miércoles, 1 de mayo de 2013
Atroz
Ligeia se bautizó a sí misma, borró el nombre que sus padres le otorgaron al nacer y decidió que ya no era la misma niña, su padre le robó su nombre, le robó todo lo que una vez fue, y se coinvirtió en algo…. algo distinto que requería un nombre especial, un nombre diferente. Y olvidó, olvidó quién fue y cómo se llamaba.
– Tranquilo… no tengas miedo… No te voy a comer – a aprendido a entonar su voz rasgada y susurrante.
El hombre de la barra observa con estupor y cierta fascinación la grotesca sonrisa de Ligeia, y se pregunta cómo alguien puede tatuarse algo tan horrible en medio de la cara. Escondió sus hermosos labios rojos bajo tinta negra y una retahíla de dientes monstruosos y desiguales que sonríen de oreja a oreja. Ligeia siempre sonríe.
– Mujer, vas a acabar con todo el maldito alcohol de éste local… éste no es lugar para una dama.
Liegia frunce el ceño y estrella la jarra de cerveza contra la pegajosa barra. Se acerca al hombre, con el ceño fruncido y gruñe como un monstruoso animal, pero finalmente se marcha. El hombre da un respingo, está acostumbrado a ver el tugurio repleto de piratas a los que les faltan miembros, piratas que jamás se han duchado, pero ésta mujer es diferente, es… ¿es un fantasma? ¿una bruja? quizás algo peor. Puede que Ligeia tenga el aspecto de un monstruo pero no lo es, su sonrisa ahuyenta a los verdaderos monstruos, los humanos. No le gusta la gente ni las peleas, aunque sin saber por qué termina en medio de muchas, debe de ser por su aspecto, aquel tipo hizo bien su trabajo, lo hizo francamente bien.
La mujer sonríe mientras sale por la puerta, y el camarero respira con tranquilidad, da unos pasos hacia afuera, tambaleándose y empieza a pasear dando tumbos por el embarcadero. Aprendió a beber tiempo atrás, aprendió que a cada baso de licor que tomas algo muere dentro de ti, primero muere la tristeza, así que estás sonriente, luego muere el silencio y todo lo dice en voz alta o gritando, aunque no haya ninguna razón, cantas, bailas, intimas con quien sea… Luego muere la estupidez y hablas con inteligencia, rechazas al bárbaro que te ha convencido para que lo acompañes a cualquier rincón, te niegas a yacer con un hombre con los suficientes problemas mentales como para empujar a una tipa de pelo azul y su suntuosa sonrisa. Y por último, por último mueren los recuerdos… esos…. esos son difíciles de matar. Y aunque lo ha intentado, no logra borrar aquellas imágenes de su mente. Ha bebido para olvidarlas, ha cambiado totalmente, ha borrado la belleza del espejo, pero ahí siguen, de nuevo esos malditos recuerdos arrastrándose por dentro de su corazón, arañando y mordiendo. Duele, duele muchísimo.
Y huyendo de sus recuerdos vuelve a ellos en cada beso de licor.
Ligeia fue una muchacha normal, nació en el seno de una burguesía cada vez más próspera, vivió con todo tipo de lujos y comodidades. Papá era comerciante, últimamente estaba enfrascado en el negocio de la pesca y un día, nuestra jovencísima e inocente Ligeia acompañó a su padre, quería saber lo que era navegar.
La noche en alta mar es dura, y la cubierta no es lugar para una muchacha curiosa, pero de entre todos los gritos, de entre todas las olas advenidas contra el barco, un canto melódico y rítmico se alzó por encima de todos. La canción más hermosa y triste que unos oídos humanos puedan escuchar
Era la única que lo escuchaba, miraba fascinada hacia el oscuro horizonte, acerrada a la vela mayor. Los demás hombres parecían ignorar aquel hermoso canto. Y la tormenta amainó, las hubieron de perecer, la calma volvió como siempre vuelve.
