lunes, 8 de septiembre de 2014
~**~
Podrás infligir en mi corazón una herida mortal, podrás cercenar mis alas, incluso podrás sellar mis parpados.
Pero nunca, nunca podrás poseer mi voz, no podrás tragarte mi alma, ni suspirar mi libertad...
Recuerda, recuérdalo siempre, grávalo en cada uno de los barrotes de tu jaula: Yo siempre volaré más alto que tú... siempre.
miércoles, 9 de abril de 2014
Shaylee

– Shaylee, ¡¿dónde demonios has metido tu trasero? ¡Tu padre está preocupado! ¡Hace días que no llamas y tienes un teléfono para algo! Está siempre apagado ¡Maldita niña!
Yo separo el teléfono de mi oreja mientras mi madre me grita histérica. Hace semanas que no saben nada de mí así que, bueno, supongo que será normal, aunque a mí me no me importe mucho, nunca he sido una niña de papá, y me agobian muchísimo
– ¡Dile que deje ese grupo de una vez y vuelva a casa!
Genial, papá se une al festival de quejidos y lloros. ¡Joder! ¡Me tienen hasta los cojones! Shaylee vuelve a casa, Shaylee deja ese grupo en el que cantas y ponte a estudiar, Shaylee mete tu culo en el avión ahora mismo o papá te traerá de la oreja, Shaylee enciente el teléfono, Shaylee come bien, Shaylee haz caso a tu tío, Shaylee… ¡¿Qué?! ¡Me vas a gastar el puto nombre! ¡Qué agobio! Odio este teléfono móvil, me estresa la vida, putas tecnologías.
– Iros a cagar los dos de una puta vez y no hagáis que me enfade… porque… ¡Porque es que… es que no me veis el pelo en un puto año! ¡Besos! ¡Os quiero!
Cuelgo el teléfono, que empieza a rinrinear una y otra vez. Saben perfectamente que no voy a poner mi culo en la puta Ginebra, ellos estarán perfectamente allí, con sus lujos y sus mierdas, trabajando en el Large Hadron Collider (Gran Colisionador de Hadrones) pero a mí no me va eso, me gusta mi vida, es un poco ponzoñosa, pero desde luego ¡no seré una niña de papá! Me costó mucho convencerlos de que quería venir aquí a estudiar física nuclear, evidentemente era… una mentirijilla sin importancia, pero aquí estoy. Pago mi alquiler y mi comida con los conciertos que damos, mantengo mi moto y la sopa que traga, esa moto es una glotona, come más que yo y Hanna juntas. Qué cara se ha puesto la gasolina… y bueno, no me da para mucho más pero soy muy feliz con lo que tengo. Mi guitarra, mi micro, mi voz, mi grupo, mi Hanna, el tío y mi primo, no necesito nada más para ser feliz. Ah… sí… lo necesito a él, pero estoy tranquila porque sé que lo encontraré, lo sé, sin más, vendrá a mí, como en cada existencia que he vivido.
Sid me mira y se echa a reír mientras yo saco mi paquete de tabaco, enciendo un cigarrillo e inspiro humo… tóxico, asqueroso y maloliente humo de cigarrillo, a mamá le daría un síncope. Sonrío.
– ¡Anda, lárgate ya! –digo, tirando de su muñeca y levantándolo del sofá– que te pasas aquí criando malvas todo el día. Hoy te vas a dormir a tu puta casa. Sabes que a Hanna no le caes bien… y llegará en cualquier momento –muerdo el cigarrillo mientras le pongo la chupa de cuero– acuérdate de que mañana hay ensayo. No llegues tarde ¡Y no! ¡hostia! No hay beso hoy.
Sid sale refunfuñando del piso, yo suspiro y tarareando la última canción que compuso Petter, me meto en mi cuarto, en busca de mi guitarra. La desenfundo y me tiro en la cama, abrazada a ella. De repente una luz atronadora me ciega y él, frente a mí, el Eshu Oscuro, sus manos, recorriendo mi cuerpo, encontrando rincones para colarse por dentro de mi ropa. Y yo, riendo, resistiéndome juguetona; soy yo, y no soy yo. Sé que es un recuerdo de otra vida, de otro momento, otro lugar, pero él es él, y yo… soy yo. La sensación de profundo amor me hincha el corazón, encerrada en ese recuerdo que he vivido. Estoy dónde quiero estar. Siempre él, en todas las vidas que mi pequeño cuerpo ha encarnado. He memorizado su cuerpo, su cara, conozco perfectamente sus manos, su manera de tocarme, su forma de besarme, sé cómo subir sus pulsaciones y cómo dejarlo frío, sé cómo enfadarlo y cómo lograr que deje de tocarme ansioso por desnudarme y me escuche.
Es un oscuro, sé que es un rastrero, un encabronado y un egoísta, manipulador, cruel, aunque maté por él, he muerto por él, incluso lo he visto atravesarme literalmente el corazón. ¡Maldito egoísta! ¡Asesino! Me has robado la vida más veces de las que puedo recordar, también me la has salvado, me has herido, me has curado. ¿Qué no haría yo por él? Sí, creo, creo recordar un puñal oscuro que, temblando entre mis manos, entró justo hasta el corazón. ¿Por qué maté mi cuerpo? No recuerdo, pero él fue lo último que vi. Y ahí vuelve de nuevo. Ese salvaje cabronazome robó mi flor en innumerables vidas. Siempre a mí. No, no recuerdo su nombre, pero sé quién es y aunque le joda infinitamente sé que me quiere y que lo encontraré de nuevo, en esta vida o en la otra.
El teléfono móvil me arranca del flashback y descuelgo atolondrada.
– Shay, tus padres están muy preocupados, quieren que vuelvas a casa, estudies… y te dediques a ser una adolescente normal.
Es el tío abuelo Klanky Muelashierro, pero corto en seco sus palabras, porque me aburre la misma cancioncita.
– Bla, bla, bla… lo de siempre. Yo no quiero estudiar, me gusta mi guitarra, mis altavoces, mi micro, mi grupo. ¡Dejadme vivir de una puta vez! –sonrío, tranquila y feliz, en realidad me gusta que todos anden escandalizados con mis idas y venidas. Dime, tío, ¿Bozz tiene algún trastito nuevo? Cuando puedas dale mi número de ahora, ¿eh? El último me lo robaron en el Vicious… Bueno, vale, miento como una Pooka, lo tiré al cagadero, estaba hasta los ovarios de que sonara y sonara, así que no se me ocurrió mejor idea.
Klanky ríe a carcajadas, adoro a este hombre, jamás me bronquea, haga lo que haga, suelte lo que suelte por la boca, me llama, dice que escupo muchas palabrotas al día.
– Ya… y el anterior acabó en la batidora, el otro en el microondas. De verdad, Shay, no entiendo cómo Hanna te soporta.
– Tú también me soportas.
– Pero ella es humana.
– Sid también y me quiere, o más le vale a ese estúpido engreído.
– Bueno, le daré tu número nuevo, pero haz el favor de tranquilizar a la histérica de tu madre o vendrán de visita ¿Y sabes a quién vendrán a molestar? ¡A mí! ¡Arréglalo! ¿Entendido?
– Sí, sí, sí… bla y más bla. ¡Acuérdate! Que hace días que no lo veo y aunque es un jodido gruñón, que se pasa el día escupiendo mierda por la boca y protestando, sabes que lo quiero, me deja explotar cosas…
Y sin más cuelgo el teléfono, estoy trabajando en un micro con un nuevo efecto. Los humanos no habrán escuchado nada parecido en su vida, quiero lograr esa voz. Hace poco me sobrevino el flashback de una quimera que hablaba y su voz… era hipnótica. Quiero conseguirla, quedará increíble en la canción que ha compuesto Petter.
Escucho las llaves de repente, es Hanna que ha abierto la puerta. Ella… es una soñadora, como Sid. Son mis dos luces en medio de todo el torbellino de colores que es mi vida. Pase lo que pase, ella siempre sonríe y me abraza, habla y habla sin parar de sus sueños, de sus anhelos, de sus expectativas. Y yo adoro escucharla de la misma manera que ella adora escucharme cantar.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano, dejé café hecho, sé que a Hanna le encantar levantarse con el extraño olor del café quemado, así que lo dejo hervir un poco más de lo debido y me marcho.
Ensayamos una y otra y otra vez. Por la noche teníamos un concierto y necesitaba que todo saliera bien. Últimamente algo me tenía preocupada, hacía mucho tiempo que no soñaba con él, que ninguna visión me lo traía de vuelta y eso no podía soportarlo. Echar de menos a una persona es ya difícil de por sí, pero echar en falta un recuerdo es una puta y jodida tortura de mierda. De alguna manera él es el motor de mi universo y aunque sé que el destino me lo traerá odio no poder verlo durante semanas, odio la sensación de no tenerlo cerca, ni siquiera en forma de pequeño flashback. El tío dice que eso es peligroso, que si tan segura estoy de que vendrá a mí no debo preocuparme, ni sentirme impotente, ni triste. Pero él no me entiende, así que esa misma noche, después del concierto, lo busco, a sabiendas de que no está aquí. No puedo tenerlo, no aún, pero puedo tener sus labios, puedo tener sus ojos y sus manos. Puedo tener un pedacito de él que me ayude a sobrellevar la espera.
Cuando el concierto termina me aseo un poco, vuelvo a pintarme los labios de rojo y busco la barra. Sobrevuelo con la mirada a todos los que se cruzan conmigo y, finalmente, me siento en uno de los taburetes. Al mirar al frente, ahí están, sus hoyuelos, su sonrisa, al otro lado de la barra, preguntándome qué quiero tomar.
