domingo, 11 de noviembre de 2012

Luna





 
Victoria van Violence



No podemos presentar una alegación tan floja.

El cenicero lleno de cigarrillos, Ádrian escurriéndose la sesera.

- Lo maté, sabía lo que hacía, estaba tranquila, me saqué legalmente el permiso de armas, fui a comprar la pistola y la munición…

- Ya, ya, ya, ¡Ya me los ha dicho muchas veces! Pero no puedo presentar algo así y lo sabes.

- Lo sé, pero quiero que lo tengas claro.

- Defensa personal, enajenación mental transitoria, arrebato, obcecación u otro estado pasional de entidad semejante…

Y sus ojos claros van de un lado a otro, hurgando en su memoria entre los artículos del código penal. No es el abogado más caro, ni siquiera es el mejor, pero me gusta lo que hace, con pasión y entrega… lo admiro. No me importa morir en una cárcel de mujeres. No es lo que mi abuelita y mi madrecita tenían preparado para mí, pero después de ver la cara de ese jodido cabrón, desfigurada por el disparo de mi 9mm parabellum, puedo morir en paz.

Ya no me reconozco, mis músculos se han desarrollado, he aprendido defensa personal, boxeo y algunas artes marciales, he tenido que hacerlo porque aquí dentro, si no sabes defenderte te llueven palizas diarias, o cualquier lesbiana machorro te toma como animal de compañía para que le chupes el gato día sí, día también. Llevo dos años en preventivo, y ya he montado más altercados que en los 20 años de vida que recorren mis arterias.

Ya ni siquiera me reconozco cuando me miro en el espejo de la celda. De hecho yo era alguien normal hasta que lo conocí a él en mi primer año de carrera. Ingeniería Aeroespacial, mi sueño era tocar la Luna y creí que aquella carrera me lo permitiría, cada minuto de cada día lo dediqué al estudio constante; ni infancia ni adolescencia, he pasado toda mi vida entre libros de biología, física y química.

Y allí estaba él, en la cafetería de la biblioteca, todo cambió cuando sus ojos negros se confundieron con los míos. Todo. Para cuando llegué a cuarto de carrera aún no había siquiera logrado uno de sus besos. Fui allí todos los días, y allí estaba él, su sonrisa, los hoyuelos de su sus mejillas, la coma de su mentón. A veces se sentaba frente a mí y charlaba conmigo. Él, y mis libros, eso era mi vida, ni televisión, ni cine, ni nada que no fuera aquella cafetería o mis clases.

La noche que me acosté con él tuve claro, por primera vez, que la Luna podría esperar, que nada en el mundo importaría más. Y siguió, ofreciéndome orgasmos y caricias mientras mi doctorado iba muriendo poco a poco.

- Todos los días lo mismo, Luna, esto tiene que terminar, sabes que no te quiero, me gusta hacerlo contigo, eso es todo.

Nunca lo creí. Siempre pensé que se estaba haciendo el duro. Pero me equivoqué. Cuando llegó el último lunes de su vida, hacía ya dos semanas que no follábamos, que no había caricias, ni besos, ni orgasmos, hacía ya dos semanas que había encontrado a otra.

No podía consentirlo. Murió suplicándome, bajo mi Magnum 9 mm, aquel lunes sí fue capaz de llorar por mí. Aquel lunes de octubre mi corazón murió con él, mi vida, mi futuro, mi todo. Vi su luz morir entre sus parpados, y lo supe, mi Luna viviría fuera de los barrotes de mi cárcel.

 **

Anoche me quedé dormida, tirada en la apestosa litera, mirando la Luna a través de los barrotes. Cuánto ha cambiado mi vida. Aunque no podría decir que el cambio me disguste, es radicalmente opuesta a lo que era, y yo diría que ésta… ésta me gusta más, es… ¿Cómo decirlo? Más entretenida. Aunque él no esté, y a veces lo eche de menos.Sí, echo de menos las brutales embestidas, sus jadeos, el cuerpo grande y fibroso que me envolvía, aquella manera tan fogosa, jadeante y estúpida de pronunciar mi nombre, una y otra, y otra vez… le encantaba mi nombre, lo pronunciaba siempre que tenía ocasión: Estaba segura de que follaba conmigo, y con nadie más.