Nadie vio a la muchacha que se asomaba entre los barrotes de proa. Nadie se fijó en ella.
Entonces la vio, lumínica, escamada, increíblemente hermosa, la criatura más bonita que había visto jamás. Corrió, adentrándose entre las tripas del barco, y al llegar al fondo abrió la pequeña ventana redondeada. Allí estaba, sonriente y juguetona, una sirena, sí…. una sirena. Algo se encendió dentro de Liegia, aquella preciosa mujer de cabellos azabache y refulgentes ojos verdes... La sirena siguió susurrando su canción, sonriéndole a la adolescente Ligeia que ya había regalado su corazón a cambio de una mirada más, sólo un poco más.
La sirena coló una de sus manos por la pequeña ventana, tocó a Ligeia y la acercó más y más a ella, quería… un beso de sus labios y eso le dio, un beso carnoso y mojado, un beso con olor a sal y sensación oceánica.
Un arpón y el cuerpo de la sirena saliendo del agua, el grito de dolor encoge el corazón de Ligeia, que mareada y loca de dolor, cae al suelo.
- ¡Cortadle la cola antes de que se convierta en piernas o perderá todo su jodido valor! - Reconoce la voz de su padre al instante.
Para cuando llega a la superficie, el cuerpo mutilado de la sirena yace inerte en el suelo, la preciosa cola escamada de colores imposibles es arrastrada por un zafio y orondo contramaestre que ríe imaginando el oro que pagarán por la pieza.
La muchacha que una vez fue Ligeia no lo entiende, algo se ha roto en lo más profundo de su alma, algo que ya no volverá jamás, cómo pueden matar a un ser tan hermoso. Horrorizada, contemplaba el busto muerto de la sirena. El suyo es un rostro perfecto, su luz está muriendo, su cuerpo palidece pero la hermosura de la criatura permanece intacta, a pesar de que sus entrañas se derraman por la cubierta.
Entonces el padre de Ligeia lo arrastra a patadas por la cubierta y lo lanza de nuevo al mar. Su hija acaba de morir en ese mismo instante, en su lugar nace algo distinto y grotesco, algo rabioso y desprovisto de humanidad, algo frío y oscuro. Jamás volverá a creer en los humanos.
La mucha se asoma, los largos cabellos de la sirena brillan y revolotean mientras el cuerpo se hunde.
Esa misma noche hay una fiesta y un baile en honor de su familia ¡Una cola de sirena! Durante la fiesta Ligeia encuentra la manera de escapar, ropa, todas las joyas de su madre, y un saco de monedas de oro en pago por el alma de la hija que acaban de asesinar brutalmente.
Paga una moneda de oro por aniquilar sus labios y convertir su cara en una oda a la aberración. Al pirata encargado del tatuaje le tiembla el pulso mientras improvisa con la aguja entre los mugrientos dedos y ríe, le da un trago a la botella de ron que Ligeia ha comprado y hurga en la preciosa cara de la muchacha. El pirata no pregunta, ni cuestiona, no sabe que está creando a una nueva criatura.
Volvamos al cantina de la que acaba de salir una mujer terrible y atractiva a partes iguales, evitando una palea con el rústico y primario intento de ser humano de siempre, y no es que fuera el mismo físicamente, pero los varones humanos siempre son iguales.
Volvamos a una Ligeia tambaleante, que cae de bruces contra el suelo, y queda tirada en el muelle. Entre todas las siluetas de los barcos atracados, en el horizonte el sol empieza a dar sus buenos días. Ella entreabre los doloridos y enrojecidos ojos. La imagen residual de su amada partida por la mitad la acompañará siempre, los recuerdos no morirán jamás, por mucho que engulla litros y litros de alcohol. Esa desazón sólo termina con la muerte, pero Ligeia no quiere morir.
