martes, 2 de marzo de 2010

Pequeñita

1.- Un cuento para todas: La historia de Aurora
El mismo sueño de siempre o quizás sólo la misma alucinación... esa sensación de cansancio, de “nada”.
Mi cuerpo no quería moverse, no quedaba energía en él; parecía como si no quedara vida en esta masa de músculos magullados.

La habitación donde me encontraba estaba viciada, plagada de polvo y telarañas. Sábanas amarillentas, madera carcomida, cortinas invadidas por mordiscos de polillas..
“¿Cuánto tiempo llevo aquí tumbada?”
El sol, ese codicioso monstruo dorado, introducía sus finos dedos en la habitación… frente a mis ojos sus dedos de luz luchaban por hacerse un hueco entre las oscuras enredaderas que cubrían las ventanas, el balcón y las paredes que, desde aquella posición inclinada, podía ver.
Y yo, allí, inútil, tumbada, sin poder recordar nada más allá de estas cuatro paredes viejas. ¿Debía tener miedo? Sí… desde luego me aterraba la sola idea de separar los labios por temor a que saliera ceniza… o polvo.
Sólo eso y el hormigueo constante recorriendo mi cuerpo.

Aspiré ese olor a tiempo que salía de los descosidos de las sábanas y casi conseguí abrir los labios:
“¡No! No lo hagas…” (Simples pensamientos que habían logrado frenarme.)
Tiempo… al tiempo… y yo seguía allí, ¿Esta vez no despertaría del sueño? ¿Me quedaría allí tirada sobre la cama? El tiempo empalidecía mi piel a su paso, podía verlo, una de mis manos había caído sobre la almohada, frente a mis ojos.
“¿Es esto la felicidad? ¿Paz? ¿Una pesadilla? ¿Un sueño? ¿Es esto la muerte?”
Mi mano, poco a poco, pasó del blanco pálido al gris ceniza y entonces comprendí que nadie vendría a buscarme, que estaba muy lejos de la realidad…

Algo mojado salió de mis ojos y corrió hacia la sábana, aquella lágrima delicada se deslizó hasta formar un charquito diminuto en la almohada. Y ahí, ahí viene el suspiro que me devuelve la memoria, los gritos, las humillaciones, su voz, su odio, golpes... y yo, lejos de allí, ya sin poder hacer nada.
Recordé por qué estaba encerrada, por qué había tirado la llave, por qué era más fácil creerlo a él… recordé… lo recordé todo; y empecé a soplar. Mi mano se deshizo como el polvo arrastrado por el viento.
“Ceniza… ¿eso soy?”
“¡Espera!”
Esperé por esa última mota de esperanza, entre sueños y recuerdos esperé.

Había dejado a Aurora muy lejos de allí: en el mundo real, donde él fue el amor… un amor corrosivo, posesivo, violento… un amor diferente al que Aurora esperaba al abrir sus ojos y despertar del sueño. Él era el dragón, era la espada hundida en el cuerpo de Aurora, él era la hiedra y durante un tiempo fingió ser aquellos labios que la despertarían.

Recuerdo a Aurora perdiéndose lentamente entre las garras de aquel hombre, perdiéndose a sí misma; tornándose poco a poco en una propiedad, sin dolor, sin reticencia, sin darse cuenta, me dejó tirada, aquí, en la habitación en la que el príncipe debía despertarla; aquí… en la nada.
¿Quién será su autoestima ahora? ¿Quién le dirá que ella es alguien? ¿Quién le susurrará que no tiene por qué soportarlo?
Aurora sigue allí tumbada, ajena, imperturbable, muda y sumisa.


3.- La realidad del cuento: Pequeñita
De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas.
Sí... podría salir de aquí, pero no puedo moverme y aunque así fuera, la puerta esta muy lejos para mis piernecitas diminutas; tampoco llego a la ventana, mis brazos no llegan ni siquiera al alféizar. Me vuelvo minúscula cuando el centinela me mira, o cuando habla, o cuando se mueve incluso.
¿Por qué me vuelvo tan pequeña? Me lo he preguntado pocas veces, porque la mayoría del tiempo intento hacer bien mis tareas y procuro que el día pase rápido; si tengo suerte, no se parará a mirarme…pero no suelo tenerla, siempre hay algo mal, siempre hay algo fuera de su lugar: ¡Mentirosa! (grita) explota; ¡lo hago sin querer! Pero ahí está, él se vuelve grande con sus gritos, los golpes en la mesa, en la pared... donde sea. Sus palabras me dicen que no valgo para nada, me dicen.... todas esas cosas que me vuelven tan pequeña… ya ni siquiera puedo moverme. En esos momentos diarios soy todo eso que él dice, soy una mierda, soy una vaga, no valgo para nada, ni siquiera para tener hijos, yo no… no… No existe ninguna ofensa que él no me haya gritado, ninguna; todas soy yo.
“¿Qué he hecho?”, “Perdóname no volverá a pasar”, es lo único que puedo farfullar cuando él se ha ido y yo me quedo sola, encerrada, en mi pequeño espacio, el cuarto de baño.
Soy miedo, sólo una masa de carne fofa que tiembla sin parar.
En un segundo, sólo un segundo yo…tiemblo, me ahogo.

