lunes, 28 de junio de 2010

La calle

Me encargaron un relato que debía ser así:

Una persona está parada en una esquina con una libreta y una lapicera en la mano, mirando desorientada y como si buscara a alguien.

Y esto es lo que me salió.


El pedazo de madera aún conserva tu aroma, casi podría sentir tu calor en éste reducido y alargado tronco que has utilizado para escribir.
Empieza a llover, todo se vuelve gris, los viandantes sacan sus paraguas de colores; y yo, como un desgraciado e inútil objeto más de la calle, aguardo a tu llegada. No utilizo paraguas, no cubro mi cuerpo ¿Y si vuelves y no me ves?
No volverás… sé que no volverás, te has ido, dejando un epitafio en mi cuaderno favorito que ahora se diluye junto con el agua de lluvia ¿De verdad te has marchado? No… quizás no te marchaste, quizás yo te eché a patadas de mi vida.
Lo cierto es que ahora no puedo anudar los pedazos de recuerdos que se refieren a ti. Ensimismado y confundido voy dejando que todos ellos me vayan invadiendo a la vez.

- ¡Pablo! ¿Qué haces aquí en medio de la calle? Te he visto desde la ventana ¡Entra en casa por Dios! ¡Llevo horas buscándote!
Estás aquí, de nuevo, sonrío. Has vuelto a buscarme.
- Te habías ido…. Y no ibas a volver.
- ¿Yo? – tú me empujas, me obligas a caminar. - ¡Venga! ¡Pablo! ¡Otra vez no! – Sonríes animada mientras yo te abrazo y cubro sus labios de besos y mordiscos.
- ¡Pablo! – pronuncias mi nombre riendo mientras tocas mis labios y los alejas de ti. - ¡Me estoy mojando! ¡Te estás mojando! ¡Haz el favor de caminar hasta casa!
Abres el paraguas y cubres mi cuerpo mojado hasta los huesos. No quiero ir a casa, sentiré de nuevo tu ausencia y tendré que salir de nuevo a buscarte. No quiero entrar, no quiero. Te abrazo, te toco. Éstas tan cerca de mí. Éstas…. Tan lejos ahora.

Ese fue el día en que por primera vez quisiste marcharte de mi lado. Ese día si volviste a buscarme. Aquel día no estabas preparada aún para marcharte con alguien que te mereciera más, ese día aún me querías, aún querías a ese ser repugnante que soy yo.
El recuerdo vuelve a su lugar, al olvido, y ahora sigo aquí, debajo de la lluvia. Una señora pasea a su perro bajo su paraguas, un niño corre con la mochila sobre su cabeza. Las personas y sus vestidos negros se entrecruzan por delante de mí. Tropiezan, me empujan. Algunos de los paraguas me rozan el pelo, otros intentan sacarme los ojos.
Tú ya no vives ahí en frente. Te veo salir con tus amigas la segunda noche que me dejaste tirado. Te veo volver, no me has visto, es de noche y estás borracha. Veo a tus amigas, que ni siquiera me conocen, veo a tus hermanas que tampoco saben que existo, veo a tu madre que tampoco me conoce. Y entonces tengo la certeza de que jamás fui importante para ti.

Entonces vuelvo, a ese primer día en el que me arrastrabas hacia tu casa.
- ¡Vamos! ¡Muévete!
- ¿Qué más te da si no te importo una mierda? ¡Prefiero quedarme aquí, y mirar cómo te vas!
Tu mano, dándome una bofetada, tus ojos, crueles y tus labios fruncidos.
- Eres lo que más me importa en el mundo, eres lo más especial para mí. La persona que más quiero.
Mentías, y qué bien mentías. Mentías y yo te creí. Tu mejor amiga, entrando en tu casa, cruzándose conmigo; ni siquiera sabía cómo me llamaba, ni siquiera sabía que existía.
Quiero volver a ese día en el que me abofeteaste, y gritarte que eres una mentirosa. Pero no puedo. Ese día pasó.
Los rayos caen, el lapicero se me escurre entre los dedos y cae al suelo.
Hace frío. Estoy empapado. Tiemblo.
¿A dónde voy ahora?
Ya te has ido. No vendrás para mentirme, no volverás para susurrarme, ni para abofetearme, ni para dejarme besarte. Ya no te preocupas por mí, dónde estaré, o qué estoy haciendo.