– Quiero tomarlo todo –es lo que contesto, no tengo ganas de tonterías hoy, así que voy a lo rápido y fácil.
El chico me sonríe, me escruta con la mirada durante unos instantes; yo clavo mis ojos en él, decidida a buscar el recuerdo que quiero.
– En media hora salgo, me sirve cualquier bebida. Por cierto, bonita canción –de nuevo, su sonrisa de Él, en este chico.
– ¿Cuál de todas?
– La última.
Yo lo recorro con la mirada y me enciendo un cigarrillo.
– Ya veo…
Sigue trabajando mientras me hundo en el vaso. Por una parte sé que no está bien utilizar así a los humanos, yo quiero al oscuro, no a ellos. Pero por otra, no importa, no importa porque hoy tendré mi recuerdo, sí o sí, si no viene a mí, lo sacaré a caderazos. En cuanto entramos por la puerta de mi casa y los esponjosos, carnosos y tiernos labios del chico me besan, cierro los ojos: ahí está Él, el mío. Al que yo quiero, Él es bastante más alto, más corpulento, más pasional, infinitamente más hábil y brusco. Sus manos siempre me encontraban, conocían todos mis puntos débiles y los explotaba. Pero nada de eso importa porque éstos son sus labios y son míos hoy.
El de la sonrisa me dura poco o nada, apenas unos días, los suficientes para sentir a mi Oscuro y los necesarios para darme cuenta de que esto no lleva a nada si ninguno de ellos es él. Siempre lo mismo, nunca es él, parece como si hubieran repartido sus pedazos por diferentes cuerpos humanos y… ¿Y si no lo encuentro esta vez? Algunas veces, cuando ellos se marchan o yo los echo a patadas de mi vida, me sumerjo en mi música y canto, canto hasta quedarme afónica. Una cosa es saber que éstos chicos no llegarán a nada conmigo porque son fragmentos incompletos y otra muy diferente es sentirlo cada vez que no funciona. Cantar hasta la afonía me anima.
Hanna y Sid me ayudan a pasar el decepcionante trago que suele durarme unos días; pero esta vez no funciona. Dejar atrás al de la sonrisa me cuesta, cantar no me sirve de nada. Adoro sus labios. En un intento desesperado por animarme me presento en el rincón de Bozz para molestarlo un rato. Siempre tiene cosas curiosas que probar y hacía algunas semanas que no aparecía por allí. Tenía ganas de estar con alguien que, de una u otra manera, me entendiera.
La noticia de que Bozz se marcha me deja una sensación extraña, se va a Florida, sin más. Yo lo miro mientras me lo cuenta, le hablo de mis tonterías y él me habla de las suyas.
Llegué tarde a casa aquella noche, pensativa, más pensativa de lo normal. Que Bozz se fuera no es que me preocupara demasiado, sabía que necesita un cambio, y que le vendría bien, últimamente farfulla más de lo normal, pero había algo que no terminaba de cuadrarme. Al entrar dejé la guitarra al lado de la puerta y encendí otro cigarrillo; sentada en el sofá, quedé pensativa durante un rato largo hasta que Hanna me interrumpió con la cena hecha. Se sentó a mi lado y empezó a contarme las ideas que tenía para un nuevo cuento. Yo recuerdo que sonreí y quería prestarle atención, de verdad que sí, pero de repente el viento sopla, y lo veo, lo veo como tantas veces lo he visto: una pequeña casa, unos veloces y seguros pasos, llega hasta la pequeña casita una piedra que, guiada por su mano, cae dentro de la ventana iluminada.
Sus cabellos negros y ondulados se derraman por el alfeizar de la ventana, sus ojos lo buscan, saben perfectamente de quién es esa piedra que la llamó. Y ahí está Él, tras la sombra, sonríe al verme, lo sé. La conversación que mantienen me aterroriza. Lo veo, al fin, después de tanto tiempo puedo verlo ahí, hablando con conmigo, tan serio cuando me recoge bajo la escalera, serio cuando caminamos y nos apartamos un poco de casa, y yo tan preocupada, lo veo cerrar los ojos, busco sus latidos. Y Él, tan frío; sus ojos verdes, su voz. Y, de repente, vuelvo a Hanna y me doy cuenta de que dos lágrimas me acompañan. ¿Qué quería decirme? No, no puede ser. ¿Me estaba dejando? Bozz acude a mi mente y sobre todo Florida, no puedo quedarme aquí, así, esperando a que el recuerdo completo me llegue porque nunca llega, nunca llegan completos. Me voy a la cama, convencer a Bozz para que me deje acompañarlo será una puta Odisea y más aún cuando dijo que quería unas vacaciones de todo, ¡“todo”! Eso me incluye a mí, por supuesto; imagino que estará hasta las narices de mi parloteo, y del Oscuro y de la guitarra.
No puedo quedarme aquí, simplemente no puedo; no duermo en casi toda la noche repasando ese momento una y otra y otra vez. Me levanto y hago la maleta a toda prisa, me pinto los labios de rojo y abandono el cuarto, decidida a enfrentarme a lo que venga, ni si quiera llamo a Sid para decirle que me voy con mi primo de vacaciones, tengo prisa así que dejo una nota en la que ni siquiera especifico dónde voy pero en la que le aseguro que volveré, le doy un abrazo a Hanna y me marcho.
“Ensayad, cabrones, cuando vuelva quiero canciones nuevas
¿Me lees Petter? ¡Eres un perro! ¡Escribe!
Os quiero.”
Me planto en el aeropuerto, con mi mochila lista y mi mejor sonrisa, empieza la puta Odisea.
- Vale… vale…
Empiezo a hablar nada más verle la cara a mi primo, que es toda una oda al fastidio absoluto.
– Siento joderte las vacaciones, de verdad, pero no puedo pudrirme aquí, no puedo, no puedo dejarlo así. No te molestaré, yo dormiré en el sofá, o en la puta bañera si hace falta, o en el suelo, con cucarachas, me la suda todo. Tengo que ir... no te molestaré, seré... ¡una cabrita invisible! Como si estuvieras solo, ¿sí?
La sonrisa fingida se borra de mis labios y de mi semblante se apodera un gesto triste y preocupado.
– Ayer al volver a casa lo vi, no a cualquiera de los clones que yo me invento, no, no. Era ese cabronazo, el muy hijodeperra me estaba dejando, me estaba dejando plantada, yo tenía una prueba de un vestido y él quería decirme algo… Traía una cara de muerto que no te imaginas… y yo estaba nerviosa y… –respiro, tomando aire y suspirando, me echaré a llorar si le sigo dando vueltas–. ¿Por qué es todo tan difícil? Yo… tengo que ir, tengo que ir contigo.
Me siento muy angustiada en ese momento, no hay nada más importante para mí ahora, y parece que Bozz lo ve porque finalmente nos largamos, no me echa a patadas del aeropuerto, lo que es un logro.
– Abre la puta boca de una jodida vez y empieza a disparar qué coño te pasa. Cuéntame tus mierdas… yo te cuento las mías. ¿Sí? Dispara… Venga Bozz, no seas cafre… ¡Venga!
Pero nada: silencio. Muy bien, es un cabezón, quiere silencio, pues silencio tendrá. Me cruzo de brazos, me pongo música y el resto del camino lo paso preguntándome por qué ese malnacido quería dejarme, por qué coño estaba tan serio y de qué quería hablar. No, no, no, a mí no se me deja por flashback. Dios, qué jodido es esto de tener una relación con mil recuerdos a la vez, esparcidos por mil vidas, esparcidos en el tiempo, no hay línea temporal, no hay un solo Él al que sujetarme, hay muchos.
Nada más salir del avión enciendo otro cigarrillo, normalmente no suelo fumar tanto, pero ese flash me ha dejado muy inquieta.
Llegamos a Tampa de noche, y yo sigo callada, hundida en ese flash que me lo devolvió y se llevó toda la ilusión consigo. Camino cabizbaja y pensativa arrastrando los pies hasta el autobús y cuando el trayecto termina dejándonos en el centro de Tampa, lo mismo. Algo extraño en mí, yo suelo estar feliz y alegre, suelo ilusionarme por cualquier tontería y parlotear sin parar, pero ahora no tengo ganas.
Miro a mi primo, manteniendo la promesa de ser una cabrita invisible y me encojo de hombros antes de seguir arrastrando los pies por el suelo. Pasamos del bullicio central de Tampa a un barrio marginal en el que algún hostal de mierda nos espera.
Estamos llegando cuando una masa enorme de músculos nos interrumpe. Vamos, un Troll de toda la vida, seguido de toda una ristra de gentuza. Genial. Viendo los que son y cómo han aparecido, nos toca callarnos como putas y dejarnos robar, son muchos, muy feos y muy chulos.
– Pues viendo lo que llevamos y a dónde nos dirigimos, no sé qué coño quieres sacar. Miro a Bozz de reojo, estoy acostumbrada a los típicos matones, pero esto es otra cosa. Intento no parecer asustada– ¿Quieres mi puta ropa? –pregunto con fastidio ofreciendo mi maleta–. ¿Por qué no os largáis a las zonas de pijos de mierda? Seguro que encontráis algo mejor.
Me rasco los bolsillos, en los que llevo poco más que cuatro monedas y algún billete, el teléfono móvil… en fin, las cosas de “menos” valor, porque de valor como tal no llevo nada.
No pienso darle mi guitarra. Me moriré sin ella, me derrumbaré sin poder tocar algo y cantar una miserable canción. No se la daré y me da igual que me den de hostias. Todo menos mi guitarra.
