la muchacha. El pirata no pregunta, ni cuestiona, no sabe que está creando a una nueva criatura.
Volvamos al cantina de la que acaba de salir una mujer terrible y atractiva a partes iguales, evitando una palea con el rústico y primario intento de ser humano de siempre, y no es que fuera el mismo físicamente, pero los varones humanos siempre son iguales.
Volvamos a una Ligeia tambaleante, que cae de bruces contra el suelo, y queda tirada en el muelle. Entre todas las siluetas de los barcos atracados, en el horizonte el sol empieza a dar sus buenos días. Ella entreabre los doloridos y enrojecidos ojos. La imagen residual de su amada partida por la mitad la acompañará siempre, los recuerdos no morirán jamás, por mucho que engulla litros y litros de alcohol. Esa desazón sólo termina con la muerte, pero Ligeia no quiere morir.
Quiere ser una sirena, reniega de la especie humana, y al maestro ya se le han agotado las ideas. El maestro Zalabin, un hombre viejo y decrépito que encontró en la parte francesa del Caribe, le dijo que tenía la fórmula para convertirla en sirena, pero aquí seguimos, en el mismo punto, el mismo océano, ni una escama. Pero ha aprendido mucho desde aquel entonces. Las joyas se agotaron, el oro se esfumó entre tabernas de higiene cuestionable, brujas estafadoras y alcohol. Cuando el maestro le ofreció el trabajo no pudo negarse. Así que se enroló, ella montaba los decorados, organizaba el material de las actuaciones, llevaba las cuentas, y últimamente negociaba los contratos, el viejo estaba muy chocho y su hijo, de la edad de Ligeia, no parecía particularmente interesado en seguir la tradición familiar, se limitaba a acompañarlos sin pena ni gloria.
Poe aterriza en el suelo, al lado de Ligeia, sus majestuosas alas, al aterrizar, cubren de frio el sofocado y lloroso rostro de Ligeia.
- Sabías dónde encontrarme ¿Verdad? Sí… sabías que estaría aquí, siéntete orgulloso Poe, no he organizado ninguna pelea hoy.
El animal alado la mira.
- Ya, ya lo sé… ¡Ya lo sé! No me metas prisas que no puedo ni caminar. Lo sé… nos vamos de aquí.
La mucha intenta levantarse pero cae varias veces, una vez de pie, el animal alza el vuelto y aterriza en el hombro de Ligeia, sus garras rasgan la impoluta piel de la escuálida mujer, pero a ella parece no importarle.
- ¡No! no es verdad – contesta al animal, que como es ovbio, no ha pronunciado palabra alguna porque es… un animal - Estamos en Tortuga y ya he decidido. Sí, e suna decisión válida como la que más. Estoy borracha, sí. Me he enterado de que hay un barco que busca tripulación.
Las hebras de sangre se deslizan por el brazo lleno de cicatrices y marcas de las garras de Poe.
- Recogeremos mis cosas, porque tú no tienes nada, y averiguaremos como entrar en ese barco pirata. Sólo un barco pirata estaría tan loco como para adentrarse en los peligrosos caminos que podrían conducirme a mi destino.
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miércoles, 17 de abril de 2013
Kamikaze ~ 神風 (かみかぜ)

He vivido, he soñado, he amado y suspirado, reído a carcajadas… He aprendido a ser severamente juzgado y condenado, he aprendido a resistir o al menos lo hice, por un tiempo. He visto mareas de sangre y he aprendido a sobrevolarlas.
Adiestré a mi mano, con dedicación y constancia, a decir "adiós" enérgicamente a todas las personas que surcaron por las aguas de mi vida, que la cruzaron, o nadaron en ella apenas unos momentos.
Y aprendí a volar.
Mi corazón, autodidacta siempre en materia de sentimientos, aprendió a amar y a desamar, a sangrar, a aporrearme; tembló y vibró entre las manos de aquellos otros, tan extraños que lo secuestraron en una mirada, a veces en un beso. Gritó cuando ellos desaparecieron de mi vida y se negó a aceptar que ya no podría volver a verlos jamás. Latió, cálido y acompasado en sus abrazos, enérgico y seguro en sus desafíos, perezoso y cansado por las mañanas al despertar.
Siguió volando, un amanecerte más, no se detuvo, un latido tras otro, ni siquiera quedó tiempo de parar a recuperar el aliento.
Una noche estrellada, de cielo despejado y luz atronadora bajo la superficie de mis pies; una noche de fuegos artificiales, inundado mi cielo de ira y mi tierra de cadáveres. Una noche y mil noches de muerte.
Una noche como cualquier otra, mis metálicas alas susurraron… y él, ese corazón valiente y guerrero que hay dentro de mi pecho, resignado y cabizbajo aceptó; mantuvo la compostura hasta que mis pies dejaron de tocar la superficie del suelo. Volé hacia mi destino, volé hacia mi muerte. No temí.
Y cabalgó, furioso, histérico, rebosante de vida hasta el último temible latido.
miércoles, 3 de abril de 2013
Lluviosa
Me lluevo, me escuecen las pestañas, los pulmones se me
vacían, me tiemblan las rodillas, las manos se me enfrían, sangre
arremolinándose.
Ante mí, el cristal, tras el que tu cuerpo desnudo, parece dormido, grita de repente. Y las cortinas abiertas muestran tu piel blanca, tus labios morados. Y las manos, y los brazos que tanto me abrazaron se esconden aún, ahí dentro de la bolsa negra. Y yo, necia como soy, esperaba un hospital, esperaba médicos; pero no, nada de eso… aquí estoy, aquí estamos, en la sala de autopsias. Y no hay camilla, no hay tubos, ni murmullos…
Todo tan oscuro, todo inconexo, todo silencio, no puede ser, no puede ser, no puede ser… no… es imposible, y sin embargo ahí está tu cadáver.
El dolor atroz, el corazón que a estallidos, me congela la sangre. Mi cuerpo cae en el abismo. Explotará, todo éste cuerpo mío explotará. Y me derramo de dolor en cada frenético latido.
El suelo, murmullos, preguntas; me levanta; ya no sé dónde estoy, ni cómo he llegado aquí, pero veo tu cuerpo muerto frente a mí, de nuevo. Y mi lengua canta aquella nana tan tuya… No podré, suplican mis pensamientos, no podré seguir yo sola, no sin ti. Me llevan, me apartan de tu cuerpo embolsado. Me sientan.
Me apago, desesperada y sola.
Desde mi destartalada silla, soy cobarde y egoísta, te regalo mi vida, me cambio por ti, si con ello el dolor se calla.
Soy lluvia que se derrama, ya no existo, soy unos nudillos arañando mis parpados, soy una imagen inundada del suelo, soy una sensación incrédula que se resiste, soy la esperanza y el amor, que al agonizar, vacían el mundo.
Ante mí, el cristal, tras el que tu cuerpo desnudo, parece dormido, grita de repente. Y las cortinas abiertas muestran tu piel blanca, tus labios morados. Y las manos, y los brazos que tanto me abrazaron se esconden aún, ahí dentro de la bolsa negra. Y yo, necia como soy, esperaba un hospital, esperaba médicos; pero no, nada de eso… aquí estoy, aquí estamos, en la sala de autopsias. Y no hay camilla, no hay tubos, ni murmullos…
Todo tan oscuro, todo inconexo, todo silencio, no puede ser, no puede ser, no puede ser… no… es imposible, y sin embargo ahí está tu cadáver.
El dolor atroz, el corazón que a estallidos, me congela la sangre. Mi cuerpo cae en el abismo. Explotará, todo éste cuerpo mío explotará. Y me derramo de dolor en cada frenético latido.