Quiere ser una sirena, reniega de la especie humana, y al maestro ya se le han agotado las ideas. El maestro Zalabin, un hombre viejo y decrépito que encontró en la parte francesa del Caribe, le dijo que tenía la fórmula para convertirla en sirena, pero aquí seguimos, en el mismo punto, el mismo océano, ni una escama. Pero ha aprendido mucho desde aquel entonces. Las joyas se agotaron, el oro se esfumó entre tabernas de higiene cuestionable, brujas estafadoras y alcohol. Cuando el maestro le ofreció el trabajo no pudo negarse. Así que se enroló, ella montaba los decorados, organizaba el material de las actuaciones, llevaba las cuentas, y últimamente negociaba los contratos, el viejo estaba muy chocho y su hijo, de la edad de Ligeia, no parecía particularmente interesado en seguir la tradición familiar, se limitaba a acompañarlos sin pena ni gloria.
Poe aterriza en el suelo, al lado de Ligeia, sus majestuosas alas, al aterrizar, cubren de frio el sofocado y lloroso rostro de Ligeia.
- Sabías dónde encontrarme ¿Verdad? Sí… sabías que estaría aquí, siéntete orgulloso Poe, no he organizado ninguna pelea hoy.
El animal alado la mira.
- Ya, ya lo sé… ¡Ya lo sé! No me metas prisas que no puedo ni caminar. Lo sé… nos vamos de aquí.
La mucha intenta levantarse pero cae varias veces, una vez de pie, el animal alza el vuelto y aterriza en el hombro de Ligeia, sus garras rasgan la impoluta piel de la escuálida mujer, pero a ella parece no importarle.
- ¡No! no es verdad – contesta al animal, que como es ovbio, no ha pronunciado palabra alguna porque es… un animal - Estamos en Tortuga y ya he decidido. Sí, e suna decisión válida como la que más. Estoy borracha, sí. Me he enterado de que hay un barco que busca tripulación.
Las hebras de sangre se deslizan por el brazo lleno de cicatrices y marcas de las garras de Poe.
- Recogeremos mis cosas, porque tú no tienes nada, y averiguaremos como entrar en ese barco pirata. Sólo un barco pirata estaría tan loco como para adentrarse en los peligrosos caminos que podrían conducirme a mi destino.
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miércoles, 17 de abril de 2013
Kamikaze ~ 神風 (かみかぜ)

He vivido, he soñado, he amado y suspirado, reído a carcajadas… He aprendido a ser severamente juzgado y condenado, he aprendido a resistir o al menos lo hice, por un tiempo. He visto mareas de sangre y he aprendido a sobrevolarlas.
Adiestré a mi mano, con dedicación y constancia, a decir "adiós" enérgicamente a todas las personas que surcaron por las aguas de mi vida, que la cruzaron, o nadaron en ella apenas unos momentos.
Y aprendí a volar.
Mi corazón, autodidacta siempre en materia de sentimientos, aprendió a amar y a desamar, a sangrar, a aporrearme; tembló y vibró entre las manos de aquellos otros, tan extraños que lo secuestraron en una mirada, a veces en un beso. Gritó cuando ellos desaparecieron de mi vida y se negó a aceptar que ya no podría volver a verlos jamás. Latió, cálido y acompasado en sus abrazos, enérgico y seguro en sus desafíos, perezoso y cansado por las mañanas al despertar.
Siguió volando, un amanecerte más, no se detuvo, un latido tras otro, ni siquiera quedó tiempo de parar a recuperar el aliento.
Una noche estrellada, de cielo despejado y luz atronadora bajo la superficie de mis pies; una noche de fuegos artificiales, inundado mi cielo de ira y mi tierra de cadáveres. Una noche y mil noches de muerte.
Una noche como cualquier otra, mis metálicas alas susurraron… y él, ese corazón valiente y guerrero que hay dentro de mi pecho, resignado y cabizbajo aceptó; mantuvo la compostura hasta que mis pies dejaron de tocar la superficie del suelo. Volé hacia mi destino, volé hacia mi muerte. No temí.
