jueves, 4 de noviembre de 2010
Saña
Un pensamiento, un recuerdo, una palabra, y la noche cae sobre mí, mis codiciosos y odiados fantasmas devoran el interior de mi cráneo, la claridad se esfuma y sí, he dejado de pensar, ahora sólo soy un animal sediento.
- ¡Que no quiero, joder! ¡Déjame en paz de una puta vez! ¿Cómo has podido…?
Y alargando esa última vocal me quedo sin respiración, sólo me queda rabia y furia; mi cuerpo rebosante de ira arremete, como siempre, contra el ser humano que tengo en frente. No puedo, no sé contenerme, de repente todas las quejas, todos los peros, todos los reproches, acuden a mi mente, todo, todo él quiere hacerme daño, quiere verme hundida. Y entonces soy puro fuego; la sanguinaria harpía que llevo en la sangre sale de entre mis venas dispuesta a protegerme, a saquear sus defensas y derrumbarlo. Ya no es él, ahora es un enemigo más, un invasor. Ésta ya no es mi habitación, es un campo de minas.
- ¡No! ¡No! ¡No! ¡No quiero que me toques! - Yo, apoyada en la pared, miraba sus pies mientras seguía destrozando todo lo que alguna vez tuvimos, él y yo, entre las manos.
Mis coléricas lágrimas salen al encuentro, me siento dolida, me siento traicionada, me siento indignada, todo está mal, no quiero estar con él ¿Por qué habría de estar con una persona que quiere hacerme daño? ¿Por qué? Es un monstruo sin corazón al que no le importo lo más mínimo. ¿O el monstruo soy yo? Si le importara no me diría todo eso, no lo diría ¿Lo diría yo? ¿Lo digo yo?
Hace media hora que no sé ni lo que le estoy recriminando. Mis pensamientos se crean entre mis labios, no en mi mente, y de súbito, aquí estoy yo, a voz en grito, derramando sobre él todos los reproches que se me ocurren, los más irrisorios, los más dolorosos, los de siempre, los que hace tiempo que no recordaba. Mis flechan vuelan a ciegas, no quiero mirarlo, si lo miro todo éste muro que ahora soy se derrumbará ¡No quiero! ¡Se lo merece! ¡No me harás daño! ¡Tú no!
- Al fin me miras. – Me sonríe, susurra. – Eres todo furia, mi pequeña soñadora, todo furia. No me extraña que tengas pocos amigos, no me extraña que pocas personas te soporten. – Se ríe de nuevo. – Tienes suerte, sólo se quedan las personas que te quieren de verdad, el resto enseguida se espanta y huyen despavoridos tras ver tu verdadero rostro, toda tú, furiosa, gritando como una fiera herida, soltándole alaridos a la luna. Que se vayan, que se asusten cuando te vean enfadada, así, a los que nos quedamos, nos toca más trozo de tarta.
Yo seguí llorando, las llamas se fueron y dieron paso a la tormenta de verdad, toda aquella cólera se esfumó por completo con la misma rapidez con la que llegó, y me quedé yo, sola, asustada, arrepentida, dolida, todo destruido a mí alrededor.
- ¿Es esto lo que quieres? Grítame, maldíceme, quéjate de todo… no me voy a asustar, no me voy a ir, no te voy a dejar sola. Lo sabes muy bien. Grítame cuánto quieras.
La fotografía es mía: Place du Panthéon:
El Panteón se ve a la derecha de sus gafas de sol, justo destras de mí.
Allí descansan Voltaire, Rousseau, Émile Zola, Marie Curie,
Jean Monnet, Soufflot.... Y para mí el más importante,
el mejor, l'unique: Víctor Hugo.
sábado, 30 de octubre de 2010
Escapando - París
- Angès ¿Dónde está el azúcar? – grito desde la reducida cocina.
- Espega un momento – Me grita desde la ducha, situada en la pared de al lado.
- No entiendo por qué te empeñas en hablarme en español, así nunca aprenderé francés.
La Luna aún no se había escondido y aunque en el horizonte debía de empezar a clarear los grandes ventanales del segundo piso aun estaban empañados de la oscuridad y el frío de la noche.
- Ya sabes fgancés. – Ella aparece desnuda por la cornisa del salón, con una toalla entre las manos, secándose los cabellos largos y rojos que un día me gritaron. – Vuelve a la cama anda, no te tomes ese café aún, nos queda un gatito.
Sonrío, ella me mira, yo examino su cuerpo, dejo mi taza en el fregadero de la cocina-salón, y me acerco a ella.
- ¿Un gatito? – le pregunto, jugando a imitar sus labios y su voz incapaz de pronunciar una erre.
Ella se acerca a mí, tira de mi camisón hasta que logra unir nuestro rostro, acaricia mi mejilla con su nariz, busca mi mano, y la sitúa entre sus piernas.
- Un gato, muy, muy, pequeño. – susurra.