Se ha ido, y con ella, se han ido mis alas, mi escudo, mis erecciones, mi lanza, mi corazón, mis uñas, mis vísceras, mis besos, mis zapatillas y mi dragón.
Ya no puedo llorar, he llorado por tantas otras anteriores a ella, que no me queda ningún tributo que darle.
“puedes llevártelo todo, puedes cargarlo todo y llevártelo contigo, tus muebles, mi historia, tus amigas, mis recuerdos, tus borracheras… llévatelo todo, busca a alguien que te merezca más.
Vete lejos, muy lejos. Pero recuerda, recuerda siempre, que sé volar mucho más alto que tú.”
Susurro. Los truenos caen iluminando la calle.
miércoles, 23 de junio de 2010

Mon Diable

Mis pies se incrustan en el suelo. O al menos esa es la sensación. Mi cuerpo se ha vuelto más pesado. Lágrimas furiosas, corriendo desesperadas por mis mejillas. Mi corazón temblando, estallando en cada latido.
Mi cuerpo entero titila. El pánico me congela, pero el odio lo convierte todo en ebullición.

Pavor.

Mi cuerpo se oprime contra mi propio pecho, que carece ya de espacio para poder palpitar; los latidos de éste corazón desbocado retumban en todo mi cuerpo.

Me siento como si… como si mi espacio vital hubiera sido atrozmente reducido a cenizas.

Ni siquiera sé cómo mis piernas logran aguantar el peso de mi cuerpo.
Los hombros me pesan pero mis brazos, tozudos y erguidos, intentan apuntarlo a él, pero tiemblan, palpitan, no consigo mantenerlos en ningún punto concreto del cuerpo de ese monstruo que acaba de matarlo.

Apunto a su pecho, a su torso, a su brazo, y entre los latidos atronadores de mi corazón, el monstruo que está parado frente a mí se escapa de la mirilla del revólver.

Colt Python 357 Magnum de 8 pulgadas, .357; el arma de mi marido ahora yace entre estas manos llenas de miedo. El revólver late entre mis dedos, el cañón humea, vomita los restos del primer disparo... Quedan 5 balas.

Incluso mis labios se estremecen el uno contra el otro. Me falta valor para hablar. No puedo organizar mis palabras...

"Tais-toi!" - gritaría - "tais-toi démon!"
¡Pero no puedo!
Ni si quiera puedo apuntarlo sin que mi corazón estalle de nuevo.

El cadáver de mi amado esposo ha perdido ya todo su calor, se pudre en el suelo, está muerto, a mis pies, sin una gota de sangre. Sus colmillos sonríen, me sonríe.

"Tu l'as bue toute....maudit!"
Las lágrimas de ira vuelven a salir solas.
Se acerca, da un paso hacia mí, susurra, me susurra que me acerque a él, que lo toque, que no me hará daño. Me susurra que no soy capaz de dispararle.
- Non! ne pleure pas!!

Aprieto el gatillo una tercera vez, ni siquiera consigo rozarlo.
"Putain!"
El aire entra y sale de mis pulmones con tanta rapidez que empiezo a asfixiarme.
- merde!

Mis manos temblorosas se rinden y dejan caer el arma al suelo.
Ya no hay peso, ya no hay ningún lastre que clave mis pies al suelo.
No puedo más.
"stupide!"

Mi cuerpo, desesperado y torpe, se lanza contra ese condenado ser que le ha robado la sangre a mi amado. Él tiene su sangre, ahí dentro, fluyendo por su cuerpo.
- Je la veux... la veux toute.
Creo susurrar, en respuesta a aquellas palabras crueles que me susurraba.

Llego a su cuerpo, no se cómo ni por qué pero llego. Ésta frío. Muerdo ese lugar dónde se junta el cuello con el hombro. Ésta gélida, tan gélida que mi cuerpo sufre un escalofrío repentino. Pero ahí está: el sabor metálico de la sangre que amo.

- maintenant, aussi je suis condamné


Je t'aime, mon amour! Mon chéri!
Donne-moi
...je la veux...
mon vampire
¡Donne-moi se Sang!
…Mon diable…

Ámbas ilustraciones: Copyright Tania Castrillón.