No fui así siempre, de hecho yo era de un tamaño normal; yo… era preciosa,, mi abuela me lo solía decir: "Qué guapa eres Ana...serás una gran mujer" (vaya disgusto, vaya decepción te llevarías, abuela, si vieras todo lo que soy, si escucharas esas verdades que él me grita).
Llegó él, entró en mi vida tan hábilmente que ni siquiera me di cuenta, lo había dejado pasar sin apenas ningún esfuerzo, con sus pasos firmes, su mirada huidiza y las ideas claras, tan convencido de sí mismo... Me dio tanta seguridad, me dio tanto calor que decidí que se quedaría conmigo cuanto quisiera. Me casé con mi flamante centinela, y llegó la noche a todos los días de mi vida.
Creo que fue así, aunque no lo recuerdo demasiado bien, no sé muy bien a partir de qué momento empecé a no valer nada (quizás él sea el único que se ha atrevido a cargar conmigo); tengo muy pocos recuerdos de aquellos primeros días... es extraño, no sabría decir por qué pero ya sólo recuerdo esta casa inmensa, este aire viciado y su presencia ahogándome, dándome sólo lo justo para respirar.

Si hubiera algún principio que recordar sería aquel en que mi corazón salió de mí y se fue con él. Ahora no se dónde estará, desde luego él no lo tiene. Quizás se evaporó al verme desde sus ojos, tan pequeñita, temblando de miedo, llorando y a veces, incluso.... no... eso no lo pensaré, me da vergüenza y me haré más pequeñita todavía. No... no lo pienses Ana...

Algunas noches en las que tengo que “cumplir con mis obligaciones” dejo de ser diminuta; mi cuerpo es una llaga que escuece, una llaga que supura dolor justo por ese lugar en el que él penetra en esa masa tibia y fofa que sigo siendo yo.
Ana huye de su llaga en ese momento, se va de allí los días en que puede conseguirlo; resulta difícil hacerlo, su peso sobre mi cuerpo, el pelo de su pecho arañando el mío, sus gemidos en mi cuello, la suciedad repugnante embrutece, todo lo que ya estaba manchado.... pero las manchas que no se ven, que no se limpian, que no irán... no hay suficiente jabón para lavarme, para lavar esta llaga que soy, esa llaga que es mi cuerpo todas esas noches.

A veces, cuando hay un poco de silencio, puedo escuchar mis pensamientos, puedo incluso pararme y pensar; cada vez tengo menos tiempo para ellos, el tiempo los calla ¿estaría eso bien? Hoy escuché un susurro que provenía de ellos:
“Ana… ¿De verdad vas a quedarte así? Hay algo oscuro y frío aquí, dentro de ti, que lo está pudriendo todo. Hay algo triste y feo que se ha comido todo lo que había de Ana… en Ana…”
No era la primera vez que cuestionaba mi vida; sin embargo, he de resignarme, no soy nada de todas formas. Me tiemblan las manos al recordarlo, no sé lo que soy, ahora no soy ese saco de músculos temblando (como cuando él me grita, brama, chilla); tampoco soy esa sensación vomitiva que regurgita – en mi estómago – (cuando él me penetra); no soy orina deslizándose – caliente – muslo abajo (como aquella vez en la que su odio me atravesaba el cráneo y su cuerpo me acorralaba contra la puerta de la nevera); no soy dolor, no soy pequeñita en esos momentos. Pero sí soy angustia.
¡Ana! No eres pequeñita… Ana… no eres humillación… Ana… no eres resignación. No eres nada de eso…
En esos momentos en los que mi cabeza me susurra por sí sola ¿soy yo? Ser yo… no podría, yo soy él, soy lo que él me diga que sea; porque si no lo fuera sería mucho peor, habría más dolor, sus ojos me odiarían más.

***

Pero Ana no es Ana, ya apenas queda un suspiro de aquella mujer. Ahora… ella es todo esto, y no es nadie.
Ana no grita, los gritos la asustan; tampoco llora, no podría permitírselo, no podría perdonárselo; ni siquiera puede imaginarse corriendo; eso significaría que tiene fuerza, que aún quiere algo más de la vida, significaría que cree que hay algo mejor para ella; pero lo cierto es que en Ana no queda ya nada de eso, ella…. Está llena de todo lo demás, está llena de todo eso que no es, todo eso que la ha borrado por completo.
Así es como ella se convirtió en una muñeca pequeñita y cautiva.

1 gota(s) de lluvia ha(n) caido**:

Anónimo dijo...

Hoy por fin lo leo ,y estoy segura de que es la primera vez, es impresionante como describes la situacion que ella esta viviendo ,tremenda , yo por desgracia he conocido esa sensacion ,no en mis carnes ,pero si en alguien muy cercano y es frustrante como aun intentandole ayudar , aun haciendole ver que no es normal, que esa situacion que esta viviendo no es sana, que la esta destrozando , no consigues absolutamente nada, en mi caso ella llego un dia en el que me lo confeso todo , yo la ayude a salir , aun con las amenazas de ese ser brutal al que no se le puede llamar persona, aun recuerdo sus palabras ,las de ella, "Ojala se mate en la carretera y asi pueda yo descansar" ....pero no ,ese momento de lucided termino pronto, al de dos meses estaba embarazada ,como ella decia ,"esto le hara mejor persona y nos unira" , y empezo a decir que era una buenisima persona , que le trataba bien y que le ayudaba mucho, empezo a negar lo evidente, negaba los golpes ,los gritos , lo negaba todo,poniendo escusas de sus moratones,de su tristeza y en fin ,es muy dificil ayudar a alguien que niega que tiene un gran problema, yo lo intente, lo intente de mil maneras ,y al final no consegui nada .....
Besitos rompemuelas tu gran admiradora

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"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."
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