Y cabalgó, furioso, histérico, rebosante de vida hasta el último temible latido.
miércoles, 3 de abril de 2013
Lluviosa
Me lluevo, me escuecen las pestañas, los pulmones se me
vacían, me tiemblan las rodillas, las manos se me enfrían, sangre
arremolinándose.
Ante mí, el cristal, tras el que tu cuerpo desnudo, parece dormido, grita de repente. Y las cortinas abiertas muestran tu piel blanca, tus labios morados. Y las manos, y los brazos que tanto me abrazaron se esconden aún, ahí dentro de la bolsa negra. Y yo, necia como soy, esperaba un hospital, esperaba médicos; pero no, nada de eso… aquí estoy, aquí estamos, en la sala de autopsias. Y no hay camilla, no hay tubos, ni murmullos…
Todo tan oscuro, todo inconexo, todo silencio, no puede ser, no puede ser, no puede ser… no… es imposible, y sin embargo ahí está tu cadáver.
El dolor atroz, el corazón que ha estallidos, me congela la sangre. Mi cuerpo cae en el abismo. Explotará, todo éste cuerpo mío explotará. Y me derramo de dolor en cada frenético latido.
El suelo, murmullos, preguntas; me levanta; ya no sé dónde estoy, ni cómo he llegado aquí, pero veo tu cuerpo muerto frente a mí, de nuevo. Y mi lengua canta aquella nana tan tuya… No podré, suplican mis pensamientos, no podré seguir yo sola, no sin ti. Me llevan, me apartan de tu cuerpo embolsado. Me sientan.
Me apago, desesperada y sola.
Desde mi destartalada silla, soy cobarde y egoísta, te regalo mi vida, me cambio por ti, si con ello el dolor se calla.
Soy lluvia que se derrama, ya no existo, soy unos nudillos arañando mis parpados, soy una imagen inundada del suelo, soy una sensación incrédula que se resiste, soy la esperanza y el amor, que al agonizar, vacían el mundo.
Ante mí, el cristal, tras el que tu cuerpo desnudo, parece dormido, grita de repente. Y las cortinas abiertas muestran tu piel blanca, tus labios morados. Y las manos, y los brazos que tanto me abrazaron se esconden aún, ahí dentro de la bolsa negra. Y yo, necia como soy, esperaba un hospital, esperaba médicos; pero no, nada de eso… aquí estoy, aquí estamos, en la sala de autopsias. Y no hay camilla, no hay tubos, ni murmullos…
Todo tan oscuro, todo inconexo, todo silencio, no puede ser, no puede ser, no puede ser… no… es imposible, y sin embargo ahí está tu cadáver.
El dolor atroz, el corazón que ha estallidos, me congela la sangre. Mi cuerpo cae en el abismo. Explotará, todo éste cuerpo mío explotará. Y me derramo de dolor en cada frenético latido.
El suelo, murmullos, preguntas; me levanta; ya no sé dónde estoy, ni cómo he llegado aquí, pero veo tu cuerpo muerto frente a mí, de nuevo. Y mi lengua canta aquella nana tan tuya… No podré, suplican mis pensamientos, no podré seguir yo sola, no sin ti. Me llevan, me apartan de tu cuerpo embolsado. Me sientan.
Me apago, desesperada y sola.
Desde mi destartalada silla, soy cobarde y egoísta, te regalo mi vida, me cambio por ti, si con ello el dolor se calla.
Soy lluvia que se derrama, ya no existo, soy unos nudillos arañando mis parpados, soy una imagen inundada del suelo, soy una sensación incrédula que se resiste, soy la esperanza y el amor, que al agonizar, vacían el mundo.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Luna
Victoria van Violence
No podemos presentar una alegación tan floja.
El cenicero lleno de cigarrillos, Ádrian escurriéndose la
sesera.
- Lo maté, sabía lo que hacía, estaba tranquila, me saqué
legalmente el permiso de armas, fui a comprar la pistola y la munición…
- Ya, ya, ya, ¡Ya me los ha dicho muchas veces! Pero no
puedo presentar algo así y lo sabes.