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Si álguien no entiende el poco francés que hay que me avise, los traductores no os valdrán mucho porque son frases hechas y el traductor es catastrófico.
lunes, 21 de junio de 2010

Llovía

Clik:


-Está lloviendo, tengo frio ¿Me abrazas?

El ojo del huracán los observaba, las gotas de lluvia seguían cayendo, no una tras otra sino todas a la vez. Ella había olvidado ya si era la depredadora o la presa.

- Necesito decir: te quiero.

- Pues dilo

- Aunque lo dijera, tú no lo escucharías; ni yo tampoco.



viernes, 18 de junio de 2010

Juegos

Él ha pedido el mismo café con leche de siempre; ella ha pedido un bombón largo de leche, cómo de costumbre. Siempre lo mismo.

Ambos esperan, se miran.

- No sabes jugar conmigo.
- ¿Cómo que no? ¿Cómo no voy a saber, después da tanto tiempo?
- No sabes.... dices que me enfado mucho.
- Pero es verdad, y me toca los cojones.
- NO, no me enfado, juego a hacerme la enfadada, pero tu no lo entiendes.

Él la mira y sonríe, justo en ese instante, justo en ese, después de tantos años, vuelve a reconocer a aquella chica, sentada en uno de los bancos del pasillo, esperando entrar a clase de antropología, aquella chica a la que se acercó, y le preguntó "¿Qué lees?". Ahí está, frente a él, no logra entender como lo ha conseguido, pero siempre lo consigue. Sabes que siempre lo consigo.

El café llega con una mínima dosis de leche condensada, una vez más, la incompetencia de los camareros españoles para servirte lo que has pedido le golpea en la cara, pero ella jamás se rendirá.
Él, triunfante, acerca su taza de café a la de ella y la mira.

- Tonta, Has vuelto a perder, nunca aprendes.- Bromea, con los ojos resplandecientes, su café perfecto y su barba de dos semanas.
Tranquilamente, cucharada a cucharada, van quitando café de la taza de ella y echándolo en la taza de él.
El mismo ritual de siempre.





*Leía 1984, de Orwell ¿Te acuerdas? sí.... seguro que te acuerdas.
martes, 15 de junio de 2010

Princess of nowever



El desagüe del plato de la ducha no se había llevado toda la tinta rosa, aún quedaba un poco, aún quedaban restos, siempre quedaba algo de aquel maldito color rosa. El agua fría nunca era suficiente, frotar no servía de nada.

Sus ojos siguen los pequeños ríos de tinta que van a parar al agujero negro del lavabo de porcelana blanca, silenciosos se llevan ese color estridente que grita en su cabeza; poco a poco, los retos de tinta desaparecen por completo (o eso prefiere creer). Nada que la ayude a seguir engañándose a sí misma.

No, ella no era una princesa, lo sabía muy bien, podía verlo en cada hueco de sí misma; aquella era una evidencia tan gigantesca, tan colosal, que siquiera la corona podía eclipsarla. ¿Entonces dónde había conseguido aquella corona rosa digna de princesas, reinas y perdices? Ya no lo recordaba; una corona real, perfecta y tan brillante… Era un desperdicio no utilizarla, así que salía con ella a la calle, sonriente, llena de brillo, dispuesta a sonreír como si en ello le fuera la vida.

Todas las mañanas colocaba la corona de princesa, cuidadosamente sobre su cabello, y con un poco de pegamento, añadía brillo a sus ojos; por último zurcía una sonrisa en la comisura de sus labios y se los pintaba de color rosa, pero no un rosa cualquiera, no un rosa chillón que la haría llamar demasiado la atención, tampoco un rosa pálido ¡no! un rosa pálido no era digno de una princesa como ella. El rosa que ella había elegido era el perfecto, el digno, el inigualable color rosa que toda princesa imaginó jamás.
Para cuando llegaba la noche y cruzaba la puerta de su alcoba, tenía que despegar todo aquello de su cuerpo si quería dormir; debía lavarlo todo antes de acostarse si quería evitar que los fantasmas de debajo de su cama le gritaran que era una mentirosa.
La verdad es que los ojos le escocían ya de tanto pegamento, tanta sonrisa y tanta mierda pintada rosa. (¡Sí!, he dicho mierda ya sé que es poco apropiado y menos para una princesa, pero no hay otra palabra mejor).

