lunes, 29 de noviembre de 2010
Ahora
Cruza sus piernas, con el codo apoyado en la mesa, su mirada soberbia, sus hombros perfectos, erguidos, morenos, manchados de algunas pecas furtivas que pueblan su piel, orgullosas de su portadora, de su ama.
Absorbe lentamente el filtro del cigarrillo, sus labios rojos, carnosos, brillantes… sus labios… esos labios… tan… tan… se cierran, aspira y sus abundantes pechos, aprisionados dentro de la escotada blusa se yerguen más y más. No pienso, las ideas corretean por mi mente, quiero… quiero besarla. Quiero sorber el humo de sus pulmones, quiero tocarla. Sus ojos negros me atraviesan, sabe exactamente lo que estoy pensando, sabe que me tiene a su merced. Sonríe, toda ella, vanidosa, y me lanza el humo del cigarrillo a la cara, regalándome los restos de un beso que no he sido capaz de darle.
En silencio, miro la mesa de la cafetería, dos cafés solos, un cenicero con tres colillas, mías por supuesto, los cigarros que he aniquilado antes de que ella llegara, tarde, como siempre, tarde.
- Ten cuidado con lo que deseas. – Susurra divertida.
- Sólo quiero que volvamos a intentarlo… ven a casa conmigo.
- Mi vida es mía y hago lo que quiero con ella. Prométeme que me harás feliz.
Me mira, me examina, espera, altiva, desde su pedestal, desde su podio… y yo, simple mortal, devoto; guardo silencio corriendo tras mis pensamientos, quiero uno que no haga que la Diosa se vaya, quiero un que retenga a mi Diosa.
- Sabes que no puedo hacer semejante promesa, no quiero mentirte. – Acierto a responder sin haberlo pensado demasiado bien.
Ella me sonríe, otra calada a ese cigarrillo de filtro manchado de carmín y me lanzaré sobre ella.
- Entonces dime que nunca me dejaras. – Susurra, mientras mira distraída a las personas que van pasando por la calle.
- Algún día me iré y tú lo sabes. Nada dura para siempre. – le contesto, un poco más seguro de mí mismo.
- Júrame que me querrás hasta el fin, que me sentiré bien en tus brazos, que me protegerás de mí misma, que no me harás llorar nunca. – El corazón me estalla en los oídos.
- ¿Yo puedo prometerte eso? – musitan mis labios, su mirada vuelve a mis ojos. - Te digo lo que pasará. Algunos días desearas no haberme conocido, otros te sentirás dichosa de que esté a tu lado; me odiarás en cada discusión, pero habrá temporadas en las que todo vaya bien y si el tiempo nos deja, algunas veces seré un simple mueble más de tu casa.
- Entonces estarás. – me sonríe el brillo de sus ojos, su expresión...
- Qué cabezota eres... Yo no soy un “para siempre”, ni “hasta el fin de los días”, yo no soy tu final feliz, no soy nada de eso.... soy un ahora, quiero un ahora, un montón de ahoras.
- Vaya birria de príncipe estás hecho.
Me respondió, apagando su cigarrillo y levantándose de la mesa. Yo me levanté, aparatoso, torpe, derramando los restos de mi café por la mesa. Aterrado, corrí tras ella.
*
martes, 23 de noviembre de 2010
Perra Mentirosa, segunda parte.
Te veo, agazapada, espiándome, crees que has arrastrado mi orgullo por el fango, crees ser una Diosa y en realidad eres una simple mortal, una mentirosa y arrogante mortal.
Inundado de whisky, rebosante de recuerdos, desesperado, agonizante, fui en tu búsqueda; el orgullo pasó, la rabia murió, la irá se esfumó, todo se fue.
Lo sé, debo admitirlo, aquellos primeros días las puertas del tugurio pesaban, el whisky susurraba recuerdos, incluso el olor a tabaco escupía los restos de tus besos. Recuerdo aquella noche, entre sollozos, enterrado bajo las sabanas de mi cama, esas en las que nunca nos revolcamos; recuerdo mi mano, vacía, sucia, huesuda y débil sin la tuya a su lado.
Incluso fumé algún cigarrillo para encontrar tu sabor, me acosté con mujeres que tenían tu rostro… borracho de recuerdos, inútil y patético borracho. Sí… qué inocente era entonces, qué vulgar, qué perdido estaba.
Una leve sonrisa inocente acude a mí, iluminándome, y entonces te veo, entre las sombras del tugurio de siempre al que, desde luego, yo volvía cada noche a buscarte.