- Lo sé, pero quiero que lo tengas claro.
- Defensa personal, enajenación mental transitoria,
arrebato, obcecación u otro estado pasional de entidad semejante…
Y sus ojos claros van de un lado a otro, hurgando en su
memoria entre los artículos del código penal. No es el abogado más caro, ni
siquiera es el mejor, pero me gusta lo que hace, con pasión y entrega… lo
admiro. No me importa morir en una cárcel de mujeres. No es lo que mi abuelita
y mi madrecita tenían preparado para mí, pero después de ver la cara de ese
jodido cabrón, desfigurada por el disparo de mi 9mm parabellum, puedo morir en
paz.
Ya no me reconozco, mis músculos se han desarrollado, he
aprendido defensa personal, boxeo y algunas artes marciales, he tenido que
hacerlo porque aquí dentro, si no sabes defenderte te llueven palizas diarias,
o cualquier lesbiana machorro te toma como animal de compañía para que le
chupes el gato día sí, día también. Llevo dos años en preventivo, y ya he
montado más altercados que en los 20 años de vida que recorren mis arterias.
Ya ni siquiera me reconozco cuando me miro en el espejo de
la celda. De hecho yo era alguien normal hasta que lo conocí a él en mi primer
año de carrera. Ingeniería Aeroespacial, mi sueño era tocar la Luna y creí que
aquella carrera me lo permitiría, cada minuto de cada día lo dediqué al estudio
constante; ni infancia ni adolescencia, he pasado toda mi vida entre libros de
biología, física y química.
Y allí estaba él, en la cafetería de la biblioteca, todo
cambió cuando sus ojos negros se confundieron con los míos. Todo. Para cuando
llegué a cuarto de carrera aún no había siquiera logrado uno de sus besos. Fui
allí todos los días, y allí estaba él, su sonrisa, los hoyuelos de su sus
mejillas, la coma de su mentón. A veces se sentaba frente a mí y charlaba
conmigo. Él, y mis libros, eso era mi vida, ni televisión, ni cine, ni nada que
no fuera aquella cafetería o mis clases.
La noche que me acosté con él tuve claro, por primera vez,
que la Luna podría esperar, que nada en el mundo importaría más. Y siguió,
ofreciéndome orgasmos y caricias mientras mi doctorado iba muriendo poco a
poco.
- Todos los días lo mismo, Luna, esto tiene que terminar,
sabes que no te quiero, me gusta hacerlo contigo, eso es todo.
Nunca lo creí. Siempre pensé que se estaba haciendo el duro.
Pero me equivoqué. Cuando llegó el último lunes de su vida, hacía ya dos
semanas que no follábamos, que no había caricias, ni besos, ni orgasmos, hacía
ya dos semanas que había encontrado a otra.
No podía consentirlo. Murió suplicándome, bajo mi Magnum 9
mm, aquel lunes sí fue capaz de llorar por mí. Aquel lunes de octubre mi
corazón murió con él, mi vida, mi futuro, mi todo. Vi su luz morir entre sus
parpados, y lo supe, mi Luna viviría fuera de los barrotes de mi cárcel.
**
Anoche me quedé dormida, tirada en la apestosa litera, mirando la Luna a
través de los barrotes. Cuánto ha cambiado mi vida. Aunque no podría
decir que el cambio me disguste, es radicalmente opuesta a lo que era, y
yo diría que ésta… ésta me gusta más, es… ¿Cómo decirlo? Más
entretenida. Aunque él no esté, y a veces lo eche de menos.Sí, echo de
menos las brutales embestidas, sus jadeos, el cuerpo grande y fibroso
que me envolvía, aquella manera tan fogosa, jadeante y estúpida de
pronunciar mi nombre, una y otra, y otra vez… le encantaba mi nombre, lo
pronunciaba siempre que tenía ocasión: Estaba segura de que follaba
conmigo, y con nadie más.