El suelo, murmullos, preguntas; me levanta; ya no sé dónde estoy, ni cómo he llegado aquí, pero veo tu cuerpo muerto frente a mí, de nuevo. Y mi lengua canta aquella nana tan tuya… No podré, suplican mis pensamientos, no podré seguir yo sola, no sin ti. Me llevan, me apartan de tu cuerpo embolsado. Me sientan.
Me apago, desesperada y sola.
Desde mi destartalada silla, soy cobarde y egoísta, te regalo mi vida, me cambio por ti, si con ello el dolor se calla.
Soy lluvia que se derrama, ya no existo, soy unos nudillos arañando mis parpados, soy una imagen inundada del suelo, soy una sensación incrédula que se resiste, soy la esperanza y el amor, que al agonizar, vacían el mundo.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Luna
Victoria van Violence
No podemos presentar una alegación tan floja.
El cenicero lleno de cigarrillos, Ádrian escurriéndose la
sesera.
- Lo maté, sabía lo que hacía, estaba tranquila, me saqué
legalmente el permiso de armas, fui a comprar la pistola y la munición…
- Ya, ya, ya, ¡Ya me los ha dicho muchas veces! Pero no
puedo presentar algo así y lo sabes.
- Lo sé, pero quiero que lo tengas claro.
- Defensa personal, enajenación mental transitoria,
arrebato, obcecación u otro estado pasional de entidad semejante…
Y sus ojos claros van de un lado a otro, hurgando en su
memoria entre los artículos del código penal. No es el abogado más caro, ni
siquiera es el mejor, pero me gusta lo que hace, con pasión y entrega… lo
admiro. No me importa morir en una cárcel de mujeres. No es lo que mi abuelita
y mi madrecita tenían preparado para mí, pero después de ver la cara de ese
jodido cabrón, desfigurada por el disparo de mi 9mm parabellum, puedo morir en
paz.
Ya no me reconozco, mis músculos se han desarrollado, he
aprendido defensa personal, boxeo y algunas artes marciales, he tenido que
hacerlo porque aquí dentro, si no sabes defenderte te llueven palizas diarias,
o cualquier lesbiana machorro te toma como animal de compañía para que le
chupes el gato día sí, día también. Llevo dos años en preventivo, y ya he
montado más altercados que en los 20 años de vida que recorren mis arterias.
Ya ni siquiera me reconozco cuando me miro en el espejo de
la celda. De hecho yo era alguien normal hasta que lo conocí a él en mi primer
año de carrera. Ingeniería Aeroespacial, mi sueño era tocar la Luna y creí que
aquella carrera me lo permitiría, cada minuto de cada día lo dediqué al estudio
constante; ni infancia ni adolescencia, he pasado toda mi vida entre libros de
biología, física y química.
Y allí estaba él, en la cafetería de la biblioteca, todo
cambió cuando sus ojos negros se confundieron con los míos. Todo. Para cuando
llegué a cuarto de carrera aún no había siquiera logrado uno de sus besos. Fui
allí todos los días, y allí estaba él, su sonrisa, los hoyuelos de su sus
mejillas, la coma de su mentón. A veces se sentaba frente a mí y charlaba
conmigo. Él, y mis libros, eso era mi vida, ni televisión, ni cine, ni nada que
no fuera aquella cafetería o mis clases.
La noche que me acosté con él tuve claro, por primera vez,
que la Luna podría esperar, que nada en el mundo importaría más. Y siguió,
ofreciéndome orgasmos y caricias mientras mi doctorado iba muriendo poco a
poco.
- Todos los días lo mismo, Luna, esto tiene que terminar,
sabes que no te quiero, me gusta hacerlo contigo, eso es todo.
Nunca lo creí. Siempre pensé que se estaba haciendo el duro.
Pero me equivoqué. Cuando llegó el último lunes de su vida, hacía ya dos
semanas que no follábamos, que no había caricias, ni besos, ni orgasmos, hacía
ya dos semanas que había encontrado a otra.
No podía consentirlo. Murió suplicándome, bajo mi Magnum 9
mm, aquel lunes sí fue capaz de llorar por mí. Aquel lunes de octubre mi
corazón murió con él, mi vida, mi futuro, mi todo. Vi su luz morir entre sus
parpados, y lo supe, mi Luna viviría fuera de los barrotes de mi cárcel.
**
Anoche me quedé dormida, tirada en la apestosa litera, mirando la Luna a
través de los barrotes. Cuánto ha cambiado mi vida. Aunque no podría
decir que el cambio me disguste, es radicalmente opuesta a lo que era, y
yo diría que ésta… ésta me gusta más, es… ¿Cómo decirlo? Más
entretenida. Aunque él no esté, y a veces lo eche de menos.Sí, echo de
menos las brutales embestidas, sus jadeos, el cuerpo grande y fibroso
que me envolvía, aquella manera tan fogosa, jadeante y estúpida de
pronunciar mi nombre, una y otra, y otra vez… le encantaba mi nombre, lo
pronunciaba siempre que tenía ocasión: Estaba segura de que follaba
conmigo, y con nadie más.
Me he puesto melancólica hoy, ¿debe ser algún tipo de remordimiento? Una carcajada, mi carcajada.
- ¿De qué te ríes Lu? – me pregunta Danna, medio riendo también.
- De algunos fantasmas. – Suspiro.
He cambiado mis esperanzas de llegar a la NASA por una celda de unos pocos metros cuadrados. Aún recuerdo la expresión atónita de Adrian, cuando en el juicio testifiqué contra mi persona dije la verdad, total y absolutamente. Primera página de todos los periódicos nacionales. Mi abogado mirándome como si acabara de apuñalarle el corazón. Probó la enajenación mental transitoria, incluso intentó que la sentencia fuera para una cárcel psiquiátrica. Yo le sonreía con ternura mientras él luchaba por mi libertad.
- ¿Es total y plenamente consciente de que terminó con la vida de un hombre? – Preguntó el fiscal, a viva voz, en tono acusador.
Yo enarqué una ceja, ¿éste tipo es imbécil? ¿No se ha leído mi confesión escrita y firmada por mi abogado y por mi misma persona? Aún recuerdo a Adrian rogándome en aquella celda que no lo hiciera firmar algo así.
- Lo soy - contesté tranquilamente.
- ¿Quería usted hacerlo?
- Joder, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Hostia puta! Quería matar a ese hijo de puta, quería, sí, quería hacerlo, quería matarlo ¡Joder! – y cambié de registro, lo siguiente lo dije en español, alto y claro - ¿Es usted retrasado mental? ¿Entiende lo que le digo? – y volví al inglés - ¿Me entiende? ¿Se ha leído el sumario? ¡Por dios bendito! Es un inútil.
Las facciones de mi abogado, cada vez más blancas, rojas, moradas… pero es que me cabreaba tanto juicio, tanto papeleo, tantos exámenes psicológicos… Al final, a pesar de todos los esfuerzos del pobre Adrian, me metieron la alevosía, bueno ellos lo llaman alevosía, por lo visto empleé medios, modos o forman, que tendieron directa y especialmente a asegurar el asesinato sin el riesgo que podría haberme supuesto que él se defendiera… vaya maneras de decir que lo encañoné con mi revolver y le medí una bala del calibre 45 en la sesera. Vuelvo a reír, no… una bala no, fueron varias, demasiadas… sí… digamos que también hubo ensañamiento, pero Adrian logró que lo desestimaran, por lo visto una vez está muerto, el resto de balas no aumentan deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima.
Todo daba igual, me colgaron dos cadenas perpetuas. El juez gritó culpable con toda su mala hostia, y yo me encogí de hombros e intenté consolar a mi abogado, que casi se echa a llorar.