- Que chica más lista, si no en vano los sátiros son poetas y filósofos, a los niños pijos dice, que buen chiste, seguro que es humorista – la cosa horrible con dientes afilados ríe con sorna. – Pues mira, ya que la ofreces tan amablemente, nos la quedaremos, sí, que no se diga que somos unos maleducados. Bueno, ahora tras esta patética escena, dadme ya todas vuestras cosas, y si, con todo me refiero a maletas y – la cosa se rasca el mentón y sonríe de nuevo de forma oscura – vuestros zapatos... si, me gustan... tiene pinta de estar deliciosos.
Sinceramente me la suda mucho lo que esta subnormal de los cojones pueda pensar de mí. Sin embargo hay algo que de repente llama mi atención. De la oscuridad que nos rodea sale un muchacho escuálido, vestido de negro totalmente, su nariz y sus labios cubiertos no me dejan verlo bien sin embargo, lo sé y en el instante en que estoy segura de que es un Eshu el corazón se me acelera. Es… es como él… esto debe significar algo, aunque esté obedeciendo a la de los dientes y quiera robarme la maleta.
No puedo… no puedo aparta mis ojos del muchacho, sé que no es Él, pero, tiene algo que… lo contemplo con ternura, como si de repente mi Eshu fuera a salir de ahí dentro. Es estúpido y extraño, lo sé, pero es que lo echo tanto de menos… Necesito verlo de nuevo y abrazarlo, y respirar ese olor a Él, tan único, tan Él. Sobre todo después de la última visión que tuve, la visión que me ha traído aquí, en busca de alguien que sólo habita en mi memoria, de una forma despedazada y cruel, alguien me que llega a retazos y del que ni siquiera el nombre recuerdo.
Mis ojos se pasean por sus ojos negros, que me devuelven la mirada. Mataría por que fuera Él, le daría mi alma a esa que todo se lo come y que tanto grita ahora, si a cambio el tiempo me lo devolviera un instante.
Frunzo el deño mientras lo miro ¿puede ser que…? algunos recuerdos borrosos acuden a mí, el corazón me da un latido de amor. Lo veo frente a mí, a Él, en una situación parecida a ésta. Recuerdo que él estaba en el bando contrario, y recuerdo su media sonrisa retadora, su mirada depredadora sobre mi cuerpo, yo estaba sola y ellos eran muchos. Recuerdo sus brazos sobre mí, recuerdo la sangre, la sensación de calidez y salvación. Me salvó y seguro que luego me dejó tirada. Porque siempre me deja tirada, o lo dejo tirado yo a él.
Mi mirada lo atraviesa, lo examina, el Eshu me devuelve sus ojos perdidos en una noche sin lunas ni estrellas. Queda varado en el mar de mis ojos, pensativo como yo y entonces lo veo claro, él no es así, no es como esta gente que lo acompaña, no lo es pero ¿Por qué? ¿Por qué lo sé? Mi mano se desliza por la empuñadura de mi maleta con suavidad, con dulzura. “No quieres estar aquí, lo sé, también sé que necesitas estar aquí de alguna manera, pero tú no eres así.” pienso, aunque no me escuche.
Mis dedos rozan su mano, he ganado terreno en un momento, mientras todos discuten y se enzarza la cosa, yo permanezco en un oasis de confusión y recuerdos turbios en el que mi corazón cabalga por encontrarlo, por salir de aquí sanos y proseguir mi búsqueda.
El muchacho aparta su mano de mi tacto dejándome la maleta para mí sola, me mira fijamente y asiente disimulando. Su voz corcheada sobre un hermoso pentagrama me pide, en susurros, que nos vayamos, que la dentuda fea y cabrona no nos dejará. Yo siento un escalofrío, este muchacho no me conocía de nada y se ha arriesgado mucho para protegernos, le dedico la mejor de mis sonrisas, la más brillante, la más bonita, y voy a contestarle y a susurrarle “Ven conmigo, ven con nosotros, por favor”, pero el chico se pega a mí, finge forcejear conmigo por la maleta y se tira al suelo. ¡Qué ha pasado! ¿Por qué? ¿Por qué arriesga tanto por nosotros? Quiero que venga con nosotros… quiero… quiero… ¡Joder, Shay! ¡¿Estas retrasada?! ¡Venga, coño! ¡Espabila! Este es tu pistoletazo de salida ¡Hostias! ¡Que vives en la parra! ¡El chico arriesgando y tú ahí, queriendo salvar a todo el mundo! Pues no se puede Shay, no se puede ¡Maldita sea!
Lanzo mi magia sobre Bozz, que el pobrecillo no la esperaba y no domina mucho el tema de saltar, tras un momento de insultos e improperios en el que creo que ese troll grande, feo y vomitivo nos va a alcanzar, Bozz salta conmigo sobre sus brazos, pero volvemos a caer. Me agarro con fuerza a mi primito mientras con la otra mano sujeto mi maleta… es mucho peso… nos vamos a…
- ¡Mierda! – suelto cuando veo el suelo prácticamente en mi cara ya - ¡Bien, hemos ganado algunos metros! Ahora toca correr como si no hubiera un mañana… ¡Oh! ¡Joder! ¡Esa puta con escamas va a alcanzarnos! – le grito eufórica a Bozz.
Me levanto rápidamente y vuelvo a cogerme a mi maleta. Voy a utilizar otro cantrip cuando esa fea escamada va a caer sobre Bozz. ¡Voy a darle a esa zorra con mi maleta hasta que su cerebro se desparrame por el suelo! ¡Lo juro! ¡si le hace el más mínimo daño a Bozz es que no lo cuenta ¡Se queda sin sus dientes asquerosos!
Y de repente, de la nada, surge una figura preciosa. Furibunda me dirigía corriendo hacia Bozz cuando ella apreció. Hebras de pelo negro ondean a su paso y yo la miro fascinada, le da un golpe seco a la cosa fea.
Tras ella dos arqueros aparecen y yo ya estoy muerta de fascinación, intentando aplacar mi ira. Miro al muchacho a intento fijarme si también se marcha. Necesito darle las gracias, y por el gesto de la cosa con dientes sé que volveremos a encontrárnoslos, seguro que ella se encarga de volver a dar con nosotros.
Nuestra salvadora baja la imponente espada y nos mira, tendiéndole una mano a Bozz para ayudarme a levantarlo.
Bozz se pone a bramar, a explicarle las cosas a su manera y blasfemar como siempre hasta que se da cuenta de que es increíblemente hermosa, yo miro a mi primo sonriendo aún con los puños apretados, uno de ellos sigue agarrado a mi maleta violentamente.
Miro a mi primo, tocándole del brazo para ayudarlo a tranquilizarse y sonriéndole a la chica cuando mi primo me presente.
- ¡Oh! ¡Perdona! – Exclamo avergonzada - ¡Muchas gracias por salvarnos! No sé qué nos habrían hecho si no llegas a aparecer. Oye… qué guapa eres... – digo fascinada – ¡vaya espada más chula!
Exclamo, si no expreso mi fascinación reventaré y me siento eufórica y pletórica en éste momento ¡de la que nos hemos librado! Me acerco un paso a ella, y si veo que no se echa hacia atrás o pone algún gesto raro, si veo que es simpática la abrazaré de pura efusividad, dándole las gracias una y otra vez.
Bozz me da un codazo, lo miro de reojo cabizbaja, ignorando ligeramente las palabras de la hermosa mujer?, frunzo el ceño y vuelvo a aminorar mi marcha dejándolos ir por delante. Pero durante un instante fijo mi mirada en la calle y veo los adoquines, las fachadas de las casas, las macetas asomando en los balcones… esos balcones
*
– Yo sólo quería decirte que te quiero, Shay; te quiero con todo mi negro corazón.
Yo sonriendo, yo mirando sus perfectos ojos negros, yo dejando mi mano reposar en su tórax. Mañana ya no habrá vuelta atrás, quizás en esta vida tenga mi final feliz. Sí, en esta vida tendré mis perdices, él está aquí, conmigo, me quiere, mañana será un gran día.
– Y yo a ti.
¡Irrumpe en mi cuerpo de súbito! Corta su nombre. Él sujetándome por la nunca, sus labios tibios inundándome de amor el pecho, tanto que tengo que suspirar. Soy tan feliz que si brillara sería más grande que el sol. Su cuerpo aprisionándome contra el árbol mientras yo río divertida y luego me tapo la boca para no armar escándalo y que padre despierte. Él buscando mis labios con fiereza, mordiéndolos con cariño, con ternura. Mientras yo acaricio su cuerpo con las palmas de mis manos y llego hasta su barbilla, que pincha ligeramente.
– ¡Auch! Oye… tendrás que afeitarte mañana. Te quiero bien guapo, con ese traje y la barba recién jodidamente apurada a ras puta piel… no hagas el desastre.
– Claro que sí mi señora, mi reina –murmura, besándome de nuevo–. Oye… duermes tú muy fresca, ¿eh?
Murmura mientras recorriendo mi muslo con esas manos tan grandes y ásperas que tiene, llega a la rodilla y sube hasta su cintura. Una risa entretenida brota de nuevo de mí y esta vez me tapa la boca, buscando a la vez deshacerse de mi ropa interior.
Su mano sujetándome de la cintura con fuerza.
*
– Esp… –murmuro a Bozz, mientras caigo de bruces sobre suelo.
*
Su mano sujetándome de la cintura con fuerza, sus dedos clavándose en mi carne como garras. Siento mi cuerpo cayendo, me sujeto con fuerza a él, que me mira, frunciendo el ceño, fulminándome con los ojos. Estamos cayendo los dos.