Me he puesto melancólica hoy, ¿debe ser algún tipo de remordimiento? Una carcajada, mi carcajada.
- ¿De qué te ríes Lu? – me pregunta Danna, medio riendo también.
- De algunos fantasmas. – Suspiro.
He cambiado mis esperanzas de llegar a la NASA por una celda de unos pocos metros cuadrados. Aún recuerdo la expresión atónita de Adrian, cuando en el juicio testifiqué contra mi persona dije la verdad, total y absolutamente. Primera página de todos los periódicos nacionales. Mi abogado mirándome como si acabara de apuñalarle el corazón. Probó la enajenación mental transitoria, incluso intentó que la sentencia fuera para una cárcel psiquiátrica. Yo le sonreía con ternura mientras él luchaba por mi libertad.
- ¿Es total y plenamente consciente de que terminó con la vida de un hombre? – Preguntó el fiscal, a viva voz, en tono acusador.
Yo enarqué una ceja, ¿éste tipo es imbécil? ¿No se ha leído mi confesión escrita y firmada por mi abogado y por mi misma persona? Aún recuerdo a Adrian rogándome en aquella celda que no lo hiciera firmar algo así.
- Lo soy - contesté tranquilamente.
- ¿Quería usted hacerlo?
- Joder, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Hostia puta! Quería matar a ese hijo de puta, quería, sí, quería hacerlo, quería matarlo ¡Joder! – y cambié de registro, lo siguiente lo dije en español, alto y claro - ¿Es usted retrasado mental? ¿Entiende lo que le digo? – y volví al inglés - ¿Me entiende? ¿Se ha leído el sumario? ¡Por dios bendito! Es un inútil.
Las facciones de mi abogado, cada vez más blancas, rojas, moradas… pero es que me cabreaba tanto juicio, tanto papeleo, tantos exámenes psicológicos… Al final, a pesar de todos los esfuerzos del pobre Adrian, me metieron la alevosía, bueno ellos lo llaman alevosía, por lo visto empleé medios, modos o forman, que tendieron directa y especialmente a asegurar el asesinato sin el riesgo que podría haberme supuesto que él se defendiera… vaya maneras de decir que lo encañoné con mi revolver y le medí una bala del calibre 45 en la sesera. Vuelvo a reír, no… una bala no, fueron varias, demasiadas… sí… digamos que también hubo ensañamiento, pero Adrian logró que lo desestimaran, por lo visto una vez está muerto, el resto de balas no aumentan deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima.
Todo daba igual, me colgaron dos cadenas perpetuas. El juez gritó culpable con toda su mala hostia, y yo me encogí de hombros e intenté consolar a mi abogado, que casi se echa a llorar.
**
A mí me encerraron, pero ese hijo de puta no volverá a respirar, no volverá a joderse a nadie, no jadeará ningún otro nombre, no lo hará, el mío fue el último que gemía entre calientes sudores, yo fui la última que lo escuchó reír, que escuchó su falso y delirante "te quiero mucho, Luna"… ¡Y una mierda! Ahí te pudras en el maldito purgatorio, si es que existe esa mierda.
Quería matarlo, pero flaqueé, estaba pidiéndole explicaciones cuando me besó y caí, caí en la espiral de su olor, de su sabor, de su presencia… pero aquel falso te quiero después del polvo lo condenó para siempre; me recordó que estaba rota y seguiría sangrando a borbotones si no acababa con todo aquello.
La gloriosa sensación de poder y control me embriaga de nuevo, verlo allí, arrodillado, medio desnudo.
- Luna, ¿qué coño estás haciendo? – tocó el cañón de mi revolver, y se dio cuenta de que era de verdad.
Sus ojos muertos de miedo.
- Eres un mentiroso. – Susurró el monstruo que acababa de encarnarme.
- Luna… Luna… ¿Qué haces? ¿Qué es ésto? ¿Qué está pasando? – Tartamudeó, pero no se movió.
- Que vas a morir. – Y aquel fue el momento en el que dejé de quererlo como lo quería, y pasé a quererlo de una manera... diferente.