**
A mí me encerraron, pero ese hijo de puta no volverá a respirar, no volverá a joderse a nadie, no jadeará ningún otro nombre, no lo hará, el mío fue el último que gemía entre calientes sudores, yo fui la última que lo escuchó reír, que escuchó su falso y delirante "te quiero mucho, Luna"… ¡Y una mierda! Ahí te pudras en el maldito purgatorio, si es que existe esa mierda.
Quería matarlo, pero flaqueé, estaba pidiéndole explicaciones cuando me besó y caí, caí en la espiral de su olor, de su sabor, de su presencia… pero aquel falso te quiero después del polvo lo condenó para siempre; me recordó que estaba rota y seguiría sangrando a borbotones si no acababa con todo aquello.
La gloriosa sensación de poder y control me embriaga de nuevo, verlo allí, arrodillado, medio desnudo.
- Luna, ¿qué coño estás haciendo? – tocó el cañón de mi revolver, y se dio cuenta de que era de verdad.
Sus ojos muertos de miedo.
- Eres un mentiroso. – Susurró el monstruo que acababa de encarnarme.
- Luna… Luna… ¿Qué haces? ¿Qué es ésto? ¿Qué está pasando? – Tartamudeó, pero no se movió.
- Que vas a morir. – Y aquel fue el momento en el que dejé de quererlo como lo quería, y pasé a quererlo de una manera... diferente.
- No… Luna… Te quiero… Esas otras no son nadie, yo te quiero a ti – susurra tan acojonado que olvida retener la orina dentro de su cuerpo, y se desparrama por el pantalón, mojando el suelo.
- Mentira.
- No, no, no, no… no es mentira, esas otras no significan nada. Te quiero, Luna, te quiero muchísimo.
- Yo a ti más. – Y disparé, una, y otra, y otras muchas veces.
"No volverás a decir que me quieres, cabrón miserable" pensaba mientras remendaba sus labios, uno junto al otro y dejaba una media luna tatuada en su pecho, con material improvisado.
Ahora… ahora sí me quieres, muerto, con los labios sellados y a Luna en tu pecho. Ahora sí.
La voz de Danna me saca de mis recuerdos.
- ¿En qué cojones estás pensando? Pareces muy feliz. – pregunta Danna, a casi un centímetro de mi cara, examinando mi expresión ensimismada.
- Ya te lo he dicho, pesada, en fantasmas.
Me he puesto melancólica hoy, ¿debe ser algún tipo de remordimiento? Una carcajada, mi carcajada.
- ¿De qué te ríes Lu? – me pregunta Danna, medio riendo también.
- De algunos fantasmas. – Suspiro.
He cambiado mis esperanzas de llegar a la NASA por una celda de unos pocos metros cuadrados. Aún recuerdo la expresión atónita de Adrian, cuando en el juicio testifiqué contra mi persona dije la verdad, total y absolutamente. Primera página de todos los periódicos nacionales. Mi abogado mirándome como si acabara de apuñalarle el corazón. Probó la enajenación mental transitoria, incluso intentó que la sentencia fuera para una cárcel psiquiátrica. Yo le sonreía con ternura mientras él luchaba por mi libertad.
- ¿Es total y plenamente consciente de que terminó con la vida de un hombre? – Preguntó el fiscal, a viva voz, en tono acusador.
Yo enarqué una ceja, ¿éste tipo es imbécil? ¿No se ha leído mi confesión escrita y firmada por mi abogado y por mi misma persona? Aún recuerdo a Adrian rogándome en aquella celda que no lo hiciera firmar algo así.
- Lo soy - contesté tranquilamente.
- ¿Quería usted hacerlo?
- Joder, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Hostia puta! Quería matar a ese hijo de puta, quería, sí, quería hacerlo, quería matarlo ¡Joder! – y cambié de registro, lo siguiente lo dije en español, alto y claro - ¿Es usted retrasado mental? ¿Entiende lo que le digo? – y volví al inglés - ¿Me entiende? ¿Se ha leído el sumario? ¡Por dios bendito! Es un inútil.
Las facciones de mi abogado, cada vez más blancas, rojas, moradas… pero es que me cabreaba tanto juicio, tanto papeleo, tantos exámenes psicológicos… Al final, a pesar de todos los esfuerzos del pobre Adrian, me metieron la alevosía, bueno ellos lo llaman alevosía, por lo visto empleé medios, modos o forman, que tendieron directa y especialmente a asegurar el asesinato sin el riesgo que podría haberme supuesto que él se defendiera… vaya maneras de decir que lo encañoné con mi revolver y le medí una bala del calibre 45 en la sesera. Vuelvo a reír, no… una bala no, fueron varias, demasiadas… sí… digamos que también hubo ensañamiento, pero Adrian logró que lo desestimaran, por lo visto una vez está muerto, el resto de balas no aumentan deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima.
Todo daba igual, me colgaron dos cadenas perpetuas. El juez gritó culpable con toda su mala hostia, y yo me encogí de hombros e intenté consolar a mi abogado, que casi se echa a llorar.
**
A mí me encerraron, pero ese hijo de puta no volverá a respirar, no volverá a joderse a nadie, no jadeará ningún otro nombre, no lo hará, el mío fue el último que gemía entre calientes sudores, yo fui la última que lo escuchó reír, que escuchó su falso y delirante "te quiero mucho, Luna"… ¡Y una mierda! Ahí te pudras en el maldito purgatorio, si es que existe esa mierda.
Quería matarlo, pero flaqueé, estaba pidiéndole explicaciones cuando me besó y caí, caí en la espiral de su olor, de su sabor, de su presencia… pero aquel falso te quiero después del polvo lo condenó para siempre; me recordó que estaba rota y seguiría sangrando a borbotones si no acababa con todo aquello.
La gloriosa sensación de poder y control me embriaga de nuevo, verlo allí, arrodillado, medio desnudo.
- Luna, ¿qué coño estás haciendo? – tocó el cañón de mi revolver, y se dio cuenta de que era de verdad.
Sus ojos muertos de miedo.
- Eres un mentiroso. – Susurró el monstruo que acababa de encarnarme.
- Luna… Luna… ¿Qué haces? ¿Qué es ésto? ¿Qué está pasando? – Tartamudeó, pero no se movió.
- Que vas a morir. – Y aquel fue el momento en el que dejé de quererlo como lo quería, y pasé a quererlo de una manera... diferente.
- No… Luna… Te quiero… Esas otras no son nadie, yo te quiero a ti – susurra tan acojonado que olvida retener la orina dentro de su cuerpo, y se desparrama por el pantalón, mojando el suelo.
- Mentira.
- No, no, no, no… no es mentira, esas otras no significan nada. Te quiero, Luna, te quiero muchísimo.
- Yo a ti más. – Y disparé, una, y otra, y otras muchas veces.
"No volverás a decir que me quieres, cabrón miserable" pensaba mientras remendaba sus labios, uno junto al otro y dejaba una media luna tatuada en su pecho, con material improvisado.
Ahora… ahora sí me quieres, muerto, con los labios sellados y a Luna en tu pecho. Ahora sí.
La voz de Danna me saca de mis recuerdos.
- ¿En qué cojones estás pensando? Pareces muy feliz. – pregunta Danna, a casi un centímetro de mi cara, examinando mi expresión ensimismada.
- Ya te lo he dicho, pesada, en fantasmas.