Me he puesto melancólica hoy, ¿debe ser algún tipo de remordimiento? Una carcajada, mi carcajada.

- ¿De qué te ríes Lu? – me pregunta Danna, medio riendo también.

- De algunos fantasmas. – Suspiro.

He cambiado mis esperanzas de llegar a la NASA por una celda de unos pocos metros cuadrados. Aún recuerdo la expresión atónita de Adrian, cuando en el juicio testifiqué contra mi persona dije la verdad, total y absolutamente. Primera página de todos los periódicos nacionales. Mi abogado mirándome como si acabara de apuñalarle el corazón. Probó la enajenación mental transitoria, incluso intentó que la sentencia fuera para una cárcel psiquiátrica. Yo le sonreía con ternura mientras él luchaba por mi libertad.

- ¿Es total y plenamente consciente de que terminó con la vida de un hombre? – Preguntó el fiscal, a viva voz, en tono acusador.

Yo enarqué una ceja, ¿éste tipo es imbécil? ¿No se ha leído mi confesión escrita y firmada por mi abogado y por mi misma persona? Aún recuerdo a Adrian rogándome en aquella celda que no lo hiciera firmar algo así.

- Lo soy - contesté tranquilamente.

- ¿Quería usted hacerlo?

- Joder, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? ¡Hostia puta! Quería matar a ese hijo de puta, quería, sí, quería hacerlo, quería matarlo ¡Joder! – y cambié de registro, lo siguiente lo dije en español, alto y claro - ¿Es usted retrasado mental? ¿Entiende lo que le digo? – y volví al inglés - ¿Me entiende? ¿Se ha leído el sumario? ¡Por dios bendito! Es un inútil.

Las facciones de mi abogado, cada vez más blancas, rojas, moradas… pero es que me cabreaba tanto juicio, tanto papeleo, tantos exámenes psicológicos… Al final, a pesar de todos los esfuerzos del pobre Adrian, me metieron la alevosía, bueno ellos lo llaman alevosía, por lo visto empleé medios, modos o forman, que tendieron directa y especialmente a asegurar el asesinato sin el riesgo que podría haberme supuesto que él se defendiera… vaya maneras de decir que lo encañoné con mi revolver y le medí una bala del calibre 45 en la sesera. Vuelvo a reír, no… una bala no, fueron varias, demasiadas… sí… digamos que también hubo ensañamiento, pero Adrian logró que lo desestimaran, por lo visto una vez está muerto, el resto de balas no aumentan deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima.

Todo daba igual, me colgaron dos cadenas perpetuas. El juez gritó culpable con toda su mala hostia, y yo me encogí de hombros e intenté consolar a mi abogado, que casi se echa a llorar.

**

A mí me encerraron, pero ese hijo de puta no volverá a respirar, no volverá a joderse a nadie, no jadeará ningún otro nombre, no lo hará, el mío fue el último que gemía entre calientes sudores, yo fui la última que lo escuchó reír, que escuchó su falso y delirante "te quiero mucho, Luna"… ¡Y una mierda! Ahí te pudras en el maldito purgatorio, si es que existe esa mierda.

Quería matarlo, pero flaqueé, estaba pidiéndole explicaciones cuando me besó y caí, caí en la espiral de su olor, de su sabor, de su presencia… pero aquel falso te quiero después del polvo lo condenó para siempre; me recordó que estaba rota y seguiría sangrando a borbotones si no acababa con todo aquello.

La gloriosa sensación de poder y control me embriaga de nuevo, verlo allí, arrodillado, medio desnudo.

- Luna, ¿qué coño estás haciendo? – tocó el cañón de mi revolver, y se dio cuenta de que era de verdad.

Sus ojos muertos de miedo.

- Eres un mentiroso. – Susurró el monstruo que acababa de encarnarme.

- Luna… Luna… ¿Qué haces? ¿Qué es ésto? ¿Qué está pasando? – Tartamudeó, pero no se movió.

- Que vas a morir. – Y aquel fue el momento en el que dejé de quererlo como lo quería, y pasé a quererlo de una manera... diferente.

- No… Luna… Te quiero… Esas otras no son nadie, yo te quiero a ti – susurra tan acojonado que olvida retener la orina dentro de su cuerpo, y se desparrama por el pantalón, mojando el suelo.

- Mentira.