Veo el precipicio a su espalda, él debe ver el fondo. Veo un desvencijado puente. ¿Qué está pasando? ¿Por qué caigo? ¿Es ésta la misma vida? ¿O es otra diferente?
Lo abrazo con cariño buscando seguridad. Si tengo que morir la mejor forma de morir es abrazada a él, no se me ocurre nada mejor. Es entonces cuando siento su mano aferrada a mi cintura, soy consciente de que me sujeta con mucha fuerza, de que me hace daño y me doy cuenta de que en su mano hay una daga y esa daga está incrustada en mi pecho. Me ha matado, este cabrón me ha matado. Busco sus ojos, yo estoy sorprendida y horrorizada pero la Shay de esa vida sonríe y lo mira con parsimonia.
*
Lágrimas corriendo por mis mejillas.
– No, no, no, –susurro mientras las lágrimas van arrastrándose, funestas y dolorosas, por mis mejillas–. Esp… –vuelvo a susurrarle a mi primo.
*
El precipicio, la daga que me ha dado muerte, su mano, grande y fuerte.
– Estoy harto. Ya no puedo soportarlo más, Shay, tenía que hacerlo –su voz grave y rasgada, su voz fría y distante.
Pero a la Shay de mi vida anterior no parece importarle; sonríe tranquila, aunque apenas le quedan unos pocos latidos para morir mientras el corazón se desgarra. Todo lo rojo se desvanece por su cuerpo, incluso manchándolo a él con mi propia sangre. Aprieta el puñal contra mí, y grito de agonizante dolor mientras sigue mirándome con dureza.
– Te quiero –y pronuncio su nombre al fin, lo pronuncio alto y claro… su nombre.
Ésa fue mi muerte la última vez que nos vimos, lo sé, de igual manera que sé que éste no es el lugar en el que debo estar, cuando la última visión que me da el destino es mi muerte a manos del hombre que amo… Algo me dice que no voy por buen camino.
*
Vuelvo a la realidad, las lágrimas van cayendo por el surco que dejaron las más valientes, las que se precipitaron en primer lugar. Me las seco con el antebrazo de la chupa y me levanto del suelo.
– ¡Bozz! Tengo que irme –frunzo el ceño abrazando a mi primo con energía, sin secar mis lágrimas–. No está aquí, no es éste el camino… Te dejo tener unas vacaciones de verdad, sin tener que hacer de niñera. – Cubro esa cara tan bonita que tiene mi primo de besos cortos y cariñosos–. Sé muy malo, ¿vale? Y pásatelo muy bien, ya me contarás cuando vuelvas.
Luego me vuelvo hacia la mujer.
– Cuídalo mucho, ¿vale? Es un gran tipo.
Le doy un último abrazo y dejo un último besito en la frente de Bozz.
– Te quiero mucho, primo.
Cabizbaja y pensativa me alejo del lugar, hay lágrimas que aún arañan el camino salado hasta llegar al precipicio de mi barbilla. Ya sé cómo te llamas, y sé dónde buscarte, tu mano me dio muerte en mi anterior vida ¡Maldito! Tu mano se manchó con mi sangre y yo sonreía tranquila. Más te vale tener una puta explicación para eso porque voy a encontrarte.
jueves, 9 de enero de 2014
Mi corazon se alegra
¡Que así sea! ¡Yo no iré a Helheim! Sonrío y suspiro aliviada. ¡Coraje, Verdad, Honor, Fidelidad, Esfuerzo, Cobijo, Disciplina, Confianza y Perseverancia!
- ¡Todos morimos un día! - Río, abro los brazos y miro a la muerte a los ojos, en un rugido fiero - ¡Por el Valhalla! - Espero que mi nombre sea recordado por los que vivan.
Una resplandeciente doncella sobre un caballo alado se acerca a mí; mientras mis miasmas huyen despavoridos de mi cuerpo, mis manos aún aferradas a sendas espadas. Ahora soy etérea, el caballo de la valkiria me lleva al árbol del que todos nacimos. La miro y sonrío, pues ella será para siempre mi valkiria y lo cierto es que le he hecho viajar muy lejos hasta encontrarme.
El Bifrost brilla bajo los cascos del alado rocín, Midgard se aleja rápidamente a nuestra espalda. Yggdrasill... Ásgard y entonces sé que soy una einhérjar, o quizás aún no, eso Freyja lo decidirá. Ante mí, el linaje de mi pueblo. Me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios de Valhalla, el lugar donde viven los valientes para siempre.
Veo a Eikþýrnir, sus cuernos gotea tanto rocío, que éste llega abajo hasta Hvergélmir, de él se forman los ríos Sid, Vid, Sokin, Eikin, Svol, Gunntra, Fiorm, Fimbultul, Gípul, Gópul, Gómul y Geirvímul, que corren por donde habitan los dioses; veo a Tyn, Vin, Tol, Hol, Grad, Gunntrain, Nyt, Not, Non, Hron, Vina, Vegsvin y Tiodnuma.
También veo a Heiðrún, de sus ubres mana hidromiel y es él el que llena la cuba cada día; tanto es, que puede saciar a todos los einhérjar. Y ahí está, sobre el Valhalla, el frondoso Læraðr, tan deslumbrante como el oro.
Ochocientas puertas y cuarenta más, tiene el Valhalla. Frente a la más grande espera Freyja, que me observa y decide mientras yo, aturdida por el viaje, la contemplo ¿El Vahalla o Folkvang? Las palmas de mis manos estrechan las empuñaduras de mis armas y entonces decide, da un paso hacia un lado y me muestra la puerta del salón de los muertos; otra Valkiria se acerca a mí y me ofrece un cuerno rojo de hidromiel sagrado, yo lo tomo y bebo, mientras la dama me abraza. Ahora sí, soy una einhérjar y he regresado al río de la inmortalidad.
Entro en el enrome salón, techado está con astas, tejado con escudos, cubierto el suelo de corazas. Hoy lo veo con mis propios ojos. Está repleto de valientes guerreros, tantos que apenas vislumbro los vórtices, sobre las mesas, la carne de Sæhrimnir, jabalí que se come cada día en el salón de los muertos, y de nuevo está vivo cada tarde. Valkirias sirven las mesas y traen hidromiel, también vino, la bebida de Valfodr (Odín), el padre de todos, el que se sienta con nosotros, los einhérjar.
Cada día, después de vestirme, tomo mis armas y salgo fuera del Valhalla, entrenamos, luchamos y morimos unos a manos de otros, gritos de guerra, gruñidos que manan del dolor de las heridas. Morir una y otra vez entre acometidas, sangre, dolor y honorables y merecidas muertes para luego regresar al Valhalla.
¡Nosotros jamás moriremos! Nos reagrupamos en el Valhalla, los Æsir: Odín, Frigg, Thor, Baldr y Tyr, comen y beben con nosotros. Y moriré en batalla, una y mil veces ¡hasta el día del Ragnarök
viernes, 11 de octubre de 2013
Dolor
El sonido
hueco de un cuerpo que cae al suelo de repente, ella se sobresalta, sus hombros
se encojen levemente, sus pulmones se llenan de súbito y sus talones se
levantan del suelo a penas un centímetro. Miraba ensimismada por la ventana
empañada, ahí afuera sólo la noche sin fin mora y se extiende por todos los
horizontes.
Sus
ojos dejan de atender el cristal en el que pequeñas gotas de lluvia acuden a
morir, ladea la cabeza para mirar de reojo en un gesto mecánico y ausente. No
Necesita mirarlo para saber quién es la dueña del cuerpo que ha caído.
Suspira
y observa las cajas a su alrededor, son cajas de una mudanza que nunca terminó,
cajas cerradas y abiertas, cajas vacías y cajas llenas.
Sus
labios se imprimen uno contra el otro y cierra los puños con fuerza en un instinto
que lucha por reprimir. Vuelve a mirar por la ventana y apoya la palma de una
de sus manos contra el cristal, está frío y empañado, una comedia de sonrisa se
asoma a la comisura de sus labios y mira al cielo sin estrellas ni luna.
Suspira una vez más, toma fuerzas y al fin se decide a caminar hacia el cuerpo
muerto. Se agacha le aparta los mechones de cabello que con la caída se han
esparcido por su rostro, la mira con infinito amor y le da un beso en la
mejilla, otro en la otra mejilla, besa su fría frente, su nariz… y la abraza
con fuerza. Lloraría si le quedaran lágrimas en el cuerpo, pero no, con la
lluvia y el frío ya es suficiente.
Se
levanta del suelo, se lleva las manos a la cabeza y toma aire una vez más
armándose de valor, frunce el ceño y coge el cuerpo por los tobillos para poder
arrastrarlo mejor. El cuerpo muerto, flácido y pesado se arrastra por el suelo
mientras ella lo mira. Su cabello largo su media sonrisa, siempre esa media
sonrisa congelada en el tiempo. ¿Por qué? ¿Por qué una sonrisa en el momento en
que murió?
Y entonces
recuerda la primera vez que tuvo que hacer lo que está haciendo ahora, recuerda
cómo le temblaba el cuerpo y cómo las lágrimas arrasaban sus mejillas,
conquistando su barbilla en un océano de desolada desgracia.
Recuerda
el desasosiego y el rechazo absoluto, recuerda la imperiosa resignación de quién
se obliga a sí mismo a cometer actos que no quiere…. que no puede… que no
debería... Porque a veces no hay otro camino, a veces o es así o no es de
ningún otro modo.
Y pasó
horas suplicándole a una muerta que se levantara, y era inútil, y era una
guerra perdida, y era absolutamente estúpido, pero ahí siguió durante horas, exigiéndole
que se levantara, suplicándole que abriera los ojos, gritándole que no podía
hacer eso, desgarrándose en un clamor que no la auxiliaría.