La vida de la cárcel fue dura al principio, recibí varias palizas, me dolían rincones del cuerpo que yo no sabía ni que existían. Pero chupar gatos era, con diferencia, lo que peor llevaba, aquel sabor salado, a pescado crudo, el intenso olor, aquella manera violenta y ansiosa de penetrar en mí una y otra vez, hasta los nudillos… Sí… fue duro, fue muy duro, tuve que aprender a ser violenta, a intimidarlas, a revelarme, a recibir y dar. Y si algo me quedó claro, es que aquí, el que da la primera hostia, es el que más posibilidades tiene de ganar respeto. Era aquello o ser una puta chupadora de almejas toda mi vida, si voy a pasar aquí el resto de mis días, prefiero los golpes o la celda de aislamiento cuando hay pelea.
Melinda era diferente, adjetivó mi personalidad y la llamó psicopática, me hizo gracia aquello, empecé a interesarme por eso de la psicopatía durante las sesiones que me dedicaba una vez a la semana y aprendí, aprendí de mí. Ella decía que tenía muy baja tolerancia a la frustración, y por eso había asesinado a sangre fría al único hombre que he querido; decía que no tenía sentimientos, ni capacidad de empatía, y eso no me gustó una mierda, yo sí tengo sentimientos… ¿O los tenía?
Y me quedé dormida, la voz de Danna al fondo, preguntando algo que no he alcanzado a escuchar.
Amanece, y lo primero que hago, es mirar su fotografía y encenderme uno de los cigarros que Bruno me trajo la última vez que había logrado escaquearse y quería meterla en caliente. Fumo pegada a los barrotes, y la última bocanada de humo, va acompañada de un beso para la fotografía.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Ser, estar, parecer
He vuelto a perderme en un mar de cadáveres viandantes, me he perdido en la niebla, en la oscuridad de un callejón sin salida, en la madriguera del conejo, en la isla sin retorno.
Me he disuelto entre las palpitaciones de mi órgano rojo que insisten y persisten en vociferarme, estoy entre los entresijos laberínticos de la casa de Asterión, quizás en un planeta rojo (de nuevo, todo rojo) o al otro lado del espejo.
Ausente en el sótano, el desván, el cementerio, el patio del recreo, una galaxia lejana, un pasado inútil , una pantalla de cine.
Estoy empapada entre las notas de un piano, las palabras mudas de una triste canción, en medio de las sílabas de una nana. Me he fugado a la Luna, viajo por entre el vacío siguiendo el último alarido luminoso de una estrella ya muerta.
Dormida, apagada, muda, polvorienta, diminuta, ahogada, des-alada, desenfadada, des…
No estoy, no estoy aquí y ahora, no hay lugar para mí, no hay ninguna butaca reservada, ninguna mesa, ningún cuartucho de mala muerte, ni siquiera hay un lugar para mí en el suelo.
Ni soy, ni estoy, ni parezco… nada.
jueves, 30 de agosto de 2012
Rojos como la sangre - 2 -
Rojos como la sangre - 2 -
Vuelves a la fría mujer sobre el
lecho de pieles, está dormida… sí… duerme, seguro. Los labios rojos que
tantas veces besaste te llaman, te quieren, te necesitan. Estás
borracho, ya ni siquiera distingues la realidad del recuerdo, así que la
despertarás, como tantas mañanas. Un beso esponjoso, suave, tierno,
lleno de amor para ella.
Aquella noche volviste a casa, tambaleante, acompañado por el recuerdo de todos esos besos que tú, cazador miserable, había regalado a Blancanieves ¿le has dado un beso en los labios a una muerta? ¿Hoy has ido a la cripta? ¿Estaba frío su cuerpo? No lo recuerdas, pero sí recuerdas a la mujer vivaz que te devolvía por cada beso otro igual y por cada caricia una tierna sonrisa; a la mujer que dejaba tu mano tan bien acompañado por los latidos de su corazón. Una Blancanieves apasionada, que vibraba de amor por ti.
Sí… quizás sí recuerdas un beso extraño, uno muy frío. El barro te hace resbalar, y la borrachera te arroja de bruces contra el suelo. Recuerdas la sensación de un beso frío y mortecino, la languidez de unos párpados, tu pulgar acariciando unos pómulos blancos. El deseo, intenso y claro, la ilusión, la esperanza por la que entregarías toda tu vida: que abra los ojos y te mire como la primera vez que la besaste.
*
El enamorado cazador se descompone en un suspiro penitente anidado entre los rojos labios de Blancanieves. Y presa del miedo animal más cruel que existe, la besa con todo su corazón.
*
Aquella mujer me nublaba el juicio, no podía pensar, no podía dormir, pasaba mis días entre su melódica voz, su manera de reír, su mirada y todos los obscenos pensamientos me llegaban cuando me descuidaba. Aquellos ojos asustados, encerrados en una profunda penumbra, la gracilidad natural de todos sus movimientos, su olor… Su corazón… ronroneándome, abrazado a mí durante las noches más dura.
La sola idea de que algo pudiera ocurrirle me desquiciaba, así que hacía guardia por las noches y arrastraba mis pies durante el día. A penas lograba dormir un par de horas por jornada.
Sus labios rojos siempre dispuestos a sonreír con dulzura, como si fuera su postura natural.
Incluso los animales del bosque parecían postrase a su paso. Una bestia de instintos sanguinarios que había percibido nuestro olor nos atacó con violencia, yo la empujé, y atraje la atención del monstruo mientras desenvainaba mi hacha. Sus ojos llenos de furia, su cuerpo gris y mugriento… era colosal, jamás había visto un animal semejante; las leyendas hablaban de dragones, de centauros, incluso de arañas infinitas, de almas errantes entre los árboles muertos. Pero aquel monstruo se detuvo en el mismo instante en que puso sus ojos en ella, se acercó maravillado, curioso, sus ojos desteñían la furia, lavándola con inocencia. Quedó varado frente a ella, y mientras aquella figura diminuta la acariciaba, la grandiosa criatura cerró los ojos, despertó del sueño y se marchó por dónde había llegado.
Caminé en silencio a su lado durante varias horas. La muchacha hablaba en susurros, me relataba sus recuerdos, sus anhelos, sus planes. Pretendía reunir un ejército de hombres y reconquistar las tierras de su padre.
Su voz y su risa iluminaban mis días, pero las noches eran mis favoritas: mi espalda recostada en el tronco moribundo, ella sobre mi pecho, apoya su cabeza en mi hombro derecho, sus pies a mi izquierda. Y al inflar mis pulmones su cuerpo respira con el mío.
- ¿Cómo has hecho eso? – me atrevo a preguntar al fin.
- ¿Hacer qué? – Responde ella en un hilo de voz ensimismada.
- Lo de esta mañana.
- ¿Qué?- Se recuesta ligeramente, despegando su cuerpo del mío, y me mira extrañada, adormilada.
- ¿De verdad no sabes a qué me refiero? – pregunto sorprendido, frunciendo el entrecejo. - ¿Cómo puede ser eso posible?
Ella mira hacia la izquierda en un gesto de reflexión, suspira, la niebla nace de sus labios, vuelve a recostarse sobre mí. Al respirar profundamente el calor de su niebla me acaricia la piel, su cabello se derrama, y en cascada negra me acaricia el brazo.
- Un monstruo de 8 metros de altura no sólo no ha intentado matarnos sino que al verte se ha postrado ante ti, como si fueras la reina de las hadas, o… algo así ¿Y no sabes a lo que me refiero? Es decir… una bestia de ha genuflexionado, ha permitido que la acariciaras cariñosamente…
Ella ríe ante lo que considera una exageración y susurra.
- También nos hemos cruzado con cientos de árboles agonizando y no por ello los recuerdo todos.
- No, no, no… Estamos hablando de una bestia grande, fea y violenta a la que tú has abrazado como si fuera tu mascota favorita.
Algo mojado, tibio, carnoso, suave… algo maravilloso me deja una huella mojada en la piel. Es ella, que me besa en el cuello. Su piel pálida y luminosa se adivina caliente, y creo estrecharla ligeramente. Entre abre los labios, si su lengua me toca la piel estaré perdido, me volveré loco.