- No, no, no, no…  no es mentira, esas otras no significan nada. Te quiero, Luna, te quiero muchísimo.

- Yo a ti más. – Y disparé, una, y otra, y otras muchas veces.

"No volverás a decir que me quieres, cabrón miserable" pensaba mientras remendaba sus labios, uno junto al otro y dejaba una media luna tatuada en su pecho, con material improvisado.

Ahora… ahora sí me quieres, muerto, con los labios sellados y a Luna en tu pecho. Ahora sí.


La voz de Danna me saca de mis recuerdos.

- ¿En qué cojones estás pensando? Pareces muy feliz. – pregunta Danna, a casi un centímetro de mi cara, examinando mi expresión ensimismada.

- Ya te lo he dicho, pesada, en fantasmas.


La vida de la cárcel fue dura al principio, recibí varias palizas, me dolían rincones del cuerpo que yo no sabía ni que existían. Pero chupar gatos era, con diferencia, lo que peor llevaba, aquel sabor salado, a pescado crudo, el intenso olor, aquella manera violenta y ansiosa de penetrar en mí una y otra vez, hasta los nudillos… Sí… fue duro, fue muy duro, tuve que aprender a ser violenta, a intimidarlas, a revelarme, a recibir y dar. Y si algo me quedó claro, es que aquí, el que da la primera hostia, es el que más posibilidades tiene de ganar respeto. Era aquello o ser una puta chupadora de almejas toda mi vida, si voy a pasar aquí el resto de mis días, prefiero los golpes o la celda de aislamiento cuando hay pelea.

Melinda era diferente, adjetivó mi personalidad y la llamó psicopática, me hizo gracia aquello, empecé a interesarme por eso de la psicopatía durante las sesiones que me dedicaba una vez a la semana y aprendí, aprendí de mí. Ella decía que tenía muy baja tolerancia a la frustración, y por eso había asesinado a sangre fría al único hombre que he querido; decía que no tenía sentimientos, ni capacidad de empatía, y eso no me gustó una mierda, yo sí tengo sentimientos… ¿O los tenía?

Y me quedé dormida, la voz de Danna al fondo, preguntando algo que no he alcanzado a escuchar.

Amanece, y lo primero que hago, es mirar su fotografía y encenderme uno de los cigarros que Bruno me trajo la última vez que había logrado escaquearse y quería meterla en caliente. Fumo pegada a los barrotes, y la última bocanada de humo, va acompañada de un beso para la fotografía. 
lunes, 22 de octubre de 2012

Set fire to the rain




jueves, 6 de septiembre de 2012

Ser, estar, parecer

 

He vuelto a perderme en un mar de cadáveres viandantes, me he perdido en la niebla, en la oscuridad de un callejón sin salida, en la madriguera del conejo, en la isla sin retorno.

Me he disuelto entre las palpitaciones de mi órgano rojo que insisten y persisten en vociferarme, estoy entre los entresijos laberínticos de la casa de Asterión, quizás en un planeta rojo (de nuevo, todo rojo) o al otro lado del espejo.

Ausente en el sótano, el desván, el cementerio, el patio del recreo, una galaxia lejana, un pasado inútil , una pantalla de cine.

Estoy empapada entre las notas de un piano, las palabras mudas de una triste canción, en medio de las sílabas de una nana. Me he fugado a la Luna, viajo por entre el vacío siguiendo el último alarido luminoso de una estrella ya muerta.

Dormida, apagada, muda, polvorienta, diminuta, ahogada, des-alada, desenfadada, des…

No estoy, no estoy aquí y ahora, no hay lugar para mí, no hay ninguna butaca reservada, ninguna mesa, ningún cuartucho de mala muerte, ni siquiera hay un lugar para mí en el suelo.

Ni soy, ni estoy, ni parezco… nada.
jueves, 30 de agosto de 2012

Rojos como la sangre - 2 -


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Rojos como la sangre - 2 - 

Vuelves a la fría mujer sobre el lecho de pieles, está dormida… sí… duerme, seguro. Los labios rojos que tantas veces besaste te llaman, te quieren, te necesitan. Estás borracho, ya ni siquiera distingues la realidad del recuerdo, así que la despertarás, como tantas mañanas. Un beso esponjoso, suave, tierno, lleno de amor para ella.