Y nadie
llegó para ayudarla, nadie.
Pasaron
varios días y el cadáver empezó a pudrirse, no quedó alternativa, porque nunca
la hay.
Y aquí
estamos de nuevo, ya no le tiembla el pulso, ya no llora, tampoco suplica, la
fútil esperanza quedó enterrada después de la…. ¿Cuál fue? ¿La cuarta? ¿La
quinta? ¿Cuántas han pasado desde entonces? Imposible saberlo.
El
cráneo impacta contra el suelo en cada escalón que baja, y el desagradable
sonido aún hoy la hace temblar de dolor y rabia, pero lo disimula bien. Continúa
hasta llegar a ras del suelo, y sigue arrastrando el cadáver, mirándola con
amor. Sus ojos se mueren de cariño cuando la miran, ha dejado de rechazarla, ha
dejado de querer que despierte, ha abandonado la idea de que se levante. No lo
hará, lo sabe bien.
Mientras
arrastra el cuerpo levanta la mirada y observa las fotografías de un pasado ya
oxidado y ajeno.
Suelta
sus pies que caen al suelo amartillando el parqué. Abre la puerta principal,
toma la pala que hay al lado de la puerta y empieza a cavar bajo la lluvia. La
primera vez que cavó no llovía porque ella lloraba pero el frío glacial congelaba
su cuerpo y tiritando cavó, y cavó, y cavó, más y más profundo, hasta casi
cubrirla entera. Tira la pala fuera del hoyo y escala hasta la superficie.
La
lluvia se precipita sobre ella. Su ropa empapada, llena de barro y sangre, sus
manos colmadas de llagas. Se permite un momento de descanso, un momento de
delirio. Mira hacia la puerta de la entrada y ve los pies del cadáver justo
donde los dejó. La hierba moja su espalda, puede sentir algunos gusanos haciéndole
cosquillas. Todas las luces de la casa están encendidas.
No hay
nadie, sólo ella y el sonido de la lluvia, ninguna otra luz en el horizonte,
ningún resplandor en el cielo, ni siquiera uno pequeñito. Nada. Sonríe y suspira
varias veces. Luego se levanta de nuevo, toda empapada y sucia se dirige hacia
el cuerpo muerto. Lo arrastra hasta el hoyo.
Con
amor, cariño y veneración la tumba al lado de la fosa. Las gotas resbalan por su cuerpo empapando el cadáver
de la mujer muerta. Ella la abraza por el cuello, vuelve a apartarle los
mechones de la cara, la toca, la acaricia, sonríe y le besa la frente. La
abraza con amor, con ternura, con desasosiego.
-
Descansa en paz mamá. Te quiero mucho, te quiero con todo mi corazón.
La deja
caer en la fosa y va sepultando a su madre, su cuerpo sumido entre arena y
lluvia va desapareciendo. Recuerda los gritos desesperados en medio de aquella
nada, recuerda los desolados “perdón”, los aciagos “lo siento”, los frenéticos “te
quiero” que pronunció en cada puñado de tierra que cayó sobre el cuerpo de
mamá. Nada parecido a la tranquilidad con la que ahora actúa, pues sabe que
tendrá que volver a enterrarla de nuevo, en un tiempo no muy lejano.
Una luz
minúscula aparece en el cielo con el último puñado de tierra. Alrededor de la
casa está lleno de sepulcros que una vez tuvo que cavas, son incontables, casi
ya no queda espacio en la superficie terrestre para más tumbas.
Ella mira
hacia la luz. Suspira, se lleva las manos ensangrentadas a la cara y empieza a
llorar por esa luz que se ha encendido en el cielo nocturno y ha vuelto a esfumarse
con la misma rapidez. Su cuerpo cae lánguido, y durante un segundo, a pesar de
la lluvia y del frío, ha sentido algo de calor y algo de paz aquí dentro.
Oscurece,
la lluvia arrecia.
Una
pupila.
Un iris
verde, a veces marrón, a veces incluso amarillento.
Un
parpado que se cierra
Un
corazón que de derrama.
viernes, 9 de agosto de 2013
Mud - Barro
M u d
She
scratches, with nervous hands and the rain streaming down her back, down her
eyelids, down her chin, down the inverted peaks of her hair (open and
frayed), down the stones that surround her. Her knees will still resist a
little bit more on that floor full of sharp rocks; they will still endure
before the pain becomes insufferable.
She, blind in front of the thick mud where she
is sinking her hands, isn’t conscious of what is staining her immaculate white
nightgown.
“Faster,
faster, faster” she gibbers,
nervous, repeating that last word over and over, while her clumsy and delicate
hands scratch, faster and clumsier.
She doesn’t complain of the small rocks that
make their way through her knees’ skin and her hand palms’ flesh.
It rains. Her hair, long and blonde, falls,
heavy, wet; little by little, it gets mixed up with the mud, leaving away its
copper and luminous tone; her hair strands aren’t the same golden hair in which
he used to play entangling his fingers anymore.
Over the stones that surround her there isn’t a
Moon, only gray clouds are left; not even the cypresses’ shadows accompany on
her search. But that… that doesn’t matter to her either… she just wants to see
his smile one more time, feel his naked body in between her thighs, his succulent lips
in between her breasts or whispering to her ear those words:
“Every
time you go I am only flesh and bones…”
She wants to laugh again like that time.
“Be
careful, you run the risk of me believing you.”
The image reaches her mind while she scratches,
the residual image of his dimples, his black hair and his green eyes; but, most
of all, she remembers his smell, his arms, his big and rough hands.
The only organized sequence of her life
immortalized on her memory is that little nineteen-word-long dialogue… but she
couldn’t be sure of that either. Is this what was left of her? Two nonsense
phrases? And her story? Where has it gone? Only whispers are left, words,
screams, incoherent kisses.
The mud hole grows as she scratches; hours or
years, she knows nothing about time, she neither understands the horrible truth
that lies before her eyes, no. She knows nothing, but she doesn’t care either.
She went mad, she doesn’t remember why, what was
left of her died of sorrow; what was left of her was a tangle of flesh, nerves,
blood, tears… And a sack of little images, sensations and words. More than
twenty years have passed since the dialogue she remembers. There’s no sequence,
this time there is no story, only her and the mud, and the rain, and the tombs,
and the anxiety; and love; and the search for her los happiness: him.
It’s been some hours since she stopped feeling
her fingers, the blood and cold mix with the mud; but there, under her knees,
is the reward that is given to those that fight for their happiness.
She’s there, she just found the coffin’s lid.
“Ted!” she screams excited, she calls him full
of a happiness she believed was lost, she shakes with excitement.
She’s dying of cold.
She strokes gently the wooden door, she tilts
her head and smiles, in between her lips there is no white ivory, only holes,
brown and green spots… She’s a crazy woman, a disturbed lady, a social
deprivation, she doesn’t need her teeth.
“Ted! It’s me, Helena!”
Radiant, she hits the coffin a couple of times,
she knocks on the door, she and the million of butterflies that now live on her
belly button, she thought they were dead since the last time she saw him. In an
act of illusion she hugs herself, and would sing with happiness if she knew any
song’s lyrics.
She looks nervous and blindly the coffin’s
hinges, she tries to open it with her hands; but the nails are resistant and
after scratching, she barely has the strength.
“Ted! My love, open me, I’m here. I have come as
soon as I could. There were problems with the carriage’s wheel… Don’t get angry
with me.”
She leans her head, trying to listen what is
happening in the next room, why doesn’t her fiancé want to open the door? Is he
angry? Could she have done something wrong? Something that disturbed him maybe?
The girl sits up, looks at her dress, she wants
to be presentable for him. She hasn’t seen the mud soiling all of her body, her
hair, her nose, her cheeks, her arms.
A ray strikes far away and for some seconds she
doubts of her own memories, she doubts of her own name, but not Ted’s, it’s
him, it’s Ted who is in the other room.
Helena, the crazy Helena, stands up and looks
with her arms up, looks in the corners of the hole, that is now as deep as her.
“Where… Where is my jeweler? Marina, bring me my
jeweler!” she yells frenetically, ordering her maid around. However she keeps
looking with her hands, in between the mud. “Here! Marina, it’s no longer
necessary, I have it here.”
She holds the silver box decorated with rubies
strongly in her hands and she gets on her knees once again; her bruised knees
protest but she doesn’t, she’s too concentrated hitting the door with the
jeweler.
She laughs excited after so many years, at last
she will be able to see him and hug him again like before.
Some hours will pass before the door of the
coffin cracks open.
There is the first hole towards her happiness.
Anxious, she continues to strike, now with a renewed force, Hope grows inside
her. Wood chips and the smell of putrefaction is the only thing that emanates
from there inside, but she doesn’t stop, she would never give up being so
close.
A neglected burst of laughter resonates in the
graveyard, it’s she, it’s she who has found at last, now, her Ted; There he is,
lying, asleep. Carefully, so as not to wake him up, she introduces herself too
in the bed and hugs him. She hugs the bones and the putrefied viscosity that
once was that boy that she remembers.
She’s happier that she ever was, she has just
recovered the only thing that has always mattered, that thing she lost, that is
by her side, as handsome as always, his dimple, his chin, his eyelashes, his
hands, even his smell.
Helena there lying, kisses Ted’s decomposed
skull who is no longer Ted and nothing else matters now, they are together
again. She sighs tired, proud, full of happiness and hope. She entangles the
fingers of one of his hands with her own and leaning on his shoulder, she falls
peacefully asleep.