- ¿El valiente cazador está celoso? – Al susurrarme, sus labios me acarician la piel.
Su risa descuidada, contenta, tan llena de alegría, me contagia y sin apenas darme cuenta, me encuentro abrazándola. He olvidado al monstruo que nos atacó, el que casi me mata, el mismo que la miró con admiración; lo olvido todo mientras su cuerpo cálido se queda dormido entre mis brazos.
- No estoy celoso… al menos no de una bestia horrible. – Susurro, hablándole a una hermosa mujer que se está quedando dormida.
- No era horrible… - responde ella con dulzura, pegando sus palabras a las mías.
Un rayo inesperado cae con fuerza, no muy lejos de nosotros, y aunque intenta disimular, tiembla de miedo. Yo sonrío a escondidas, he aprendido de su cuerpo lo que su silencio susurra a gritos. Sé que odia las tormentas, se agazapa, todos sus músculos se tensan… como cuando escucha el graznido de algún cuervo o está todo oscuro.
- Sí lo era… - Replico con los ojos cerrados, fingiéndome adormilado.
Es un martirio… cada vez que habla, que suspira, incluso cada maldita vez que inhala y exhala, su cálido aliento me acaricia… Hay noches en las que creo que no podré resistirlo, perderé el control y la besaré violentamente, devoraré sus labios rojos con desesperación, ella se asustará, gritará, sus ojos negros me cubrirán de oscuridad y me convertiré para ella en unos de esos graznidos de cuervo.
A veces me sorprende contemplando las vertiginosas curvas de su cuerpo, finge que no se ha dado cuenta pero sus pómulos se tornan de un precioso y dulce tono rojizo, en claro contraste con su pálida piel.
Me he enamorado de ella, ya no tengo dudas, adoro su candor, su ternura, su risa, sus miedos, sus manías, su tenacidad… todo. Lo quiero todo de ella, absolutamente todo.
- ¿Por qué sonríes así?
Abro los ojos refunfuñando, fingiendo que acaba de despertarme.
- ¿Así cómo?
- Así… - y para ella es evidente a lo que se refiere, para mí también, pero… - ¿Soñabas con algo bonito?
- Algo precioso…
Mis labios han respondido, mis pensamientos verbalizados sueñan con tenerla, mi mano tiembla en su cintura. Me volveré loco si no puedo robarle un beso, sólo uno, uno pequeñito, mientras duerme… no… no puedo.
¿Desde cuándo nos hemos acostumbrado a esto? Cada noche se arropa con mi cuerpo, pidiendo abrigo, quiere refugiarse del frío nocturno, quiere escapar de los cuervos, por eso busca mi calor… ¿no? Éste cuerpo suyo, no puede ser tan inocente, sus exuberantes pechos, la estrecha cintura, sus caderas, sus muslos… aparto las manos de su cuerpo y dejo caer mis brazos al suelo…. Ella, creyéndome dormido de nuevo, los busca y los vuelve a colocar dónde estaban. Y con una sensación de candor que jamás había sentido, me quedo dormido.
Despierto sobresaltado, como cada noche, los terrores nocturnos la abordan cuando está dormida, me la encuentro entre amargas y sufridas lágrimas; si le pregunto no recuerda nada, no sabe explicarme qué le pasa, pasados unos minutos cuando está más tranquila, vuelve a dormirse como si nada hubiera pasado. Al principio me dolía verla llorar así, parecía completamente perdida, como si hablara en sueño, sus ojos negros me miraban y creo que no me veían. Pero desde que duerme abrazada a mí ha mejorado mucho, ahora solamente despierta una vez y no todas las noches.
¿Quién es? Aún no lo sé… ¿Por qué la reina quería su corazón? Tampoco… pero creo que empiezo a entenderlo.
*
Los terrores nocturnos de Blancanieves arrancan, desgarrando recuerdos, al desdichado cazador de su pasado, lanzándolo a la realidad de los gélidos labios que está besando con pasión, con fervor, ternura, amor, dolor…
¿Cuándo tiempo lleva besándola? No lo sabe.
Se separa de los labios muertos de Blancanieves, la mira, violentas lágrimas de impotencia manan de él, de sus pupilas, de sus parpados, de su cuerpo entero. Mientras abraza el cuerpo inerte de Blancanieves.
- Blancanieves… vuelve conmigo… - farfulla.
La mira, enreda sus dedos entre los cabellos negros de la mujer fría, sujeta su cabeza con la palma de una de sus manos, la atrae hacia él, y se abandona a los besos muertos. Como si al calor de un beso de amor los muertos pudieran volver a la vida.
Y efectivamente, parece que la magia existe, Blancanieves cobra vida, abre los ojos y sonríe… dentro de los recuerdos del rubio cazador, que ha vuelto a olvidar que está besando a la muerte, que ha vuelto a su pasado, a su flamante bosque sombrío.
*
El paisaje había cambiado, hacía un par de días que habíamos salido del bosque oscuro, nada nos había pasado.
El sonido de la lluvia sobre las hojas, el olor de la hierba mojada, la nacarada piel de la mujer que amo tan pegada a mi cuerpo que no puedo respirar, sus labios carnosos, calientes, traviesos, devorando los míos con ansiedad, como si aquel fuera el último beso que su carne pudiera otorgar… sin embargo, lo cierto es que era el primer beso. Tan rápido, tan furioso, tan arrollador…. Ella se ha abalanzado sobre mí, como si fuera su último segundo de su vida.
Su corazón se descompone entre latidos.
Estaba aquí, lavando mi ropa en el lago, cuando ella llegó y me dedicó una mirada llena de pulsiones, sólo pude ver sus mejillas encendidas y su gesto de enfado.
Heme aquí, la he empapado pero a ella no parece importarle… yo la sujeto de los hombros y logro separarla de mí lo justo y necesario para poder mover los labios.
- Pero qué… - susurro extasiado. Nuestros labios se rozan.
- Oh ¡Cállate! – Responde, lanzándose de nuevo, mordiéndome.
- ¿Qué te pasa? ¿Qué está pasando aquí? – Pregunto, con algo más de convicción, tanta fogosidad, así… de repente… sin más…
- Te quiero, – musitan sus labios, en un suspiro casi inaudible.
- Yo… no… creo… no…. no te he oído bien, – farfullo estupefacto.
- Te quiero, – repite con urgencia, solapando su respuesta a mi última palabra.
Estoy asustado.
- Me has abrigado durante las noches de invierno, me has protegido, he comido y bebido gracias a ti, me has animado durante las largas caminatas, has tomado senderos peligrosos, has arriesgado tu vida, incluso me has enseñado a soñar… Te quiero.
- Pero…
- ¡Ya basta! Tú no me habrías robado un beso nunca, - acerca su mano a mi corazón… - sé que está ahí, debajo de todas esas capas, debajo de todos esos músculos… está ahí, lo oigo latir todas las noches, tan rítmico, tan fuerte… - una sonrisa juguetona aparece en la comisura de sus labios rojos, - ¿Sabes? he visto cómo me miras.
- La verdad es que llevo varios días obsesionado con la idea.
Y ahora, me devuelve a la mujer que amo, sus ojos negros me miran sorprendidos, ilusionados… y avergonzados. Tartamudea, se tapa los labios con una mano y los ojos con otra.
- Lo… lo siento… te vi, tan… - abre los dedos de su mano y me mira abochornada, mira mis hombros, mira mi torso desnudo, mira mis labios, - tú… y… no pude… bueno… No debí…
Una carcajada me aborda mientras la contemplo, la atraigo hacia mí, es el momento de devolverle el beso. El mundo entero cabe entre sus labios, incluido mi corazón; el universo es ahora el sabor de su lengua, incluido todo mi ser; el firmamento habita ahora entre los frenéticos latidos de su corazón, ¿es el mío quizás?