¿Recuerdas la última vez que hablamos? Yo te había olvidado, había dejado atrás toda mi ira, todo mi rencor, todos los reproches y las malas palabras que una vez pronuncié, con el corazón hirviéndome de rabia entre las manos. Pero volvamos a aquel día, una sonrisa plena y rebosante de placer acude a mí cada vez que recuerdo aquella mañana de Septiembre, lluviosa y gris, en la que te encontré en el tugurio de siempre, sentada en la barra. Lo recuerdas, claro que sí, y si no lo recuerdas haz memoria, sé que me lees, sé que te crees poderosa desde tu ilusorio anonimato. ¿Recuerdas la conversación?
- La verdad es que nunca entenderé tu cobardía, ya he perdido la cuenta de con cuántas personas estarás predestinada; y que no hayas tenido el valor de luchar por ninguna….
Ni siquiera te miré por temor a que el olvido no hubiera cicatrizado, tampoco pretendía dirigirte ni una sola de mis sílabas; pero el impulso, mi cuerpo, mis labios hablando sin pedir permiso a mi mente… ¿Por qué? ¿Por qué te estaba susurrando todo aquello? Recuerdo al tipo que te esperaba en la puerta la última vez que te vi, recuerdo que por un momento sentí compasión y lástima de él. Te deseé un final feliz, de esos que cenicienta siempre ha odiado.
- Te encanta tener cosas que echarme en cara, te encanta tener motivos por los que enfurecerte conmigo. - Y en aquel instante te miré sin temor y sentí ternura al encontrarte de nuevo, igual que siempre. - Así que ese es el tipo de cariño que me guardas... un cariño frágil y roto que muda en repulsión. - Te sonreí, pero tú no me mirabas. - Déjame en paz, deja que los pecadores monstruosos nos hundamos en la miseria.
Tu reacción, esperaba un ceño fruncido y una mirada de hielo, esperaba toparme con una roca templada y encontré un corazón herido, henchido de rencores. Me recordaste a mí, aquella vez...
- No te molestaré más, tranquila, te dejo en paz, prometido.
Recogí mi gabardina, tomé de un trago mi whisky, y me disponía a marcharme cuando tu voz, alta y clara, me acuchilló en la espalda.
- ¿Por qué no me dejas en paz? Si querías olvidarme con tanto ahínco... ¿Por qué no me olvidas ya? Ya tengo suficiente. Los malvados carecemos de redención.
Dirigí mi mirada de nuevo hacia ti, triste, por no poder cercenar mi tórax, convertirlo en una puerta y abrirlo a ti, mostrarte lo equivocada que estabas; volví resignado, cansado, ha acercarme la barra y me apoye en ella mientras tú seguías parloteando, llena de resentimiento.
- Tengo tatuada en la frente la palabra "monstruo", tú me la has escrito y aun que pase una eternidad seguirá ahí. Conozco a gente como tú, gente con la que ya da igual que hables o no, que hagas o que no hagas, soy un "monstruo", ya no saldré de ahí. No sabía que tú eras como ese tipo de gente.
- Te equivocas, yo nunca te he llamado monstruo, - susurré. - Pero tú no ves más allá de tus pestañas.
Cuánto rencor acumulado, Perra Mentirosa, cuánto rencor; no era la primera vez que lo decías y no era la primera vez que yo lo desmentía e insistía una y otra vez, en que aquello no era cierto. Querías seguir con la batalla de trapos remojados en fango.
En aquel momento quise tocarte, quise abrazarte, frágil y enfadada cómo estabas, quise susurrarte que todo había pasado, que todo volvería a ser como antes, que podíamos olvidar lo ocurrido. Pero no lo hice, no estaba dispuesto a mentir por ti.
- Que esto termine aquí. - levantaste la voz de nuevo, ni siquiera un ápice de tu tiempo en dirigir tus ojos hacia mí. - Si de algo estoy segura, es de lo poco identificada que me siento contigo, pero ¿Sabes? ya me da lo mismo.
Yo te contemplaba, anonadado, hubiera creído todas aquellas mentiras de no saber a ciencia cierta cuántas veces al día venías a espiarme, venías a contemplarme; refugiada en la oscuridad del tugurio creías que eras un simple anónimo más que pasa por mis crónicas hundidas en whisky y noches de lluvia.