And it doesn’t matter what was the name the
stone read, neither the place in which it lies; just him and her.
| http://www.deviantart.com/download/275198597/mud_by_lluviosa-d4juglh.pdf?token=827f6dee58761c2d2d91ce02cf42e7f202e2d76c&ts=1376038016 |
Daily Deviation Given 2012-03-25
BARRO
Escarba, con las manos nerviosas y la lluvia
derramándose por su espalda, por sus párpados, por su barbilla, por las
cimas invertidas de su cabello (abiertas y deshilachadas), por las
lápidas que la rodean. Sus rodillas aún resistirán un poco más en aquel
suelo lleno de piedras puntiagudas; aún aguantarán antes de que el dolor
resulte insoportable.
Ella, ciega ante el espeso barro donde está hundiendo sus manos, no es consciente de que está manchando su inmaculado camisón blanco.
- Mas rápido, más, más más.- farfulla, nerviosa, repitiendo esa última palabra una y otra vez, mientras sus torpes y delicadas manos escarban, más rápidas, y más torpes.
No se queja de las pequeñas piedras que se abren paso entre la piel de sus rodillas y la carne de las palmas de sus manos.
Llueve. Su cabello, largo y rubio, va cayendo, pesado, mojado; poco a poco, se va juntando con el barro, dejando ya de ser de un tono cobrizo y luminoso; los mechones de su pero ya no son los mismo cabellos dorados en los que él jugaba a enmarañar sus dedos.
Sobre las lápidas que la rodean no hay Luna, sólo quedan las nubes grises; ni siquiera las sombras de los cipreses la acompañan en su búsqueda. Pero eso… eso a ella poco le importa… sólo quiere ver su sonrisa una vez más, sentir su cuerpo desnudo entre los muslos, sus labios carnosos entre los pechos o susurrándole al oído aquellas palabras:
- Cada vez que te vas soy sólo carne y huesos…
Quiere volver a reír como aquella vez.
- Ten cuidado, corres el riesgo de que acabe creyéndote.
La imagen llega a su mente mientras escarba, la imagen residual de sus hoyuelos, su pelo negro y sus ojos verdes; pero, sobre todo, recuerda su olor, sus brazos, sus manos grandes y ásperas.
La única secuencia ordenada de su vida inmortaliza en su memoria es ese pequeño diálogo de diecinueve palabras… pero tampoco podría estar segura de ello. ¿Es esto lo que queda de ella? ¿Dos frases sin sentido? ¿Y su historia? ¿Dónde ha ido? Sólo le quedan susurros, palabras, gritos, besos inconexos.
El agujero de barro crece a medida que ella escarba; horas o años, no sabe nada del tiempo, tampoco comprende la horrible verdad que hay frente a sus ojos, no. No sabe nada, pero tampoco le importa.
Se volvió loca, no recuerda por qué, lo que quedó de ella se fue muriendo de pena; lo que quedó de ella fue un amasijo de carne, nervios, sangre, llanto… Y un saco lleno de pequeñas imágenes, sensaciones y palabras. Más de veinte años han pasado desde el diálogo que recuerda. No hay secuencia, esta vez no hay historia, sólo ella y el barro, y la lluvia, y las tumbas, y el ansia; y el amor; y la búsqueda de su felicidad perdida: él.
Hace ya unas horas que ha dejado de sentir los dedos de sus manos, la sangre y el frío se mezclan con el barro; pero ahí, bajo sus rodillas, está la recompensa que se da a los que luchan por su felicidad.
Ha llegado, acaba de encontrar la puerta del ataúd.
- ¡Ted!- Grita ilusionada, lo llama llena de una felicidad que creía perdida, tiembla de ilusión.
Está muerta de frío.
Acaricia suavemente la puerta de madera, ladea la cabeza y sonríe, entre sus labios no hay marfil blanco, sólo huecos, manchas marrones y verdosas…. Es una loca, una perturbada, un despojo social, no necesita sus dientes.
- ¡Ted! Soy yo ¡Helena!
Radiante, da un par de golpes en el ataúd, llama a la puerta, ella y el millón de mariposas que ahora viven en su ombligo, las creía muertas desde la última vez que lo vio. En un acto de ilusión se abraza a sí misma, y cantaría de alegría si se supiera la letra de alguna canción.
Busca nerviosa y a ciegas los goznes del ataúd, intenta abrirlo con sus manos; pero los clavos son resistentes y después de escarbar, apenas le quedan fuerzas.
- ¡Ted! Amor mío, ábreme, estoy aquí. He venido en cuanto he podido. Hubo problemas con la rueda del carruaje… No te enfades conmigo.
Apoya la cabeza, intentando escuchar qué sucede en la habitación contigua, ¿Por qué su prometido no quiere abrirle la puerta? ¿Acaso está enfadado? ¿Ha podido hacer ella algo malo? ¿Algo que lo perturbara quizás?
La muchacha se incorpora, mira su vestido, quiere estar presentable para él. No ha visto el barro manchando todo su cuerpo, su pelo, su nariz, sus mejillas, sus brazos.
Un rayo cae lejos y por segundos duda de sus recuerdos, duda de su propio nombre, pero no del de Ted, es él, es Ted el que está en la otra habitación.
Helena, la loca Helena, se levanta y busca con los brazos extendidos hacia arriba, busca en las esquinas del agujero, que ya es como ella de profundo.
- Dónde… ¿Dónde está mi joyero? ¡Marina, tráeme mi joyero!- Grita frenética, ordena a su criada. Sin embargo sigue buscando con las manos, entre el fango- ¡Aquí! Marina, ya no hace falta, lo tengo.
Sujeta fuerte entre sus manos la caja de plata adornada con rubíes y se arrodilla de nuevo; sus magulladas rodillas protestan pero ella no, está demasiado concentrada golpeando la puerta con el joyero.
Ríe ilusionada después de tantos años, por fin podrá volver a verlo y abrazarlo como antes.
Pasarán unas horas hasta que la puerta del ataúd se resquebraje.
Ahí está el primer hueco hacia su felicidad. Ansiosa, sigue golpeando, ahora con fuerza renovada, la esperanza crece dentro de ella. Astillas y olor a putrefacción es lo único que emanada de ahí dentro, pero no se detiene, no se rendiría nunca estando tan cerca.
Una carcajada descuidada resuena en el cementerio, es ella, es ella que ha encontrado por fin, ya, a su Ted; ahí está, acostado, dormido. Cuidadosamente, y para no despertarlo, se introduce ella también en el lecho y lo abraza. Abraza los huesos y la viscosidad putrefacta que una vez fue aquel muchacho que ella recuerda.
Es más feliz de lo que jamás fue, acaba de recuperar lo único que le ha importado siempre, aquello que perdió, está ahí a su lado, tan guapo como siempre, su hoyuelo, su mentón, sus pestañas, sus manos, incluso su olor.
Helena allí tendida, besa el cráneo descompuesto de Ted que ahora no es y ya no importa nada más, están juntos de nuevo. Suspira cansada, orgullosa, llena de felicidad y esperanza. Entrelaza los dedos de una de sus manos con los suyos propios y recostándose en su hombro, se queda plácidamente dormida.
Y no importa cuál fuera el nombre que rezaba la lápida, tampoco el lugar en el que se encuentra; sólo él y ella.
Ella, ciega ante el espeso barro donde está hundiendo sus manos, no es consciente de que está manchando su inmaculado camisón blanco.
- Mas rápido, más, más más.- farfulla, nerviosa, repitiendo esa última palabra una y otra vez, mientras sus torpes y delicadas manos escarban, más rápidas, y más torpes.
No se queja de las pequeñas piedras que se abren paso entre la piel de sus rodillas y la carne de las palmas de sus manos.
Llueve. Su cabello, largo y rubio, va cayendo, pesado, mojado; poco a poco, se va juntando con el barro, dejando ya de ser de un tono cobrizo y luminoso; los mechones de su pero ya no son los mismo cabellos dorados en los que él jugaba a enmarañar sus dedos.
Sobre las lápidas que la rodean no hay Luna, sólo quedan las nubes grises; ni siquiera las sombras de los cipreses la acompañan en su búsqueda. Pero eso… eso a ella poco le importa… sólo quiere ver su sonrisa una vez más, sentir su cuerpo desnudo entre los muslos, sus labios carnosos entre los pechos o susurrándole al oído aquellas palabras:
- Cada vez que te vas soy sólo carne y huesos…
Quiere volver a reír como aquella vez.
- Ten cuidado, corres el riesgo de que acabe creyéndote.
La imagen llega a su mente mientras escarba, la imagen residual de sus hoyuelos, su pelo negro y sus ojos verdes; pero, sobre todo, recuerda su olor, sus brazos, sus manos grandes y ásperas.
La única secuencia ordenada de su vida inmortaliza en su memoria es ese pequeño diálogo de diecinueve palabras… pero tampoco podría estar segura de ello. ¿Es esto lo que queda de ella? ¿Dos frases sin sentido? ¿Y su historia? ¿Dónde ha ido? Sólo le quedan susurros, palabras, gritos, besos inconexos.
El agujero de barro crece a medida que ella escarba; horas o años, no sabe nada del tiempo, tampoco comprende la horrible verdad que hay frente a sus ojos, no. No sabe nada, pero tampoco le importa.
Se volvió loca, no recuerda por qué, lo que quedó de ella se fue muriendo de pena; lo que quedó de ella fue un amasijo de carne, nervios, sangre, llanto… Y un saco lleno de pequeñas imágenes, sensaciones y palabras. Más de veinte años han pasado desde el diálogo que recuerda. No hay secuencia, esta vez no hay historia, sólo ella y el barro, y la lluvia, y las tumbas, y el ansia; y el amor; y la búsqueda de su felicidad perdida: él.