Y al despertar de aquel beso, un delicado río de sangre manó de sus labios rojos.
Aquella noche volviste a casa, tambaleante, acompañado por el recuerdo de todos esos besos que tú, cazador miserable, había regalado a Blancanieves ¿le has dado un beso en los labios a una muerta? ¿Hoy has ido a la cripta? ¿Estaba frío su cuerpo? No lo recuerdas, pero sí recuerdas a la mujer vivaz que te devolvía por cada beso otro igual y por cada caricia una tierna sonrisa; a la mujer que dejaba tu mano tan bien acompañado por los latidos de su corazón. Una Blancanieves apasionada, que vibraba de amor por ti.
Sí… quizás sí recuerdas un beso extraño, uno muy frío. El barro te hace resbalar, y la borrachera te arroja de bruces contra el suelo. Recuerdas la sensación de un beso frío y mortecino, la languidez de unos párpados, tu pulgar acariciando unos pómulos blancos. El deseo, intenso y claro, la ilusión, la esperanza por la que entregarías toda tu vida: que abra los ojos y te mire como la primera vez que la besaste.
*
El enamorado cazador se descompone en un suspiro penitente anidado entre los rojos labios de Blancanieves. Y presa del miedo animal más cruel que existe, la besa con todo su corazón.
*
Aquella mujer me nublaba el juicio, no podía pensar, no podía dormir, pasaba mis días entre su melódica voz, su manera de reír, su mirada y todos los obscenos pensamientos me llegaban cuando me descuidaba. Aquellos ojos asustados, encerrados en una profunda penumbra, la gracilidad natural de todos sus movimientos, su olor… Su corazón… ronroneándome, abrazado a mí durante las noches más dura.
La sola idea de que algo pudiera ocurrirle me desquiciaba, así que hacía guardia por las noches y arrastraba mis pies durante el día. A penas lograba dormir un par de horas por jornada.
Sus labios rojos siempre dispuestos a sonreír con dulzura, como si fuera su postura natural.
Incluso los animales del bosque parecían postrase a su paso. Una bestia de instintos sanguinarios que había percibido nuestro olor nos atacó con violencia, yo la empujé, y atraje la atención del monstruo mientras desenvainaba mi hacha. Sus ojos llenos de furia, su cuerpo gris y mugriento… era colosal, jamás había visto un animal semejante; las leyendas hablaban de dragones, de centauros, incluso de arañas infinitas, de almas errantes entre los árboles muertos. Pero aquel monstruo se detuvo en el mismo instante en que puso sus ojos en ella, se acercó maravillado, curioso, sus ojos desteñían la furia, lavándola con inocencia. Quedó varado frente a ella, y mientras aquella figura diminuta la acariciaba, la grandiosa criatura cerró los ojos, despertó del sueño y se marchó por dónde había llegado.
Caminé en silencio a su lado durante varias horas. La muchacha hablaba en susurros, me relataba sus recuerdos, sus anhelos, sus planes. Pretendía reunir un ejército de hombres y reconquistar las tierras de su padre.
Su voz y su risa iluminaban mis días, pero las noches eran mis favoritas: mi espalda recostada en el tronco moribundo, ella sobre mi pecho, apoya su cabeza en mi hombro derecho, sus pies a mi izquierda. Y al inflar mis pulmones su cuerpo respira con el mío.
- ¿Cómo has hecho eso? – me atrevo a preguntar al fin.
- ¿Hacer qué? – Responde ella en un hilo de voz ensimismada.
- Lo de esta mañana.
- ¿Qué?- Se recuesta ligeramente, despegando su cuerpo del mío, y me mira extrañada, adormilada.
- ¿De verdad no sabes a qué me refiero? – pregunto sorprendido, frunciendo el entrecejo. - ¿Cómo puede ser eso posible?
Ella mira hacia la izquierda en un gesto de reflexión, suspira, la niebla nace de sus labios, vuelve a recostarse sobre mí. Al respirar profundamente el calor de su niebla me acaricia la piel, su cabello se derrama, y en cascada negra me acaricia el brazo.
- Un monstruo de 8 metros de altura no sólo no ha intentado matarnos sino que al verte se ha postrado ante ti, como si fueras la reina de las hadas, o… algo así ¿Y no sabes a lo que me refiero? Es decir… una bestia de ha genuflexionado, ha permitido que la acariciaras cariñosamente…
Ella ríe ante lo que considera una exageración y susurra.
- También nos hemos cruzado con cientos de árboles agonizando y no por ello los recuerdo todos.
- No, no, no… Estamos hablando de una bestia grande, fea y violenta a la que tú has abrazado como si fuera tu mascota favorita.
Algo mojado, tibio, carnoso, suave… algo maravilloso me deja una huella mojada en la piel. Es ella, que me besa en el cuello. Su piel pálida y luminosa se adivina caliente, y creo estrecharla ligeramente. Entre abre los labios, si su lengua me toca la piel estaré perdido, me volveré loco.
- ¿El valiente cazador está celoso? – Al susurrarme, sus labios me acarician la piel.
Su risa descuidada, contenta, tan llena de alegría, me contagia y sin apenas darme cuenta, me encuentro abrazándola. He olvidado al monstruo que nos atacó, el que casi me mata, el mismo que la miró con admiración; lo olvido todo mientras su cuerpo cálido se queda dormido entre mis brazos.
- No estoy celoso… al menos no de una bestia horrible. – Susurro, hablándole a una hermosa mujer que se está quedando dormida.
- No era horrible… - responde ella con dulzura, pegando sus palabras a las mías.
Un rayo inesperado cae con fuerza, no muy lejos de nosotros, y aunque intenta disimular, tiembla de miedo. Yo sonrío a escondidas, he aprendido de su cuerpo lo que su silencio susurra a gritos. Sé que odia las tormentas, se agazapa, todos sus músculos se tensan… como cuando escucha el graznido de algún cuervo o está todo oscuro.
- Sí lo era… - Replico con los ojos cerrados, fingiéndome adormilado.
Es un martirio… cada vez que habla, que suspira, incluso cada maldita vez que inhala y exhala, su cálido aliento me acaricia… Hay noches en las que creo que no podré resistirlo, perderé el control y la besaré violentamente, devoraré sus labios rojos con desesperación, ella se asustará, gritará, sus ojos negros me cubrirán de oscuridad y me convertiré para ella en unos de esos graznidos de cuervo.
A veces me sorprende contemplando las vertiginosas curvas de su cuerpo, finge que no se ha dado cuenta pero sus pómulos se tornan de un precioso y dulce tono rojizo, en claro contraste con su pálida piel.
Me he enamorado de ella, ya no tengo dudas, adoro su candor, su ternura, su risa, sus miedos, sus manías, su tenacidad… todo. Lo quiero todo de ella, absolutamente todo.
- ¿Por qué sonríes así?
Abro los ojos refunfuñando, fingiendo que acaba de despertarme.
- ¿Así cómo?
- Así… - y para ella es evidente a lo que se refiere, para mí también, pero… - ¿Soñabas con algo bonito?
- Algo precioso…
Mis labios han respondido, mis pensamientos verbalizados sueñan con tenerla, mi mano tiembla en su cintura. Me volveré loco si no puedo robarle un beso, sólo uno, uno pequeñito, mientras duerme… no… no puedo.