- Te invito a que sepas disculpar y dejar ir esas nubes que no permiten ver a las personas, las nubes que juzgan duramente y que se quedan con todo lo malo de esa personas. – “De mí”, pensé.
- Pero qué infantil eres. - Respondiste con desprecio, - no me apetecía retomar el contacto contigo, no tengo intención de nada más; pero por supuesto te escucharé si tienes algo que decirme.
- Veo que ya lo has dicho todo. Que te vaya bien. - Susurré, sonriente antes de volver a levantarme.
De nuevo una mentira, grande, gorda y fea, tan evidente, tan insulsa. ¿Crees que no te veo cuándo vienes a espiarme? ¿De verdad lo crees? Porque si es así ¿Por qué vienes? ¿Qué quieres de mí? Tantas mentiras cobardes, para luego buscarme, escondida entre las sombras.
- Al final tú eras el ángel que quería redimir a la bestia, - musitaste antes de que yo saliera por la puerta. - Eso me resulta muy familiar... No sé cómo reaccionaría si algún día te acercases a mí.
El resto de tus labios orgullosos y mentirosos quedó tras la puerta del bar. Anduve bajo la lluvia, pensando una y otra vez en tus mentiras, pensando en que ésta vez desaparecerías de mi vida. Creo que sentí alivio ante ésta idea, odio las medias tintas, lo quiero todo o no quiero nada, pero a ti te falta valor para quererlo todo, y también te falta fuerza para no querer nada. Pero qué iluso era, al día siguiente allí estabas, entre la oscuridad de los sillones del fondo, escondida entre rostros anónimos, mirándome, buscando mi gabardina en la barra…. y al día siguiente, y al otro, y al otro…. Todos los días, todos y cada uno.
Qué incómoda se volvió tu presencia en mi espalda, siempre tan cobarde.
Happy ending (Jaime Gil de Biedma):
Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.
Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Escondites Lejanos
Éste es un Blog que llevo con una amiga, lo abrimos hace poco, la historia es de ambas, llevamos mucho tiempo escribiéndola y nos pareció buena idea enseñársela al mundo. A nosotras nos encanta, es sencilla, cada una lleva los personajes que envuelven a su protagonista y cada una tiene su historia particular.
Mi personaje es Arianne, el suyo es Camille, son las dos protagonistas, dos amigas desde la infancia que deben separarse, Arianne debe casarse con un hombre que es de muy lejos… Camille vive casada con alguien ¿Cómo describirlo? Lord Henry (El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde) y carece de más amistades íntimas. Ambas, comparten cartas, algunos viajes en los que están juntas… etc.
Es una historia de época, inspirada en las historias de Jane Austen, Víctor Hugo, Dumas, Flaubert… etc.
Dejo aquí la reseña, por si acaso a alguien le interesan éste tipo de historias de época victoriana.
Un saco de besos.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Azul
Lo cierto es que reservaba algunos relatos para mi colección de relatos encuadernados por ser especiales para mí, pero en vistas del escaso “éxito” de mis historias me parece que voy a dejar esa colección para los proyectos destinados a la basura y voy a ir añadiéndolos al blog con el resto de sus hermanos, que me parece a mí que es lo máximo a lo que pueden aspirar mis textos.
Gracias mil a ambos, ya sabéis quienes sois, por venir, volver, y encharcaros en mi lluvia, siempre, en cada amasijo de palabras, gracias por no fallar, y cómo diría yo misma…. Gracias por asesinar el tiempo conmigo.
Gracias mil a ambos, ya sabéis quienes sois, por venir, volver, y encharcaros en mi lluvia, siempre, en cada amasijo de palabras, gracias por no fallar, y cómo diría yo misma…. Gracias por asesinar el tiempo conmigo.
Azul
La busqué, la busqué como nunca he buscado a nadie, la busqué con todo mi corazón, con todos mis deseos; la busqué yo solo, desesperado, vagando por las dunas de mis miedos, desandando caminos que una vez tracé a su lado, alcanzando aquellos lugares que carecían de sendero alguno por el que guiarse.
Pero ella… ella no está nunca dónde la dejé la última vez que la vi, tampoco en el lugar dónde la encontré, siempre algo diferente, nuevo y lejano. “¿Lejano? ¿Seguro?” Las manos me tiemblan, ya ni siquiera quiero ahogarme entre el traicionero whisky y el siempre mentiroso ron. ¡Maldita sea! ¿Por qué no puede quedarse quieta? Ni siquiera cuando está conmigo puede estar quieta, siempre tiene que moverse de aquí para allá, siempre tengo que perseguirla.