Nos confundamos, ella no era tonta, no era una estúpida, el engaño era voluntario, la farsa era totalmente consciente. Sabía que esa corona era robada, que la legítima princesa murió y ella, tan cruel, urdió el plan para quitarle la corona a la princesita que una vez fue. Ahora ya no lo era y la corona muerta la rechazaba, ya no reconocía lo que aquella chica fue, alguna vez, en un tiempo muy remoto. Por eso tenía que pintar, pegar o zurcir dónde procediera para seguir adelante con el engaño. Todo eso a ella le daba igual. En la calle, en cualquier lugar, todo el mundo le sonreía - ¡insensatos!- sin saber que su corazón no era rosa como su piel… no… era de otro color vil y traicionero.

La bañera ya casi era rosa del todo después de tanta pintura desteñida, al igual que la jabonera, el lavabo y la parte interior de toda su ropa.

No, no diré que se rindió, siguió sonriendo, siguió sosteniendo aquella maldita farsa hasta que quedó ciega por la pintura; siguió rindiendo tributo a esa princesa que murió en algún lugar de su pasado. Sin ningún tipo de escrúpulo siguió andando y andando con su corona pegada. Presumiéndose alguien que no era, alguien que ya nunca jamás sería.

- ¡Déjame tranquila! ¡Déjame en paz! ¡No! ¡Ya basta! ¡Por favor!- Gritaba su reflejo durante los escasos minutos que podía verse, lloraba, incluso algunas veces suplicaba desde el otro lado del espejo de aquel diminuto cuarto de baño.

Qué triste y lastimera era cuando se quitaba aquel color tan perfecto, qué patética, qué vomitiva. Qué asco le daba a aquella princesa ver como el espejo le suplicaba, segundos antes de que el esmalte– de color rosa – se estampara contra sus uñas. Era repugnante cuando se quitaba la máscara, de eso estaba segura.

De nada le sirvió su laboriosa tarea diaria. Ni su piel pasó a ser rosa con el tiempo. Ni la corona la aceptó como su dueña. Ni siquiera las malditas sabanas donde dormía la dejaron descansar en paz, sus sueños nunca fueron de color rosa, no nos engañemos.
Allí no había nada de un color tan triste como el rosa.

Y ya llega el final.

Fin.
sábado, 12 de junio de 2010

Sueños olvidados

El lugar era macabro… todo estaba lleno de ramas entrelazadas, marrones, ásperas, rugosas, finas… troncos y sus ramificaciones que cubrían todo el suelo y se extendían también por las paredes oscuras.

Ella se encontraba sentada en una simple y vulgar silla, estaba en alguna esquina, o en el centro… no sabría decirlo con exactitud... me encontraba en un refugio que dentro de poco sería una cárcel eterna.

En algún lugar cerca de un montón de hojas secas había restos de una margarita deshojada, fruto de un amor perdido, un amor no correspondido; ésa era la primera ilusión frustrada que le había robado un par de lágrimas.

Lágrimas... un cubo lleno de ellas no muy lejos de la mujer. A un lado de la vasija podía leerse, con letras grandes: “Fragile”. Quizás había decidido guardar sus gotitas saladas en aquel recipiente a modo de cubo para las gotas que no cesaban de caer. Quizás, simplemente era un trasto inútil más, amontonado no sabes dónde ni cuándo, pero en unos recuerdos que no son inmortales.

A unos pasos de allí, encontré un pintalabios color rojo, el carmín había sido usado muchísimas veces; estaba marcando por la silueta de sus labios, ahora amoratados y arrugados. En ese pintalabios estaba impregnado cada pliegue de su boca, igual de tatuado que cada beso que aquella mujer había dado… Hijos, esposos, amados, objetos, novios, madres, padres, nietos, hermanos… Casi podría decirse que todos ellos determinaban los pliegues de sus labios. Antaño fueron carnosos pero ella no lo recuerda y ese pintalabios estaba allí para eso. Insinuante, radiante, se posaba en el suelo como símbolo de que alguna vez fue besada y dio besos, claro que los dio... aunque no lo recuerde. Cada uno con todo su corazón, dolor o amor... poco importaba ya eso cuando ni siquiera recuerdas que eras tu quién los daba.