- No… Luna… Te quiero… Esas otras no son nadie, yo te quiero a ti – susurra tan acojonado que olvida retener la orina dentro de su cuerpo, y se desparrama por el pantalón, mojando el suelo.
- Mentira.
- No, no, no, no… no es mentira, esas otras no significan nada. Te quiero, Luna, te quiero muchísimo.
- Yo a ti más. – Y disparé, una, y otra, y otras muchas veces.
"No volverás a decir que me quieres, cabrón miserable" pensaba mientras remendaba sus labios, uno junto al otro y dejaba una media luna tatuada en su pecho, con material improvisado.
Ahora… ahora sí me quieres, muerto, con los labios sellados y a Luna en tu pecho. Ahora sí.
La voz de Danna me saca de mis recuerdos.
- ¿En qué cojones estás pensando? Pareces muy feliz. – pregunta Danna, a casi un centímetro de mi cara, examinando mi expresión ensimismada.
- Ya te lo he dicho, pesada, en fantasmas.
Me he puesto melancólica hoy, ¿debe ser algún tipo de remordimiento? Una carcajada, mi carcajada.
- ¿De qué te ríes Lu? – me pregunta Danna, medio riendo también.
- De algunos fantasmas. – Suspiro.
He cambiado mis esperanzas de llegar a la NASA por una celda de unos pocos metros cuadrados. Aún recuerdo la expresión atónita de Adrian, cuando en el juicio testifiqué contra mi persona dije la verdad, total y absolutamente. Primera página de todos los periódicos nacionales. Mi abogado mirándome como si acabara de apuñalarle el corazón. Probó la enajenación mental transitoria, incluso intentó que la sentencia fuera para una cárcel psiquiátrica. Yo le sonreía con ternura mientras él luchaba por mi libertad.
- ¿Es total y plenamente consciente de que terminó con la vida de un hombre? – Preguntó el fiscal, a viva voz, en tono acusador.
Yo enarqué una ceja, ¿éste tipo es imbécil? ¿No se ha leído mi confesión escrita y firmada por mi abogado y por mi misma persona? Aún recuerdo a Adrian rogándome en aquella celda que no lo hiciera firmar algo así.
- Lo soy - contesté tranquilamente.
- ¿Quería usted hacerlo?
- Joder, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Hostia puta! Quería matar a ese hijo de puta, quería, sí, quería hacerlo, quería matarlo ¡Joder! – y cambié de registro, lo siguiente lo dije en español, alto y claro - ¿Es usted retrasado mental? ¿Entiende lo que le digo? – y volví al inglés - ¿Me entiende? ¿Se ha leído el sumario? ¡Por dios bendito! Es un inútil.
Las facciones de mi abogado, cada vez más blancas, rojas, moradas… pero es que me cabreaba tanto juicio, tanto papeleo, tantos exámenes psicológicos… Al final, a pesar de todos los esfuerzos del pobre Adrian, me metieron la alevosía, bueno ellos lo llaman alevosía, por lo visto empleé medios, modos o forman, que tendieron directa y especialmente a asegurar el asesinato sin el riesgo que podría haberme supuesto que él se defendiera… vaya maneras de decir que lo encañoné con mi revolver y le medí una bala del calibre 45 en la sesera. Vuelvo a reír, no… una bala no, fueron varias, demasiadas… sí… digamos que también hubo ensañamiento, pero Adrian logró que lo desestimaran, por lo visto una vez está muerto, el resto de balas no aumentan deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima.
Todo daba igual, me colgaron dos cadenas perpetuas. El juez gritó culpable con toda su mala hostia, y yo me encogí de hombros e intenté consolar a mi abogado, que casi se echa a llorar.
**
A mí me encerraron, pero ese hijo de puta no volverá a respirar, no volverá a joderse a nadie, no jadeará ningún otro nombre, no lo hará, el mío fue el último que gemía entre calientes sudores, yo fui la última que lo escuchó reír, que escuchó su falso y delirante "te quiero mucho, Luna"… ¡Y una mierda! Ahí te pudras en el maldito purgatorio, si es que existe esa mierda.