La última vez que la vi me sentía muy cansado, mis manos ya no son tan rápidas como cuando era joven e ingenuo, el color blanco empieza a alcanzar y abordar todo mi cuerpo. La última vez que la vi no tenía ganas de perseguirla, a decir verdad no tenía ganas de nada. Creí haberme acostumbrado a verla llegar en el momento más inoportuno, cuando el trabajo me ahoga, o me encuentro derrumbado por algún giro abrupto que no esperaba, que ni siquiera había visto llegar; agonizante, devastado, derribado, así me encontraba cuando acudía a mí, tan dulce, tan tierna, inundándome, desbordando todo mi ser, obligándome a volcar toda mi pena. Para cuando había terminado conmigo, ya solamente quedaba su perfume de limón, y esa leve sensación de tranquilidad que proporciona una noche entera de llanto.
Creí que podría habituarme, creí que podría quererla tal y como era, creí que con el tiempo se calmaría y aprendería a quedarse más tiempo conmigo y más quieta, aprendería a llegar no sólo en esos momentos sino también en los buenos momentos de mi vida. “Si practicas, si aprendes de ella, si te adaptas….” Eso me decía.
Ahora no puedo evitar sonreír con sarcasmo, qué inocente era entonces. Aún no la conocía bien, ella a mí tampoco.
~~*~~
Ayer fui muy débil ¿Dónde está mi fortaleza? ¿Dónde? Antes las cosas no funcionaban así, claro que antes era más valiente, más joven, más idealista y soñador, sentía el mundo latiendo entre mis manos, desbordándome de energía, explotando entre todos aquellos sueños ilusos que todavía podían cumplirse. “Espera un momento, ¿antes? Qué tonterías” Sí… son tonterías, sigo siendo igual de necio.
“Ayer ese condenado folio en blanco me gritó que quizás no volverías”. No… en segunda persona no… en tercera o volveré a echarme a llorar.
Ayer un folio en blanco me dijo que quizás había muerto, que la prostituyo a cualquiera con un par de ojos atentos, que ella estaba harta de mí y no quería escucharme, que nunca la cuidé y la mimé lo suficiente… y ahí, justo en ese instante de ese ya lejano ayer, me derrumbé. Mientras aquel folio me gritaba, un escalofrío y luego las lágrimas.
Imaginar su cuerpo desgarrado, su piel blanca mancillada, en el pavimento de cualquier carretera comarcal cercana a un motel de mala muerte, su dulce expresión, sus mejillas inocentes, su tierna nariz, sus ojos… vacíos, carentes de vida, abiertos, reprochándome. Mi alma se desgajaba a pedazos en esas ensoñaciones; entre vigilia y sueño, la imaginaba suplicante, apagada, muerta. Y no podía más que despertar y llorarle a aquel cuerpo muerto que había visto en sueños.
¡Yo! ¡Llorarle a un folio en blanco gritón y maleducado que intenta asustarme! ¡Yo! Y ahí, en ese momento, también de ese ayer, empecé a reír mientras lloraba. Euforia y miedo: Yo.
A menudo tenía la imperiosa necesidad de esconderme bajo mi escritorio, encontrar un lugar pequeño dónde sentirme refugiado y dejar pasar un poco del tiempo hasta que el miedo me dejara respirar y la euforia no me temblara entre las manos, las rodillas, los codos...
“¿Dónde estás? No estás muerta ¿Verdad? No… no lo estás… no puedes estar muerta. Ese condenado folio en blanco me engaña, me miente… no puede ser cierto”. Yo, como un tonto, clavado al suelo, encogido sobre mí mismo en aquel reducido espacio. Pasaban horas hasta que conseguía moverme, pensando toda suerte de desgracias que podían haberle ocurrido. Todas aquellas imágenes espantosas que veía en sueños volvían a mí.
“Hace muchos desde la última vez que nos vimos…” Para cuando podía levantarme ya era de noche, así que recogía mi abrigo, mi bufanda, un paquete de tabaco, y salía en su búsqueda por millonésima vez. Inútil, y yo lo sabía, era inútil buscarla en todos aquellos lugares donde ya la había encontrado y la había dejado marchar, aún así allí acudía. Claro está, a los lugares que estaban a mi alcance.