Hace ya unas horas que ha dejado de sentir los dedos de sus manos, la sangre y el frío se mezclan con el barro; pero ahí, bajo sus rodillas, está la recompensa que se da a los que luchan por su felicidad.
Ha llegado, acaba de encontrar la puerta del ataúd.
- ¡Ted!- Grita ilusionada, lo llama llena de una felicidad que creía perdida, tiembla de ilusión.
Está muerta de frío.
Acaricia suavemente la puerta de madera, ladea la cabeza y sonríe, entre sus labios no hay marfil blanco, sólo huecos, manchas marrones y verdosas…. Es una loca, una perturbada, un despojo social, no necesita sus dientes.
- ¡Ted! Soy yo ¡Helena!
Radiante, da un par de golpes en el ataúd, llama a la puerta, ella y el millón de mariposas que ahora viven en su ombligo, las creía muertas desde la última vez que lo vio. En un acto de ilusión se abraza a sí misma, y cantaría de alegría si se supiera la letra de alguna canción.
Busca nerviosa y a ciegas los goznes del ataúd, intenta abrirlo con sus manos; pero los clavos son resistentes y después de escarbar, apenas le quedan fuerzas.
- ¡Ted! Amor mío, ábreme, estoy aquí. He venido en cuanto he podido. Hubo problemas con la rueda del carruaje… No te enfades conmigo.
Apoya la cabeza, intentando escuchar qué sucede en la habitación contigua, ¿Por qué su prometido no quiere abrirle la puerta? ¿Acaso está enfadado? ¿Ha podido hacer ella algo malo? ¿Algo que lo perturbara quizás?
La muchacha se incorpora, mira su vestido, quiere estar presentable para él. No ha visto el barro manchando todo su cuerpo, su pelo, su nariz, sus mejillas, sus brazos.
Un rayo cae lejos y por segundos duda de sus recuerdos, duda de su propio nombre, pero no del de Ted, es él, es Ted el que está en la otra habitación.
Helena, la loca Helena, se levanta y busca con los brazos extendidos hacia arriba, busca en las esquinas del agujero, que ya es como ella de profundo.
- Dónde… ¿Dónde está mi joyero? ¡Marina, tráeme mi joyero!- Grita frenética, ordena a su criada. Sin embargo sigue buscando con las manos, entre el fango- ¡Aquí! Marina, ya no hace falta, lo tengo.
Sujeta fuerte entre sus manos la caja de plata adornada con rubíes y se arrodilla de nuevo; sus magulladas rodillas protestan pero ella no, está demasiado concentrada golpeando la puerta con el joyero.
Ríe ilusionada después de tantos años, por fin podrá volver a verlo y abrazarlo como antes.
Pasarán unas horas hasta que la puerta del ataúd se resquebraje.
Ahí está el primer hueco hacia su felicidad. Ansiosa, sigue golpeando, ahora con fuerza renovada, la esperanza crece dentro de ella. Astillas y olor a putrefacción es lo único que emanada de ahí dentro, pero no se detiene, no se rendiría nunca estando tan cerca.
Una carcajada descuidada resuena en el cementerio, es ella, es ella que ha encontrado por fin, ya, a su Ted; ahí está, acostado, dormido. Cuidadosamente, y para no despertarlo, se introduce ella también en el lecho y lo abraza. Abraza los huesos y la viscosidad putrefacta que una vez fue aquel muchacho que ella recuerda.
Es más feliz de lo que jamás fue, acaba de recuperar lo único que le ha importado siempre, aquello que perdió, está ahí a su lado, tan guapo como siempre, su hoyuelo, su mentón, sus pestañas, sus manos, incluso su olor.
Helena allí tendida, besa el cráneo descompuesto de Ted que ahora no es y ya no importa nada más, están juntos de nuevo. Suspira cansada, orgullosa, llena de felicidad y esperanza. Entrelaza los dedos de una de sus manos con los suyos propios y recostándose en su hombro, se queda plácidamente dormida.
Y no importa cuál fuera el nombre que rezaba la lápida, tampoco el lugar en el que se encuentra; sólo él y ella.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Zenobia

Apenas llegaba al metro de altura cuando empecé a trabajar como criada en la casa del patrón, para mí eran los trabajos más escabrosos y desagradables, hasta que el dueño de mi vida tuvo a bien encomendarme una tarea más… ¿cómo lo llamó él? Más apropiada para mi cara bonita, y empecé a ser la zorra del esclavo que aquel día había ganado sobre la arena. Yo debía honrar y complacer al triunfador. Jamás olvidaré aquella primera vez, dolorosa y desgarradoras, me tomó con violencia y desdén, destrozándome una y otra, y otra vez hasta quedar dormido.
Ni siquiera el dueño de todos nosotros auguraba lo que pasaría a partir de entonces. Aquello puso de patas arriba a todos los esclavos que solían luchar en la arena, de repente todos ambicionaron la victoria. Por lo visto poseer mi cuerpo con brutalidad era un premio digno por el que luchar, y yo, condenada a no ser más que la furcia de cualquier esclavo, me resigné, acepté mi destino y sin más anhelos que ofrecer placer, cumplí con mi designio. Los Esclavos de la arena fueron alternando el primer puesto y compitiendo entre ellos. Yo fui pasando de una bestia a otra, sin quejas ni remilgos. El patrón multiplicó sus ingresos en cuestión de meses.

A mí no se me permitía asistir a la batalla, así que aquella noche, ungida en aceite de rosas, entré en la alcoba, como siembre, sonriente, dispuesta, desnuda.
- Moswen…
Fue lo único que susurró, me miró durante un buen rato, me escrutó con sus fieros ojos de aquella manera extraña, con las manos aún cubiertas de sangre y algunas heridas abiertas adornando sus numerosas cicatrices.
- Mi nombre es Zenobia.
- No… no lo es…
Jamás supe a qué se refería, imagino que al color de mi pelo o quizás le recordé a alguien, tampoco se lo pregunté; como tantas otras cosas, acepté que él me llamara de una manera diferente, y que me tratara de una manera diferente. Aquel hombre me tocaba como si fuera un verdadero tesoro, y yo me sentía extraña, nadie me había tocado así, como si… como si yo valiera la pena, como si fuera algo valioso, como si yo también mereciera sentir placer.
Y así fue, noche tras noche, ningún hombre le hizo eco desde entonces, yo me acostumbré a él, a aquella manera de tocarme y de llamarme, me acostumbré a su cuerpo y al calor, y al… al amor.
Hasta que una noche, no fue él el victorioso, creo que el patrón se dio cuenta, de una u otra manera lo sabía.
Y ahí viene mi destino a buscarme, mientras duermo junto al nuevo ganador. Mi destino es Urian, o más bien su mano, que me agarra con fuerza del pelo, despertándome, y me jala de éste hasta llegar al patio.
- ¿Es que a caso no tienes más sueños que los de complacer a un esclavo?
Su pregunta está llena de ira y violencia. Yo lo miro confundida y terriblemente asustada, no reconozco su mirada, no me mira como siempre. Tampoco soy capaz de entender su indignación, soy una esclava, no se me permite tener sueños o aspiraciones, he olvidado cómo se hace eso, si es que los tuve alguna vez.
- Este es el trabajo que se me encomendó, lo desempeño como puedo – murmuro.
Urian gruñe entre dientes un cúmulo de insultos hacia mí y me arroja contra el suelo violentamente. Yo por primera vez tengo miedo a morir, me matará, después de tantas noches, de tantas palabras, de tanto candor. Me matará aquí y ahora. O eso pensé.
- Ninguno de estos zafios te tocará más. - Clava su espada en el suelo, - Moswen… ¿Es que no lo ves? Tanta belleza… no has nacido para vivir encadenada… éste no es tu lugar…
Una de sus manos me sujeta por el cuello y aprieta con fuerza, está muy enfadado, ¿por qué? Aprieta mi cuello y me levanta del suelo mientras yo me asfixio. Soy como una muñeca de trapo, es hora de morir.
- Defiéndete – me increpa, mientras su mano me apaga, y yo sigo inerte. – Moswen… defiéndete…
Sus ojos cambian, me suplican… entonces, justo entonces, empezó mi destino, justo en el momento en el que yo empiezo a defenderme con torpeza. Y él suspira, y me suelta, yo caigo de bruces contra el suelo, respirando desesperada.
- De ahora en adelante, tendrán que ganarselo.
Él no volvió a perder ni una sola vez, se dedicó a enseñarme a luchar, insistió y persistió hasta que el patrón aceptó mi nuevo título: Esclava de arena. Y fui progresando, fui fuerte y veloz, diestra con la espada, fui una asesina sobre aquella arena que tantas veces había marcado mi sino. Y fui uniendo cicatrices a las que ya tenía.
Hasta que un giro del destino y un ambicioso y descorazonado patrón nos situaron sobre la misma arena, frente a frente. Entonces yo no era más hábil, ni más fuerte, ni mejor que él, sin embargo se dejó matar por mi y con el último soplo de su corazón entre mis manos, el mío se apagó.
Ya no había nada que me retuviera en aquel lugar, ni siquiera venganza albergaba, no quedaba nada dentro de mí, ni bueno ni malo. Escapé de allí aquella madrugada, sin más destino que seguir caminando y alejarme.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Atroz
Ligeia se bautizó a sí misma, borró el nombre que sus padres le otorgaron al nacer y decidió que ya no era la misma niña, su padre le robó su nombre, le robó todo lo que una vez fue, y se coinvirtió en algo…. algo distinto que requería un nombre especial, un nombre diferente. Y olvidó, olvidó quién fue y cómo se llamaba.