Aquella noche volviste a casa, tambaleante, acompañado por el recuerdo de todos esos besos que tú, cazador miserable, había regalado a Blancanieves ¿le has dado un beso en los labios a una muerta? ¿Hoy has ido a la cripta? ¿Estaba frío su cuerpo? No lo recuerdas, pero sí recuerdas a la mujer vivaz que te devolvía por cada beso otro igual y por cada caricia una tierna sonrisa; a la mujer que dejaba tu mano tan bien acompañado por los latidos de su corazón. Una Blancanieves apasionada, que vibraba de amor por ti.

Sí… quizás sí recuerdas un beso extraño, uno muy frío. El barro te hace resbalar, y la borrachera te arroja de bruces contra el suelo. Recuerdas la sensación de un beso frío y mortecino, la languidez de unos párpados, tu pulgar acariciando unos pómulos blancos. El deseo, intenso y claro, la ilusión, la esperanza por la que entregarías toda tu vida: que abra los ojos y te mire como la primera vez que la besaste.


*

El enamorado cazador se descompone en un suspiro penitente anidado entre los rojos labios de Blancanieves. Y presa del miedo animal más cruel que existe, la besa con todo su corazón.

*

Aquella mujer me nublaba el juicio, no podía pensar, no podía dormir, pasaba mis días entre su melódica voz, su manera de reír, su mirada y todos los obscenos pensamientos me llegaban cuando me descuidaba. Aquellos ojos asustados, encerrados en una profunda penumbra, la gracilidad natural de todos sus movimientos, su olor… Su corazón… ronroneándome, abrazado a mí durante las noches más dura.

La sola idea de que algo pudiera ocurrirle me desquiciaba, así que hacía guardia por las noches y arrastraba mis pies durante el día. A penas lograba dormir un par de horas por jornada.

Sus labios rojos siempre dispuestos a sonreír con dulzura, como si fuera su postura natural.

Incluso los animales del bosque parecían postrase a su paso. Una bestia de instintos sanguinarios que había percibido nuestro olor nos atacó con violencia, yo la empujé, y atraje la atención del monstruo mientras desenvainaba mi hacha. Sus ojos llenos de furia, su cuerpo gris y mugriento… era colosal, jamás había visto un animal semejante; las leyendas hablaban de dragones, de centauros, incluso de arañas infinitas, de almas errantes entre los árboles muertos. Pero aquel monstruo se detuvo en el mismo instante en que puso sus ojos en ella, se acercó maravillado, curioso, sus ojos desteñían la furia, lavándola con inocencia. Quedó varado frente a ella, y mientras aquella figura diminuta la acariciaba, la grandiosa criatura cerró los ojos, despertó del sueño y se marchó por dónde había llegado.

Caminé en silencio a su lado durante varias horas. La muchacha hablaba en susurros,  me relataba sus recuerdos, sus anhelos, sus planes. Pretendía reunir un ejército de hombres y reconquistar las tierras de su padre.

Su voz y su risa iluminaban mis días, pero las noches eran mis favoritas: mi espalda recostada en el tronco moribundo, ella sobre mi pecho, apoya su cabeza en mi hombro derecho, sus pies a mi izquierda. Y al inflar mis pulmones su cuerpo respira con el mío.

- ¿Cómo has hecho eso? – me atrevo a preguntar al fin.

- ¿Hacer qué? – Responde ella en un hilo de voz ensimismada.

- Lo de esta mañana.

- ¿Qué?- Se recuesta ligeramente, despegando su cuerpo del mío, y me mira extrañada, adormilada.

- ¿De verdad no sabes a qué me refiero? – pregunto sorprendido, frunciendo el entrecejo. - ¿Cómo puede ser eso posible?

Ella mira hacia la izquierda en un gesto de reflexión, suspira, la niebla nace de sus labios, vuelve a recostarse sobre mí. Al respirar profundamente el calor de su niebla me acaricia la piel, su cabello se derrama, y en cascada negra me acaricia el brazo.

- Un monstruo de 8 metros de altura no sólo no ha intentado matarnos sino que al verte se ha postrado ante ti, como si fueras la reina de las hadas, o… algo así ¿Y no sabes a lo que me refiero? Es decir… una bestia de ha genuflexionado, ha permitido que la acariciaras cariñosamente…

Ella ríe ante lo que considera una exageración y susurra.