El primer lugar en el que la encontré quedaba muy lejos de la ciudad, era un viejo y destartalado banco de madera, en el pueblo de mamá, cuando apenas sobrepasaba el metro de altura. Allí la vi claramente por primera vez, y allí la dejé tirada, sin darle mayor importancia. Yo estaba solo en el parque que hay en la colina, a unos quilómetros del pueblo; lo encontré caminando por uno de los senderos que llevan a la cima de la pequeña montaña bajo la que se cobija el pueblo.
Allí estaba yo y mis pequeñas manos, yo y mis pequeños ojos, con el cuaderno a cuestas, sentado en aquel banco, el cielo azul completamente despejado y toda la colina bajo mis pies, incluido el pueblo entero. Allí había llegado, preguntándome por qué mamá me había regalado aquel cuaderno lleno de folios blancos (en aquel entonces los folios en blanco no me gritaban).
Para cuando me había dado cuenta ella estaba sentada a mi lado, ella y su pelo azul, ella y sus ojos azules centelleantes, dedicándome su candor, sus mejillas encendidas de placer y sus labios radiantes. Así la recuerdo, resplandeciente, azul.
Ni siquiera se presentó, ni siquiera me dijo su nombre. Llegó, como una brisa suave en un día índigo; llegó ella, toda ella, llena, rebosante de ese color añil que aquel día deslumbraba en el cielo. Ella, mirándome, expectante, susurrante ya desde el primer momento, pero aquel día mis manos pequeñas y rechonchas no supieron hacerle justicia.
Ahora, ese primer día queda muy lejos de aquí. Ha pasado mucho desde aquel entonces, ha llovido muchísimo.
Ahora solo quedo yo y todos sus recuerdos.
~~*~~
- ¿Qué hago?
- Marcos, no me grites, son las 4 de la mañana ¿Tú crees que éstas son horas de llamar a una casa decente? Voy a desconectar el teléfono. Otra vez con eso... qué pesado.
- Se ha ido… hace semanas que no está, me ha dejado solo.- farfullé presa del pánico.
- ¡Ya volverá! ¡Duérmete de una vez! – Y colgó, sin más, dejándome solo, sin ella… para esto sirven los amigos, para nada.
Han pasado meses desde aquella última noche desesperada, meses desde aquella última vez que me hizo caso; desde aquella última vez en la que mis susurros surtieron efecto. “Vuelve… vuelve a mí” y ella llegaba y me rodeaba con su mágico candor. Llegaba, me llenaba de susurros y de palabras; atiborrado ya de su presencia, me sentía perfecto tal y como estaba. Para aquello había nacido, justamente para aquello, para tenerla entre mis brazos, entre mis manos, en mis oídos, en mí. Toda ella, llenándome, desbordándome. Cuando ella me acompañaba mi cuerpo era una cárcel demasiado pequeña para contenerme.
Ahora ya no me escucha, ya no la puedo alcanzar, ella se ha vuelto más rápida y yo más torpe, ya no vuelve cuando susurro. Un mes tras otro la he llamado, cada noche, cada amanecer, cada tarde, cada madrugada, cada medio día “vuelve… vuelve a mí”. Ya no responde a mi patética súplica.
~~*~~
De nuevo, aquí estamos todos menos ella: el folio, el escritorio, el lapicero y yo sentado en la silla.
Afuera llueve, entre trueno y trueno, el folio empieza a gritarme de nuevo:
- Tu musa no volverá, se ha cansado de que la prostituyas, se ha cansado de que nunca la valores, de que siempre quieras más y más. – su voz estridente acelera mis pulsaciones.
- ¡Cállate! ¡Callaos todos! – Un movimiento, un espasmo de mi brazo lleno de furia y el bloque de folios blancos cae al suelo, todos se derraman, se deslizan y se esparcen por el suelo.
- ¡Todas las noches la misma pataleta! ¡Cómo te gusta el papel de escritor en crisis! Susurrándole una y otra vez. ¡No vendrá! Me lo ha dicho… ¡No quieres que vuelva! ¡Te gusta más éste drama de mala calidad! ¡Este teatro que tanto repites!
- ¡Cállate! ¡Cállate ya!
- Eres un vanidoso que jamás ha pensado en ella, eres un egoísta, cuando llega la exprimes, la obligas, haces lo que quieres con ella y cuando has terminado lo que querías escribir, la dejas tirada de cualquier manera.
- ¡Eso no es cierto! ¡Yo no me comporto así!