Yo me río, le beso la nariz, le beso las mejillas, los ojos, los labios. Y para cuando llego a su cuello, ya estamos tiradas en la cama.
Ella queda tendida a mi lado, todo su pelo rojo derramado sobre mi rostro.
- ¿Pog qué ha sido ésta vez? – me susurra, dulce, muy dulce.
- Sabes que no me gusta hablar de eso. – Farfullo.
- Hace tges años que nos conocemos, y hace tges años que viene justo en ésta época del año. Apagte de otgas veces, pero ésta es la que siempre, sin falta, vuelves a escondegte entge mis bgazos.
El silencio, mis labios pegados, no quiero hablar, no quiero falsa compasión, no quiero que nadie tenga que soportar mi voz, ni mis lágrimas.
París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su chelo, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece.
- Otgas veces me lo cuentas. Gecuegdo cuándo viniste pogque aquella subnogmal te había jodido bien jodida. Me costó mucho gecomponegte aquellos días, llegaste destgozada.
Me sonríe, aparta sus cabellos de mi rostro y tumbada de medio lado sube hasta estar a mi altura, con su brazo y su pierna derechas sobre mi cuerpo; yo miro al techo.
- Dime que no es ella de nuevo al menos.
- ¿Ella? – Me echo a reír - ¿No recuerdas los mensajes? Te hablé de ellos hace varios mails.
- ¡A sí! Pobgecita, pobge necia estúpida… ¿cómo la llamabas? - me susurra al oído. Aunque a decir verdad no susurra, habla, ese es su tono de voz, bajo, susurrante, comedido.
- Perra mentirosa. – Mi respuesta es automática – Ni te molestes en repetirlo, no tiene gracia si no sabes pronunciar una erre como Dios manda.
Ella se ríe, el calor de sus labios rosados llega a mi pabellón auditivo y me eriza la piel.
- ¿Qué tal está Leo? – una pregunta de rigor.
- ¿Leonard? Sabes que no siente mucha simpatía pog ti.
- ¿Por qué? – pregunto con una sonrisa malévola en la comisura de mis labios, fingiendo sorpresa.
- No le gusta que cada vez que tu mundo te supege, vengas a follagte a su novia y a escondegte del univegso entego. No lo culpes.
Me responde entre risas.
- Ayeg por la tagde estaba conmigo cuando me llamaste. Se magchó muy enfadado, pobge, no lo entiende. Yo adogo cómo lo haces, pego él no lo entiende.
- ¿Qué no entiende exactamente?
- Que siempge me llames media hoga antes de que tu avión ategice en París, sin más pgeaviso. Me enamogé de ti la pgimega vez que lo hiciste.
- No digas tonterías. – le susurro tras darle un beso en la frente.
- No son tontegías, no me confundas, no te estoy pgofesando amog etegno, sé que no te gusta todo ese gollo, paga eso ya tienes a tu Tgoyano; pego sí estoy enamogada de ti, aunque no en ese sentido de amog etegno, ni de pageja, paga eso ya está Leonardo… quiego decig que...
No, no, no, no puedo resistirme a sus divagaciones estúpidas, siempre se lía cuando empieza ese discurso que me sé de memoria, siempre, siempre se va por las ramas inútilmente, la entiendo, sabe que la entiendo. Le doy un beso, muerdo su labio inferior interrumpiendo de súbito sus pensamientos verbalizados y hablo a duras penas, con su jugoso labio inferior aún entre mis dientes: “cállate yah, poh Dios, ya sé, ya sé todo eso. O te callas, o te hago dano”, muerdo más sus labios, le hago un poco de daño “Sabes que lo haré”.
Ella me mira, divertida, siempre tan dispuesta a devolverme una sonrisa, siempre riéndose de mí, conmigo. Sus orgasmos, siempre entre risas; las discusiones, mi ira, mi frialdad, mi cariño… todo lo convierte en una carcajada suave y descuidada que termina extendiéndose y devorándome… para cuando me doy cuenta, me encuentro sonriendo como ella y sus hoyuelos. El negro de sus ojos resplandece, Suelto sus labios y los beso con ternura.
Ella cuela una de sus manos bajo mi camisón, y juega con un fuego que nos abrasa a ambas en cuestión de minutos. Sus carcajadas y su cuerpo retorciéndose con el mío, sus susurros, mi nombre, sus jadeos en mi pabellón auditivo, todo… todo termina extasiándome, derrotándome y llevándome de nuevo a los sueños.
Despierto, el sol abrasa mis ojos, su Viola grita en el salón. Sonrío, sigo de nuevo en mi refugio, en éste lugar dónde un ángel recompone mis pedazos rotos.
Me siento en la cama, me pongo el camisón que he encontrado enmarañado entre las sábanas y salgo a buscarla. Ella se detiene, sigue desnuda, siempre desnuda, recuerdo el primer fin de semana que pasé aquí, con ella, recuerdo lo extraño que me resultaba que en casa no utilizara camisón, ni nada similar, siempre ella y su desnudez, las grandes cortinas de tela roja tapando el salón y ella tocando su Viola. A estas alturas ya me había acostumbrado a verla desnuda, andar por aquel reducido espacio, sin picardía, sin morbo, sólo ella y sus pechos fríos, su espalda tibia y sus gélidos pies.