¿Desde cuándo nos hemos acostumbrado a esto? Cada noche se arropa con mi cuerpo, pidiendo abrigo, quiere refugiarse del frío nocturno, quiere escapar de los cuervos, por eso busca mi calor… ¿no? Éste cuerpo suyo, no puede ser tan inocente, sus exuberantes pechos, la estrecha cintura, sus caderas, sus muslos… aparto las manos de su cuerpo y dejo caer mis brazos al suelo…. Ella, creyéndome dormido de nuevo, los busca y los vuelve a colocar dónde estaban. Y con una sensación de candor que jamás había sentido, me quedo dormido.
Despierto sobresaltado, como cada noche, los terrores nocturnos la abordan cuando está dormida, me la encuentro entre amargas y sufridas lágrimas; si le pregunto no recuerda nada, no sabe explicarme qué le pasa, pasados unos minutos cuando está más tranquila, vuelve a dormirse como si nada hubiera pasado. Al principio me dolía verla llorar así, parecía completamente perdida, como si hablara en sueño, sus ojos negros me miraban y creo que no me veían. Pero desde que duerme abrazada a mí ha mejorado mucho, ahora solamente despierta una vez y no todas las noches.
¿Quién es? Aún no lo sé… ¿Por qué la reina quería su corazón? Tampoco… pero creo que empiezo a entenderlo.
*
Los terrores nocturnos de Blancanieves arrancan, desgarrando recuerdos, al desdichado cazador de su pasado, lanzándolo a la realidad de los gélidos labios que está besando con pasión, con fervor, ternura, amor, dolor…
¿Cuándo tiempo lleva besándola? No lo sabe.
Se separa de los labios muertos de Blancanieves, la mira, violentas lágrimas de impotencia manan de él, de sus pupilas, de sus parpados, de su cuerpo entero. Mientras abraza el cuerpo inerte de Blancanieves.
- Blancanieves… vuelve conmigo… - farfulla.
La mira, enreda sus dedos entre los cabellos negros de la mujer fría, sujeta su cabeza con la palma de una de sus manos, la atrae hacia él, y se abandona a los besos muertos. Como si al calor de un beso de amor los muertos pudieran volver a la vida.
Y efectivamente, parece que la magia existe, Blancanieves cobra vida, abre los ojos y sonríe… dentro de los recuerdos del rubio cazador, que ha vuelto a olvidar que está besando a la muerte, que ha vuelto a su pasado, a su flamante bosque sombrío.
*
El paisaje había cambiado, hacía un par de días que habíamos salido del bosque oscuro, nada nos había pasado.
El sonido de la lluvia sobre las hojas, el olor de la hierba mojada, la nacarada piel de la mujer que amo tan pegada a mi cuerpo que no puedo respirar, sus labios carnosos, calientes, traviesos, devorando los míos con ansiedad, como si aquel fuera el último beso que su carne pudiera otorgar… sin embargo, lo cierto es que era el primer beso. Tan rápido, tan furioso, tan arrollador…. Ella se ha abalanzado sobre mí, como si fuera su último segundo de su vida.
Su corazón se descompone entre latidos.
Estaba aquí, lavando mi ropa en el lago, cuando ella llegó y me dedicó una mirada llena de pulsiones, sólo pude ver sus mejillas encendidas y su gesto de enfado.
Heme aquí, la he empapado pero a ella no parece importarle… yo la sujeto de los hombros y logro separarla de mí lo justo y necesario para poder mover los labios.
- Pero qué… - susurro extasiado. Nuestros labios se rozan.
- Oh ¡Cállate! – Responde, lanzándose de nuevo, mordiéndome.
- ¿Qué te pasa? ¿Qué está pasando aquí? – Pregunto, con algo más de convicción, tanta fogosidad, así… de repente… sin más…
- Te quiero, – musitan sus labios, en un suspiro casi inaudible.
- Yo… no… creo… no…. no te he oído bien, – farfullo estupefacto.
- Te quiero, – repite con urgencia, solapando su respuesta a mi última palabra.
Estoy asustado.
- Me has abrigado durante las noches de invierno, me has protegido, he comido y bebido gracias a ti, me has animado durante las largas caminatas, has tomado senderos peligrosos, has arriesgado tu vida, incluso me has enseñado a soñar… Te quiero.
- Pero…
- ¡Ya basta! Tú no me habrías robado un beso nunca, - acerca su mano a mi corazón… - sé que está ahí, debajo de todas esas capas, debajo de todos esos músculos… está ahí, lo oigo latir todas las noches, tan rítmico, tan fuerte… - una sonrisa juguetona aparece en la comisura de sus labios rojos, - ¿Sabes? he visto cómo me miras.
- La verdad es que llevo varios días obsesionado con la idea.
Y ahora, me devuelve a la mujer que amo, sus ojos negros me miran sorprendidos, ilusionados… y avergonzados. Tartamudea, se tapa los labios con una mano y los ojos con otra.
- Lo… lo siento… te vi, tan… - abre los dedos de su mano y me mira abochornada, mira mis hombros, mira mi torso desnudo, mira mis labios, - tú… y… no pude… bueno… No debí…
Una carcajada me aborda mientras la contemplo, la atraigo hacia mí, es el momento de devolverle el beso. El mundo entero cabe entre sus labios, incluido mi corazón; el universo es ahora el sabor de su lengua, incluido todo mi ser; el firmamento habita ahora entre los frenéticos latidos de su corazón, ¿es el mío quizás?
Y al despertar de aquel beso, un delicado río de sangre manó de sus labios rojos.
jueves, 5 de julio de 2012
Blanca como la nieve - 1 -
Suspira, le pesan los hombros, se encorva su espalda. Sí… Es el alma
de ese hombre, alto y rubio, que en su terrible caída, arrastra su cuerpo
grande y fibroso. Ahí está, su mirada fija, llena de dolor y de muerte.
Acaricia, tembloroso, con la palma de sus manos, los delicados pies de la
muchacha. Están tan fríos…
En esa maldita cámara funeraria lo único que palpita es su propio
corazón, que derrama violentamente la sangre por todo el cuerpo, repartiéndola
a golpes rápidos y certeros.
- Todo, te lo has llevado todo contigo, tu vida, y la mía. No me has dejado nada. – Susurra,
en un débil hilo de voz que retumba en la cámara funeraria.
Observa, con la viva imagen del dolor anclada en sus ojos, el cuerpo
muerto de la mujer, sobre un lecho de pieles, que él cuidadosamente ha
preparado. Estaba tan fría cuando la sacó del ataúd de cristal que tuvo la
impresión de que el cristal que la rodeaba se había adherido a su piel. Ahora
mira sus cabellos, nubes negras que se derraman… cuántos días de felicidad
perdida entre aquellas tormentosas nubes.
*
Cazador sin nombre, llora como un niño, llora por su
destino y por el tuyo, ríndele pleitesía a la muerte que ahora habita en ella, y
mora también por tus entrañas. Lo sabes, sabes que sin ella no hay vida
posible. ¡Mentiroso! ¡Borracho! Ni siquiera en el estado lamentable en el que
hoy te encuentras has podido borrar un solo recuerdo. Tus rodillas ya no te
sostienen, fallan y caes al suelo, aferrándote al cuerpo muerto de la mujer que
amas.
Vuelves aquí cada noche para llorarla, abres el ataúd
de cristal que le fabricaron, la sacas de su lecho de rosas y la tiendes sobre
el altar funerario de piedra, previamente preparado con tus mejores pieles.
Ella, pálida y fría, derrama todo su cuerpo sobre tus brazos, esos mismos
brazos que desde aquel día la estrecharon con ternura tantas veces, recuerdas
esos momento y pretendes, iluso, revivirlos de nuevo, abrazándola como antaño…
con amor, con ternura, lleno de cariño, pero ya no es lo mismo. La depositas en
el altar, a duras penas, henchido de recuerdos quemando tu palpitante corazón.