- También nos hemos cruzado con cientos de árboles agonizando y no por ello los recuerdo todos.

- No, no, no… Estamos hablando de una bestia grande, fea y violenta a la que tú has abrazado como si fuera tu mascota favorita.

Algo mojado, tibio, carnoso, suave… algo maravilloso me deja una huella mojada en la piel. Es ella, que me besa en el cuello. Su piel pálida y luminosa se adivina caliente, y creo estrecharla ligeramente. Entre abre los labios, si su lengua me toca la piel estaré perdido, me volveré loco.

- ¿El valiente cazador está celoso? – Al susurrarme, sus labios me acarician la piel.
Su risa descuidada, contenta, tan llena de alegría, me contagia y sin apenas darme cuenta, me encuentro abrazándola. He olvidado al monstruo que nos atacó, el que casi me mata, el mismo que la miró con admiración; lo olvido todo mientras su cuerpo cálido se queda dormido entre mis brazos.

- No estoy celoso… al menos no de una bestia horrible. – Susurro, hablándole a una hermosa mujer que se está quedando dormida.

- No era horrible… - responde ella con dulzura, pegando sus palabras a las mías.

Un rayo inesperado cae con fuerza, no muy lejos de nosotros, y aunque intenta disimular, tiembla de miedo. Yo sonrío a escondidas, he aprendido de su cuerpo lo que su silencio susurra a gritos. Sé que odia las tormentas, se agazapa, todos sus músculos se tensan… como cuando escucha el graznido de algún cuervo o está todo oscuro.

- Sí lo era… - Replico con los ojos cerrados, fingiéndome adormilado.

Es un martirio… cada vez que habla, que suspira, incluso cada maldita vez que inhala y exhala, su cálido aliento me acaricia… Hay noches en las que creo que no podré resistirlo, perderé el control y la besaré violentamente, devoraré sus labios  rojos con desesperación,  ella se asustará, gritará, sus ojos negros me cubrirán de oscuridad y me convertiré para ella en unos de esos graznidos de cuervo.

A veces me sorprende contemplando las vertiginosas curvas de su cuerpo, finge que no se ha dado cuenta pero sus pómulos se tornan de un precioso y dulce tono rojizo, en claro contraste con su pálida piel.

Me he enamorado de ella, ya no tengo dudas, adoro su candor, su ternura, su risa, sus miedos, sus manías, su tenacidad… todo. Lo quiero todo de ella, absolutamente todo.

- ¿Por qué sonríes así?

Abro los ojos refunfuñando, fingiendo que acaba de despertarme.

- ¿Así cómo?

- Así… - y para ella es evidente a lo que se refiere, para mí también, pero… - ¿Soñabas con algo bonito?

- Algo precioso…

Mis labios han respondido, mis pensamientos verbalizados sueñan con tenerla, mi mano tiembla en su cintura. Me volveré loco si no puedo robarle un beso, sólo uno, uno pequeñito, mientras duerme… no… no puedo.

¿Desde cuándo nos hemos acostumbrado a esto? Cada noche se arropa con mi cuerpo, pidiendo abrigo, quiere refugiarse del frío nocturno, quiere escapar de los cuervos, por eso busca mi calor… ¿no? Éste cuerpo suyo, no puede ser tan inocente, sus exuberantes pechos, la estrecha cintura, sus caderas, sus muslos… aparto las manos de su cuerpo y dejo caer mis brazos al suelo…. Ella, creyéndome dormido de nuevo, los busca y los vuelve a colocar dónde estaban. Y con una sensación de candor que jamás había sentido, me quedo dormido.

Despierto sobresaltado, como cada noche, los terrores nocturnos la abordan cuando está dormida, me la encuentro entre amargas y sufridas lágrimas; si le pregunto no recuerda nada, no sabe explicarme qué le pasa, pasados unos minutos cuando está más tranquila, vuelve a dormirse como si nada hubiera pasado. Al principio me dolía verla llorar así, parecía completamente perdida, como si hablara en sueño, sus ojos negros me miraban y creo que no me veían. Pero desde que duerme abrazada a mí ha mejorado mucho, ahora solamente despierta una vez y no todas las noches.

¿Quién es? Aún no lo sé… ¿Por qué la reina quería su corazón? Tampoco… pero creo que empiezo a entenderlo.