Quería matarlo, pero flaqueé, estaba pidiéndole explicaciones cuando me besó y caí, caí en la espiral de su olor, de su sabor, de su presencia… pero aquel falso te quiero después del polvo lo condenó para siempre; me recordó que estaba rota y seguiría sangrando a borbotones si no acababa con todo aquello.
La gloriosa sensación de poder y control me embriaga de nuevo, verlo allí, arrodillado, medio desnudo.
- Luna, ¿qué coño estás haciendo? – tocó el cañón de mi revolver, y se dio cuenta de que era de verdad.
Sus ojos muertos de miedo.
- Eres un mentiroso. – Susurró el monstruo que acababa de encarnarme.
- Luna… Luna… ¿Qué haces? ¿Qué es ésto? ¿Qué está pasando? – Tartamudeó, pero no se movió.
- Que vas a morir. – Y aquel fue el momento en el que dejé de quererlo como lo quería, y pasé a quererlo de una manera... diferente.
- No… Luna… Te quiero… Esas otras no son nadie, yo te quiero a ti – susurra tan acojonado que olvida retener la orina dentro de su cuerpo, y se desparrama por el pantalón, mojando el suelo.
- Mentira.
- No, no, no, no… no es mentira, esas otras no significan nada. Te quiero, Luna, te quiero muchísimo.
- Yo a ti más. – Y disparé, una, y otra, y otras muchas veces.
"No volverás a decir que me quieres, cabrón miserable" pensaba mientras remendaba sus labios, uno junto al otro y dejaba una media luna tatuada en su pecho, con material improvisado.
Ahora… ahora sí me quieres, muerto, con los labios sellados y a Luna en tu pecho. Ahora sí.
La voz de Danna me saca de mis recuerdos.
- ¿En qué cojones estás pensando? Pareces muy feliz. – pregunta Danna, a casi un centímetro de mi cara, examinando mi expresión ensimismada.
- Ya te lo he dicho, pesada, en fantasmas.
La vida de la cárcel fue dura al principio, recibí varias palizas, me dolían rincones del cuerpo que yo no sabía ni que existían. Pero chupar gatos era, con diferencia, lo que peor llevaba, aquel sabor salado, a pescado crudo, el intenso olor, aquella manera violenta y ansiosa de penetrar en mí una y otra vez, hasta los nudillos… Sí… fue duro, fue muy duro, tuve que aprender a ser violenta, a intimidarlas, a revelarme, a recibir y dar. Y si algo me quedó claro, es que aquí, el que da la primera hostia, es el que más posibilidades tiene de ganar respeto. Era aquello o ser una puta chupadora de almejas toda mi vida, si voy a pasar aquí el resto de mis días, prefiero los golpes o la celda de aislamiento cuando hay pelea.
Melinda era diferente, adjetivó mi personalidad y la llamó psicopática, me hizo gracia aquello, empecé a interesarme por eso de la psicopatía durante las sesiones que me dedicaba una vez a la semana y aprendí, aprendí de mí. Ella decía que tenía muy baja tolerancia a la frustración, y por eso había asesinado a sangre fría al único hombre que he querido; decía que no tenía sentimientos, ni capacidad de empatía, y eso no me gustó una mierda, yo sí tengo sentimientos… ¿O los tenía?
Y me quedé dormida, la voz de Danna al fondo, preguntando algo que no he alcanzado a escuchar.
Amanece, y lo primero que hago, es mirar su fotografía y encenderme uno de los cigarros que Bruno me trajo la última vez que había logrado escaquearse y quería meterla en caliente. Fumo pegada a los barrotes, y la última bocanada de humo, va acompañada de un beso para la fotografía.
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París
París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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- "En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir." (Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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Gotas de lluvia
RELATO PREMIADO:
"De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas."
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