– Tranquilo… no tengas miedo… No te voy a comer – a aprendido a entonar su voz rasgada y susurrante.
El hombre de la barra observa con estupor y cierta fascinación la grotesca sonrisa de Ligeia, y se pregunta cómo alguien puede tatuarse algo tan horrible en medio de la cara. Escondió sus hermosos labios rojos bajo tinta negra y una retahíla de dientes monstruosos y desiguales que sonríen de oreja a oreja. Ligeia siempre sonríe.
– Mujer, vas a acabar con todo el maldito alcohol de éste local… éste no es lugar para una dama.
Liegia frunce el ceño y estrella la jarra de cerveza contra la pegajosa barra. Se acerca al hombre, con el ceño fruncido y gruñe como un monstruoso animal, pero finalmente se marcha. El hombre da un respingo, está acostumbrado a ver el tugurio repleto de piratas a los que les faltan miembros, piratas que jamás se han duchado, pero ésta mujer es diferente, es… ¿es un fantasma? ¿una bruja? quizás algo peor. Puede que Ligeia tenga el aspecto de un monstruo pero no lo es, su sonrisa ahuyenta a los verdaderos monstruos, los humanos. No le gusta la gente ni las peleas, aunque sin saber por qué termina en medio de muchas, debe de ser por su aspecto, aquel tipo hizo bien su trabajo, lo hizo francamente bien.
La mujer sonríe mientras sale por la puerta, y el camarero respira con tranquilidad, da unos pasos hacia afuera, tambaleándose y empieza a pasear dando tumbos por el embarcadero. Aprendió a beber tiempo atrás, aprendió que a cada baso de licor que tomas algo muere dentro de ti, primero muere la tristeza, así que estás sonriente, luego muere el silencio y todo lo dice en voz alta o gritando, aunque no haya ninguna razón, cantas, bailas, intimas con quien sea… Luego muere la estupidez y hablas con inteligencia, rechazas al bárbaro que te ha convencido para que lo acompañes a cualquier rincón, te niegas a yacer con un hombre con los suficientes problemas mentales como para empujar a una tipa de pelo azul y su suntuosa sonrisa. Y por último, por último mueren los recuerdos… esos…. esos son difíciles de matar. Y aunque lo ha intentado, no logra borrar aquellas imágenes de su mente. Ha bebido para olvidarlas, ha cambiado totalmente, ha borrado la belleza del espejo, pero ahí siguen, de nuevo esos malditos recuerdos arrastrándose por dentro de su corazón, arañando y mordiendo. Duele, duele muchísimo.
Y huyendo de sus recuerdos vuelve a ellos en cada beso de licor.
Ligeia fue una muchacha normal, nació en el seno de una burguesía cada vez más próspera, vivió con todo tipo de lujos y comodidades. Papá era comerciante, últimamente estaba enfrascado en el negocio de la pesca y un día, nuestra jovencísima e inocente Ligeia acompañó a su padre, quería saber lo que era navegar.
La noche en alta mar es dura, y la cubierta no es lugar para una muchacha curiosa, pero de entre todos los gritos, de entre todas las olas advenidas contra el barco, un canto melódico y rítmico se alzó por encima de todos. La canción más hermosa y triste que unos oídos humanos puedan escuchar
Era la única que lo escuchaba, miraba fascinada hacia el oscuro horizonte, acerrada a la vela mayor. Los demás hombres parecían ignorar aquel hermoso canto. Y la tormenta amainó, las hubieron de perecer, la calma volvió como siempre vuelve.
Nadie vio a la muchacha que se asomaba entre los barrotes de proa. Nadie se fijó en ella.
Entonces la vio, lumínica, escamada, increíblemente hermosa, la criatura más bonita que había visto jamás. Corrió, adentrándose entre las tripas del barco, y al llegar al fondo abrió la pequeña ventana redondeada. Allí estaba, sonriente y juguetona, una sirena, sí…. una sirena. Algo se encendió dentro de Liegia, aquella preciosa mujer de cabellos azabache y refulgentes ojos verdes... La sirena siguió susurrando su canción, sonriéndole a la adolescente Ligeia que ya había regalado su corazón a cambio de una mirada más, sólo un poco más.
La sirena coló una de sus manos por la pequeña ventana, tocó a Ligeia y la acercó más y más a ella, quería… un beso de sus labios y eso le dio, un beso carnoso y mojado, un beso con olor a sal y sensación oceánica.
Un arpón y el cuerpo de la sirena saliendo del agua, el grito de dolor encoge el corazón de Ligeia, que mareada y loca de dolor, cae al suelo.
- ¡Cortadle la cola antes de que se convierta en piernas o perderá todo su jodido valor! - Reconoce la voz de su padre al instante.
Para cuando llega a la superficie, el cuerpo mutilado de la sirena yace inerte en el suelo, la preciosa cola escamada de colores imposibles es arrastrada por un zafio y orondo contramaestre que ríe imaginando el oro que pagarán por la pieza.
La muchacha que una vez fue Ligeia no lo entiende, algo se ha roto en lo más profundo de su alma, algo que ya no volverá jamás, cómo pueden matar a un ser tan hermoso. Horrorizada, contemplaba el busto muerto de la sirena. El suyo es un rostro perfecto, su luz está muriendo, su cuerpo palidece pero la hermosura de la criatura permanece intacta, a pesar de que sus entrañas se derraman por la cubierta.
Entonces el padre de Ligeia lo arrastra a patadas por la cubierta y lo lanza de nuevo al mar. Su hija acaba de morir en ese mismo instante, en su lugar nace algo distinto y grotesco, algo rabioso y desprovisto de humanidad, algo frío y oscuro. Jamás volverá a creer en los humanos.
La mucha se asoma, los largos cabellos de la sirena brillan y revolotean mientras el cuerpo se hunde.
Esa misma noche hay una fiesta y un baile en honor de su familia ¡Una cola de sirena! Durante la fiesta Ligeia encuentra la manera de escapar, ropa, todas las joyas de su madre, y un saco de monedas de oro en pago por el alma de la hija que acaban de asesinar brutalmente.
Paga una moneda de oro por aniquilar sus labios y convertir su cara en una oda a la aberración. Al pirata encargado del tatuaje le tiembla el pulso mientras improvisa con la aguja entre los mugrientos dedos y ríe, le da un trago a la botella de ron que Ligeia ha comprado y hurga en la preciosa cara de la muchacha. El pirata no pregunta, ni cuestiona, no sabe que está creando a una nueva criatura.
Volvamos al cantina de la que acaba de salir una mujer terrible y atractiva a partes iguales, evitando una palea con el rústico y primario intento de ser humano de siempre, y no es que fuera el mismo físicamente, pero los varones humanos siempre son iguales.
Volvamos a una Ligeia tambaleante, que cae de bruces contra el suelo, y queda tirada en el muelle. Entre todas las siluetas de los barcos atracados, en el horizonte el sol empieza a dar sus buenos días. Ella entreabre los doloridos y enrojecidos ojos. La imagen residual de su amada partida por la mitad la acompañará siempre, los recuerdos no morirán jamás, por mucho que engulla litros y litros de alcohol. Esa desazón sólo termina con la muerte, pero Ligeia no quiere morir.
Quiere ser una sirena, reniega de la especie humana, y al maestro ya se le han agotado las ideas. El maestro Zalabin, un hombre viejo y decrépito que encontró en la parte francesa del Caribe, le dijo que tenía la fórmula para convertirla en sirena, pero aquí seguimos, en el mismo punto, el mismo océano, ni una escama. Pero ha aprendido mucho desde aquel entonces. Las joyas se agotaron, el oro se esfumó entre tabernas de higiene cuestionable, brujas estafadoras y alcohol. Cuando el maestro le ofreció el trabajo no pudo negarse. Así que se enroló, ella montaba los decorados, organizaba el material de las actuaciones, llevaba las cuentas, y últimamente negociaba los contratos, el viejo estaba muy chocho y su hijo, de la edad de Ligeia, no parecía particularmente interesado en seguir la tradición familiar, se limitaba a acompañarlos sin pena ni gloria.
Poe aterriza en el suelo, al lado de Ligeia, sus majestuosas alas, al aterrizar, cubren de frio el sofocado y lloroso rostro de Ligeia.
- Sabías dónde encontrarme ¿Verdad? Sí… sabías que estaría aquí, siéntete orgulloso Poe, no he organizado ninguna pelea hoy.
El animal alado la mira.
- Ya, ya lo sé… ¡Ya lo sé! No me metas prisas que no puedo ni caminar. Lo sé… nos vamos de aquí.
La mucha intenta levantarse pero cae varias veces, una vez de pie, el animal alza el vuelto y aterriza en el hombro de Ligeia, sus garras rasgan la impoluta piel de la escuálida mujer, pero a ella parece no importarle.
- ¡No! no es verdad – contesta al animal, que como es ovbio, no ha pronunciado palabra alguna porque es… un animal - Estamos en Tortuga y ya he decidido. Sí, e suna decisión válida como la que más. Estoy borracha, sí. Me he enterado de que hay un barco que busca tripulación.
Las hebras de sangre se deslizan por el brazo lleno de cicatrices y marcas de las garras de Poe.
- Recogeremos mis cosas, porque tú no tienes nada, y averiguaremos como entrar en ese barco pirata. Sólo un barco pirata estaría tan loco como para adentrarse en los peligrosos caminos que podrían conducirme a mi destino.
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"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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Para leer el relato completo: AQUI