Muy cerca de allí, muy cerca del minúsculo pintalabios, apoyado majestuosamente sobre sus tacones había un zapato, negro, de tacón alto, muy fino… Y, entonces, supe a qué me enfrentaba, a una mujer descalza, a un caminante sin calzado y ya sin camino. El zapato mostraba evidentes signos de haber sido muy utilizado. Aquella mujer había caminado mucho, muchísimo, con aquellos dolorosos zapatos que ya no le servirían para nada.

Algo curioso, y de lo cual no me había percatado todavía, eran esos extraños puntos negros que había esparcidos por el suelo. Me acerqué a uno de ellos; era redondo y marrón; entonces se me ocurrió que eran lunares de alguien que ella guardaba en su memoria.

No encontré vida humana por allí, pero sí había rastros de ella. Entre un montón de hojas secas también encontré un billete de tren al que esa mujer sentada en la silla nunca subió; y junto a ese billete, un recuerdo me sobrecogió. Una voz de mujer habló en susurros:

“Nadie me espera ya...

Un tren se acerca, mi corazón se acelera como siempre, y las manos empiezan a sudarme… Está tan lejos… pero siempre la misma sensación, cada vez que se acerca uno tú automáticamente piensas “quizás sea el mío”…

- O quizás no. –Un susurro débil.

El tren pasa de largo, se aleja de nuevo; en ese momento empiezan los nervios; esta vez son peores, me impiden respirar, me bloquean. El siguiente tren tarda tanto tiempo que el miedo se apodera de mí, me congela... mi corazón se endurece.

Otro tren que se acerca: “Quizás sea el mío”

- Y quizás no. – Un susurro perdido, desesperanzado.

Pocas veces se han detenido, pero no subí a pesar de que abrieron las puertas… No era el mío.

Y aquí quedas tú, en mitad de las vías del tren, sola; llueva, truene o nieve... aquí sigo. Esperando un tren que ya ha pasado y no volverá.”

Era ella hablándose a sí misma. Qué pensamientos más tristes… no me crearon para sentir pero empiezo a entender por qué las personas felices no tienen historia. ¡Yo! Sentía soledad en una habitación en la que ni siquiera la luz lucha por entrar. Yo no tengo oídos, ni siquiera tengo ojos. Aún así soy capaz de percibir, de ver los objetos de este lugar... le queda ya poco tiempo.

En el techo hay una lámpara sin bombillas que de todos modos no funciona; la electricidad hace tiempo que se fundió, el riego que diera luz a este lugar se fue con el paso del tiempo. Se volvió vieja, se olvidó de todos, hasta de sí misma, y se quedó sola aquí.

A pesar de que la bombilla no funcionaba, por segundos había luz. Llovía en un rincón de la habitación enramada, cuando los rayos caían sobre una de las ramas parecía que lo iluminaba todo.

Aún quedan muchos objetos aquí dentro. Podría hablar de ese cuento desgajado que hay casi a sus pies, un cuento deshojado que álguien le contaba cada noche antes de dormir. Cuentos irreales para niños soñadores.

Podría contar más objetos, más símbolos, más comparaciones anodinas de una metáfora difícil, pero no lo haré. "No lo haré porque creo que ya has tenido suficiente para recordar y, si ya has aguantado lo suficiente, te agradecería que me dejaras hacer lo que debo hacer; quieras o no. Yo no puedo devolverte lo que has olvidado..." la mujer de la silla ni siquiera se movió.

El tiempo me presiona, me obliga, me acosa… Y no puedo más. "Lloraría por ti si tuviera ojos, mi niña; te abrazaría fuertemente si tuviera brazos, madre; te besaría como nunca si tuviera labios, mi amor. Pero no tengo nada de eso, querida mía, ya los tienes tú por mí. Aunque cubierto de hojas secas que te han oxidado, mi vida."

Sus pies no se distinguen de las ramas, formando parte ya del suelo y de toda la habitación, ella era un objeto más de sus recuerdos. Yo sabía el momento exacto en que empezaron a crecer los primeros brotes, pero no había percibido hasta qué nivel se habían apoderado de ella hasta ahora.

- ¡Éste es tu reino! Un reino olvidado.

Yo.... sólo soy su memoria que se borra a cada segundo.

Ya llega la muerte.