Me mira, y ahí llega la sonrisa brillante que hace que todos mis problemas desaparezcan.
- ¿Y tu tgoyano? ¿Cómo está? No te pgegunté antes.
Yo caliento la leche en el microondas y busco de nuevo el azúcar.
- Tan guapo y atento como siempre, últimamente muy ocupado, está opositando…
- ¿Pog eso estás aquí? ¿Pogque tu novio no te hace caso?
Yo la miro enarcando una ceja, sorprendida por aquella pregunta tan desesperada y tan inútil.
- Está bien, eso no es, olvidaba cuánto te quiege ese tgoyano, olvidaba lo compgensivo y pegfecto que es. No – examina mi gesto que sigue exactamente igual – eso no es, pegdona.
- Sabes que no voy a decírtelo. – Susurro
Refunfuña, se encoje de hombros y deja el instrumento sobre el sofá, tan natural para ella la desnudez y tan evidente y obscena para mí. La adoro, adoro esas alas que siempre tiende hacia mí, su inocencia, su alegría; nada malo la ha rozado siquiera, jamás ha sufrido desgracias, jamás ha llorado una muerte, o una enfermedad, sus alas nunca se mancharon de sangre, sus pies nunca desfallecieron, sus manos nunca sufrieron el dolor de tener que dejar ir a un ser querido.
- Siempge tan pensativa… siempge ensimismada, nunca entendegé a los soñadoges que pgefiegen vivig dogmidos, ciegos al mundo.
Me abraza, está helada a pesar de la calefacción.
- Yo te guío – me besa la frente – yo te guío pequeña soñadoga… yo te guío. – Siguió susurrando y alternando sus besos dulces. Casi pude sentir aquellas alas rodeándome, abrigándome, resguardándome de todos los males que habían inundado mi paso por el mundo.
Pasada una eternidad de candor y paz, sus voluptuosos pechos se separaron de los míos y se marchó a la habitación, yo la seguí, abrí mi maleta y comencé a vestirme. Era hora de salir y tomar la ruta de siempre, Notre-Dame y el Sena.
Las fotografías son mías.
*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
PRIMERA PARTE
domingo, 24 de octubre de 2010
Fantasmas
La huella de sangre en el suelo secará en unas horas y formará palabras, hace poco que pasó, arrastrándose con los codos, no quedaba nada más, sólo los antebrazos, los hombros, los bíceps, la carne, los huesos; el resto... digamos que no podía sostenerse el pie. No después de todo el esfuerzo realizado.
Con los dedos de sus manos había ido quitándose la piel, líneas largas y finas, algunas cortas… una tras otra las porciones de piel sucumbieron a sus dedos frágiles, sus manos titilan, llueve en sus ojos, pero para cuando ha terminado siente el frío abrazo del viento en su carne, respira hondo, sabe que ahora llega lo más difícil, desplazarse por la superficie blanca e inmaculada del folio en blanco.
La diminuta figura de carne, huesos y sangre, recorre el papel de un lado a otro, despacio, sin gritos de dolor. Dejando lineas rojas a su paso.
En la mesa de roble, muy cerca del folio en blanco, una vela guarda luto, sus lágrimas ardientes son figuras cristalinas, siempre la misma silueta, diminuta, reluciente… que se estrella contra el roble macizo.
Ella está escondida bajo la mesa, aterrada, encogida sobre sí misma.
Con los dedos de sus manos había ido quitándose la piel, líneas largas y finas, algunas cortas… una tras otra las porciones de piel sucumbieron a sus dedos frágiles, sus manos titilan, llueve en sus ojos, pero para cuando ha terminado siente el frío abrazo del viento en su carne, respira hondo, sabe que ahora llega lo más difícil, desplazarse por la superficie blanca e inmaculada del folio en blanco.
La diminuta figura de carne, huesos y sangre, recorre el papel de un lado a otro, despacio, sin gritos de dolor. Dejando lineas rojas a su paso.
En la mesa de roble, muy cerca del folio en blanco, una vela guarda luto, sus lágrimas ardientes son figuras cristalinas, siempre la misma silueta, diminuta, reluciente… que se estrella contra el roble macizo.
Ella está escondida bajo la mesa, aterrada, encogida sobre sí misma.
martes, 19 de octubre de 2010
Un año más, sin ti.
Una vela más en mi tarta.
Sólo un deseo,
sólo uno,
un deseo imposible.
sólo uno,
un deseo imposible.
La luz se consume,
no pienso soplar esa vela.
Dónde quiera que estés,
Gracias.
Te quiero mucho.
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París
París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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"De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas."
Para leer el relato completo: AQUI