Acaricias su cuello, su barbilla, sus labios rojos.
Todas las noches vienes aquí, a pedirle besos a una
muerta.
Un gemido de dolor punzante para este cazador que al
final cumplió la misión que la reina le había encomendado.
*
- Vuelve, vuelve a mí.
Susurra el hombre desesperado al recordar las palabras de la reina.
*
- Tráeme su corazón.
Al menos una docena de guardias me rodeaban, hombres de afiladas
espadas en ristre, hombres de miradas vacías. No me quedaba alternativa
posible. Allí estaba ella, la reina, altiva, terriblemente hermosa: aquella
mujer a la que todos amaban con desesperación y locura. Sus ojos negros y
profundos, sus labios carnosos y rosados, vertiendo sobre mí sus delirios.
- Mi reina, soy un humilde cazador, no un asesino.
- Tú serás lo que yo diga que seas. – Grita furibunda.
Y no hay réplica alguna, cuentan en el mercado que su furia es peor
que la muerte, que es capaz de cosas… cosas tan horribles que no puedo ni
imaginar. Así que unos minutos después salgo de aquel funesto castillo con una
caja de oro y plata entre las manos.
*
Cazador, te dejó marchar solo, aquél fue el primer
error que la reina cometió. Y mírate ahora, al final del cuento, gritando de
dolor, corroído por la culpa, el miedo apoderándose de tus pulmones y tus
titilantes manos acariciando el cuerpo de la muerte hasta llegar a sus pies y
contemplarla, toda ella, tan hermosa, tan delicada. Detestarla no te hará
sentir mejor, lo sabes.
Ahora recuerdas cómo lavaste su cuerpo flácido antes
de introducirla en el ataúd de cristal, y emprender el viaje de vuelta a casa.
En procesión, todos marchasteis tras ella, como marchaste tú a su encuentro,
hacia el bosque maldito, con la promesa de volver con un corazón humano entre
las manos. Pobre cazador, tan valiente como estúpido.
*
Uno de los artífices del féretro de cristal entra en la cámara
funeraria y se acerca, cabizbajo al cazador.
- Márchate a dormir…
Intenta recoger con sus pequeños brazos el cuerpo muerto de mujer.
- ¡No! No la toques – grita el miserable cazador, acompañado de todas
sus desgracias.
- Siempre lo mismo, al caer el sol siempre te encuentro aquí, borracho,
trastabillando, llorando como una mujer lo que no supiste defender como un hombre.
Déjala descansar en paz.
- No… - Suplica el miserable borracho, - ¿No la ves? Está dormida.
- ¡Está muerta, maldita sea! – Los siete culparon al cazador de la
muerte de la muchacha, pero sólo uno se apiadó de él.
El cazador anduvo perdido entre la nada y el olvido, caminó por el
sucio barro de las calles y dejó un doloroso sendero de lágrimas penitentes a su paso. Pero volvió la noche siguiente,
sumido en la misma lamentable decadencia. El instinto es mal consejero para un
hombre destrozado, te pedirá que ahogues tus recuerdos, dejando una dulce
promesa de olvido que no se cumplirá jamás; pero tú, loco enamorado, caes en la
pusilánime trampa.
El cazador entró, una de tantas noches, en la posada, y pidió, como de
costumbre, una jarra del brebaje más fuerte que allí despachasen. Dentro de
aquel primer trago, siempre el más amargo, vivía el recuerdo de la primera vez
que la vio, entró amargo y maloliente, se deslizó por su lengua y en caída libre
llegó directo al corazón.
*
La frontera del bosque oscuro había quedado atrás, hacía ya varias
horas. El frio empezaba a calarme hasta los huesos y la oscuridad se volvía
cada vez más y más espesa. Que yo hubiera conseguido entrar y salir de aquí con
vida un par de veces no me aseguraba la tercera. Esa maldita reina no atiente a
razones, está loca, toda la ciudad es un amasijo de pobreza y ruinas desde que
ella llegó.
El cuchillo me tiembla entre las manos, la afilada hoja de mi hada
palpita en el cinto… El corazón de una niña, por un saco de monedas ¿a quién
pretendo engañar?
La niebla, oscura y pastosa se adhiere a mis piernas como si fuera
alguna especie de líquido. Odio éste maldito lugar. Si esa niña ha entrado aquí
estará muerta de frío, yo estoy temblando, aun a pesar del abrigo que me
proporcionan las pieles.
*
Y la idea de la muerte quiere obligarte a volver a tu realidad, te
aferras desesperado a la delicada y fría mano de tu amada, entrelazas sus dedos con los tuyos. No
recuerdas el recorrido de una posada a otra, no recuerdas ninguna pelea, ni
recuerdas cómo llegaste a la cámara funeraria, pero aquí estás de nuevo. Al
acercarte a ella, el olor aún escondido en sus cabellos te devuelve al pasado.
*
Con el machete en una mano y el hacha en la otra, avanzo, sigiloso,
escrutando el bosque, atento, acechante. Todo pasa tan rápido que cuando me doy
cuenta he clavado el hacha en el tronco del árbol, y una mujer de increíble belleza
está atrapada entre mi cuerpo y el tronco del árbol muerto. Aterrada, ni
siquiera se atreve a abrir los ojos, pues mi machete amenaza con abrir paso
sobre su yugular. El pulso ni siquiera me tiembla al contemplar a mi presa. Ya
la tengo.
- ¡Por favor! No me haga daño.
Yo esperaba una niña y he encontrado a una mujer, esperaba a una niña
sin nombre, y aquí está ella, aterrorizada, suplicando por su vida.
- ¿Quién eres, mujer, qué haces en este bosque?
- intento cruzar al otro lado. – Susurra, esta temblando de frío, o de
miedo.
- No hay otro lado – le increpo, apartando la afilada hoja de su
garganta.
Sin duda alguna, es ella la que busco y más vale que sea rápido,
quiero salir de aquí, matarla, extraerle el corazón y volver a casa, no será difícil.
Pero ella abre los párpados, y me dirija una sola mirada, el viento se levanta,
tan oportuno como prodigioso, y se lleva los mechones de cabello que cubrían su
rostro. Un solo segundo en el que ella me mira, y yo le devuelvo la mirada,
pasmado, deslumbrado por ella. Estupefacto, doy unos cuantos pasos liberándola
de mi cuerpo, temeroso de mis impulsos. Y miro hacia otro lado.
- Vete – susurran mis labios.
- ¿Es cierto que no hay otro lugar en el mundo que éste reino?
Apenas presto atención a su melódica voz, no quiero mirarla, por temor
a que la extraña sensación me embargue de nuevo.
Los labios rojos y carnosos que me suplicaban por su vida ahora
depositan en mí su confianza.
- ¡Márchate! Vete lejos, y no vuelvas nunca.
Y mientras pronuncio mis palabras, suponiendo que en cualquier momento
e alejará y no volveré a encontrarme con su mirada, me permito contemplarla por
última vez. Está medio desnuda, pálida como la nieve, sus muslos temblorosos y
frágiles, sus brazos y su abdomen cubiertos de barro. ¿Quién es esta mujer y por
qué es tan importante para la reina?
- Ayúdame.
Inocente y cándida, me susurra con ternura. ¿Cómo puede ser? Soy un
animal que ha venido a arrancarle el corazón y llevárselo.
La miro de nuevo a los ojos. Estoy perdido. Resbalo mejilla abajo, su
piel tersa y suave, sus labios… tan asustados, tan solos. Un gruñido por mis
errores y me desprendo de las pieles para cubrirla a ella. Nos queda un largo
camino y su cuerpo está frío como la nieve.
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París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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Para leer el relato completo: AQUI