- Es así justamente como te comportas. Le susurras, ella acude, toda ella, necia e ignorante; acude a tu llamada, apenas está llamando a tu puerta cuándo tú empiezas a exigirle que te susurre una buena historia. Le sonríes, le dices que la quieres, que es lo más importante que tienes, y ya no necesitas más. Ella, y su azul, te miran; no puede resistirlo, no está en su naturaleza resistirse a ti. Corre hacia ti, ansiosa, alegre, llena de palabras para tocarte y de historias que con el primer beso vierte sobre ti, con el segundo les da forma y para cuando ha llegado el tercero ya no la necesitas, ya no la quieres, así que la dejas olvidada a un lado. Ya tienes lo que querías, ya tienes tu historia, una que habla de ella y de sus desgracias.
- ¡Mis historias no hablan de ella!
- ¿Cómo puedes estar tan ciego? ¿Qué no lo ves? ¿No lo ves? ¡Cómo no puedes verlo, insulso y anodino humano! ¿No viste tu mano helada? ¿No la viste la última vez? Tu mano helada, rodeando su corazón.
Balbuceo, la luz se va, la tormenta empeora.
- No volverá, no cuentes con ello.
- Entonces… ya no quedan historias que contar… - Susurro, cansado ya de luchar contra aquel folio.
- ¿Historias? Sí… historias quedan muchas, pero a ti solo te toca una musa, y ella ya no te quiere.
Intento recordar la última vez que la vi, recuerdo aquel colchón que acababa de comprar, ella llegó sin avisar y yo terminé escribiendo sobre él, aún sin sábanas, tirado de cualquier manera ¿Cuál era aquella historia? No la recuerdo… pero eso no es lo importante ahora. Ella ¿Cómo estaba ella?
No la vi, aquella vez no la vi, solamente escuche sus palabras y sentí sus besos en mis ojos, sonrío al recordarlo, que dulces son mis relatos cuando ella me besa los ojos, los veo con tanta claridad que puedo describirlos perfectamente con palabras. Pero… Un momento ¿No la vi? ¿Me besó y no la vi? No puede ser.
- ¿Cómo vas a recordarla si lo único que te importaba era tu historia? ¿No lo recuerdas?
Recuerdo que me quedé dormido con ella tocando mi cuerpo, recuerdo su piel, suave… tan suave como ninguna otra, recuerdo su cuerpo cálido tocando el mío, su camisón azul, su pelo lacio. Ella y su olor a limón, en mí, mientras yo me quedaba dormido.
- Has olvidado la mejor parte, la parte que refleja todo lo que tú eres. A la mañana siguiente, con distancia y frialdad, leíste el relato, y le reprochaste (como tantas veces) que aquello era basura, que no valía nada, que la historia no tenía ningún sentido. Le reclamabas que te susurrara algo mejor. ¿No viste cómo estaba?
Y aquella imagen se gravó en mi retina, Ella y su pelo azul, medio alborotado, ella y sus ojos azules, ella y su camisón azul. Azul... como el cielo de aquel primer día.
No había sonrisa en su rostro, no había alegría en sus ojos, no había meguillas fulgurantes, ni candor… no quedaba nada. Me miraba, ella me miraba. Ella, sobre un fondo de flores negras. Ella y su magia. Ella y su piel demacrada, ella y su extrema delgadez, sus manos retorcidas, su posición forzada.
El horro invadiéndome, mis ojos anegados en lágrimas, mis gemidos de dolor, mis gritos. Yo, solo, yo… ¿Yo he hecho eso? ¡¿He hecho yo eso?!
Ella, ella, ella.
¿Cómo pude estar tan ciego? ¿Por qué no me pregunté a mí mismo? ¿Por qué me miraba así? ¿Por qué hacía años que no sonreía? ¿Por qué yo no lo había visto?
Recuerdo… que esa fue la última vez que la vi.
~~*~~
De haber sabido que ella jamás se había marchado, de haber sabido que ella permanecía oculta entre las sombras de las flores negras pintadas en la pared, esperando, impaciente e ilusionada (fiel devota de mi cercanía, de mi proximidad a ella, esa es su naturaleza y su condena) esperando a que yo la viera, que me diese cuenta de que siempre estaba conmigo, esperando que mi mirada se cruzara con la suya, diluyéndose poco a poco entre las sombras y esas flores negras que le habían cubierto los oídos de pena. De haberlo sabido… quizás…
¿Lo sabía?
Ilustración e inspiración: Argi Berrojalbiz
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"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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"De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas."
Para leer el relato completo: AQUI