- Soy el carcelero de tus sueños, la Luna hace tiempo que se fue de aquí y esta vez vengo a cerrar con llave definitivamente…

Me escuchó, fui lo último que aquella mujer sintió: todo y nada.

La vieja puerta (tan vieja como ella), de metal oxidado, agonizaba mientras la cerraba. Y ya no quedaba más tiempo, ni más ganas, ni siquiera más esfuerzos que hacer.

Se olvidó del olvido, se olvidó de que afuera los tubos de oxígeno y los goteros la rodeaban junto con aquellos seres queridos, que ahora ya desconocía por completo.

Hacía tiempo que se había olvidado de recordar.

Hacía tiempo que se había olvidado de ella.

Hacia tiempo que se había olvidado de vivir.

Vieja, rodeada de sus desconocidos, que aunque no reconocía eran suyos; sus pulmones se olvidaron de respirar, sus ojos no recordaron cómo mirar, sus manos ¿seguían ahí?

Su corazón, cansado del olvido dio paso a la fría y llana muerte.

Dejó lágrimas tras de sí, dejó gritos, dejó al tiempo e incluso al olvido lo dejó tirado. En el exterior de aquel mundo en el que el olvido la había obligado a recluirse, había un pliegue en su piel por cada sensación vivida; pero en sus adentros, allí dónde los recuerdos ya no llegaban, el camino de aquel caminante se detuvo en algún lugar atrás... y allí no había pliegues sino una rama por cada olvido.

Incendiados todos.
jueves, 10 de junio de 2010

Noche

Me ahogo, me sofoco sin querer evitarlo, mi corazón bombea fuerte y no sé detenerlo, eres tú el único que puede calmarlo. ¡Ven! Clámalo, serénalo. Puedes hacerlo, eres el único que sabe hacerlo… hacérmelo… tan bien…

Suspiro.

Ahora sólo necesito que me empapes de ti. Lo necesito, no, ¡Lo exijo!

¿No lo ves? La sangre, la sangre del corazón me ahoga, te llama. Éste músculo tonto y rojo está obsesionado contigo, no sé lo que le pasa, nunca lo entendí muy bien. Sólo de imaginar las travesuras que se desatan en él sería capaz de enloquecer, de ahogarme hasta llegar a una angustia infinita.

Las cosquillas del ombligo, junto con las asfixia de mi boca, me matarán si no apareces pronto frente a mi puerta; te quiero caliente como el fuego para que pueda expandirme. No lo soporto más, este calor me acabará quemando la razón.

- ¡Ven pronto! – susurro a los tirantes de mi camisón.

Mis mariposas quieren salir, sí, por esa brecha que imaginas, por esa por la que nos expandimos.

¿Sabes? A veces sueño, sueño por el mero placer de soñar, y te imagino, mirándome como si fuera(s) a romperme entre tus manos, y entonces me aprietas, con fuerza, como si no nos fuéramos a separar nunca. Creo que quieres romperme en mil pedazos, y guardártelos, para poder llevarme siempre contigo.

Ah... suspiro… enloquezco, me falta poco para dejar de distinguir entre sueño y realidad, estoy caliente, caliente de amor, de deseo, de sexo ¿Qué más da lo que sea?

Tu mano trepa por mi espalda, frágil, segura, fuerte... como aquel intrépido príncipe que derrotó al Dragón... el nuestro está muerto y enterrado, y ahora yacemos, en el lecho de la torre, y tenemos perdices que comer.

Me sonríes, escondiendo comentarios, quizás pervertidos; escondes tu lengua, que malvada, aguardará a que yo me abra y te deje entrar. Yo te sonrío como quien ha descubierto el tesoro que esconde el diablo.
Regálamela.

Tu lengua esta templada, no quieres quemarme pero yo sí que quiero ¡Quémame! Te muerdo, buscando los puntos que la retienen, quiero arrancarlos, nerviosa, los busco... y tu... Sigues escondiendo la lascivia para otro día.

¡No puedo respirar! Tengo fiebre, temblores.

-¡Ven!

Para ti, por quemarme.
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¿Me sigues?

- ¿Podrías escribir en paz?
- Muñeca, nadie que escriba algo que merezca la pena puede escribir en paz.
(Charles Bukowski, Barfly )

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París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."
(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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