*

Los terrores nocturnos de Blancanieves arrancan, desgarrando recuerdos, al desdichado cazador de su pasado, lanzándolo a la realidad de los gélidos labios que está besando con pasión, con fervor, ternura, amor, dolor…

¿Cuándo tiempo lleva besándola? No lo sabe.

Se separa de los labios muertos de Blancanieves, la mira, violentas lágrimas de impotencia manan de él, de sus pupilas, de sus parpados, de su cuerpo entero. Mientras abraza el cuerpo inerte de Blancanieves.

- Blancanieves… vuelve conmigo… - farfulla.

La mira, enreda sus dedos entre los cabellos negros de la mujer fría, sujeta su cabeza con la palma de una de sus manos, la atrae hacia él, y se abandona a los besos muertos. Como si al calor de un beso de amor los muertos pudieran volver a la vida.

Y efectivamente, parece que la magia existe, Blancanieves cobra vida, abre los ojos y sonríe… dentro de los recuerdos del rubio cazador, que ha vuelto a olvidar que está besando a la muerte, que ha vuelto a su pasado, a su flamante bosque sombrío.

*

El paisaje había cambiado, hacía un par de días que habíamos salido del bosque oscuro, nada nos había pasado.

El sonido de la lluvia sobre las hojas, el olor de la hierba mojada, la nacarada piel de la mujer que amo tan pegada a mi cuerpo que no puedo respirar, sus labios carnosos, calientes, traviesos, devorando los míos con ansiedad, como si aquel fuera el último beso que su carne pudiera otorgar… sin embargo, lo cierto es que era el primer beso. Tan rápido, tan furioso, tan arrollador…. Ella se ha abalanzado sobre mí, como si fuera su último segundo de su vida.

Su corazón se descompone entre latidos.

Estaba aquí, lavando mi ropa en el lago, cuando ella llegó y me dedicó una mirada llena de pulsiones, sólo pude ver sus mejillas encendidas y su gesto de enfado.
Heme aquí, la he empapado pero a ella no parece importarle… yo la sujeto de los hombros y logro separarla de mí lo justo y necesario para poder mover los labios.

- Pero qué… - susurro extasiado. Nuestros labios se rozan.

- Oh ¡Cállate! – Responde, lanzándose de nuevo, mordiéndome.

- ¿Qué te pasa? ¿Qué está pasando aquí? – Pregunto, con algo más de convicción, tanta fogosidad, así… de repente… sin más…

- Te quiero, – musitan sus labios, en un suspiro casi inaudible.

- Yo… no… creo… no…. no te he oído bien, – farfullo estupefacto.

- Te quiero, – repite con urgencia, solapando su respuesta a mi última palabra.

Estoy asustado.

- Me has abrigado durante las noches de invierno, me has protegido, he comido y bebido gracias a ti, me has animado durante las largas caminatas, has tomado senderos peligrosos, has arriesgado tu vida, incluso me has enseñado a soñar… Te quiero.

- Pero…

- ¡Ya basta! Tú no me habrías robado un beso nunca, - acerca su mano a mi corazón… - sé que está ahí, debajo de todas esas capas, debajo de todos esos músculos… está ahí, lo oigo latir todas las noches, tan rítmico, tan fuerte… - una sonrisa juguetona aparece en la comisura de sus labios rojos, - ¿Sabes? he visto cómo me miras.

- La verdad es que llevo varios días obsesionado con la idea.

Y ahora, me devuelve a la mujer que amo, sus ojos negros me miran sorprendidos, ilusionados… y avergonzados. Tartamudea, se tapa los labios con una mano y los ojos con otra.

- Lo… lo siento… te vi, tan… - abre los dedos de su mano y me mira abochornada, mira mis hombros, mira mi torso desnudo, mira mis labios, - tú… y… no pude… bueno… No debí…

Una carcajada me aborda mientras la contemplo, la atraigo hacia mí, es el momento de devolverle el beso. El mundo entero cabe entre sus labios, incluido mi corazón; el universo es ahora el sabor de su lengua, incluido todo mi ser; el firmamento habita ahora entre los frenéticos latidos de su corazón, ¿es el mío quizás?


Y al despertar de aquel beso, un delicado río de sangre manó de sus labios rojos.
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"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."
(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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