martes, 28 de junio de 2011

Vuelo

Los escucho, alto y claro, arrastrándose… cerca, muy cerca de mí, en mí. Viscosos, glotones. Ya casi han terminado, ya casi no queda nada jugoso que comer.


Recuerdo el olor del jabón, cuando papá bañaba a Lara en su diminuta bañera, aquel olor… Ha vuelto.

- ¿Quieres bañar tú a Lara? – Papá, sujetando la cabeza del bebé, con las manos llenas de espuma.

- ¡No! ¿No ves que yo soy pequeñita todavía para bañarla? – Mi voz aguda, mi inocencia, los pequeños y rechonchos pies sobre los que se aúpa mi cuerpo.

Y puedo ver el uniforme del colegio, los zapatos de charol que mamá me había dejado sobre el arpón de mi cuarto, y que por supuesto, llevaba puestos aquel día. ¿Ese es mi primer recuerdo? Papá, el bebé en su bañerita y yo, dejando la mochila en el suelo, alzando mi cuerpo sobre los dedos de mis pies para poder asomarme y ver a una Lara sonriente, calvita, de ojos azules y labios mellados.

No… ese no es el primero, ¡te estás equivocando! ¡Rebobina la cinta! El primero es mamá, sentada frente a mí en la mesa de la cocina, lo recuerdo muy bien, era invierno, el sol se derramaba sobre la ventana nevada, mamá y sus pantuflas, yo y mi pijama… ¡Aquel pijama repleto de osos de colores! La cafetera de mamá y su pelo enmarañado, y sus ojeras, y sus uñas rojas.

- Mi niña, los reyes magos traen un regalo nuevo éste año. – Dulce, tan dulce… Entonces su sonrisa me deslumbra, y sé que todo estará bien.

- ¿Puedo ir ya a mirar en el árbol de navidad? ¡Mira! Ya es de día… - su cálida mano me acaricia, me atrae, me abraza; el olor de mamá me envuelve en una capa infranqueable de refugio.

- El regalito vendrá dentro de unos meses… - susurra con delicadeza.

Yo, separándome de ella, con el ceño fruncido, al borde de las más amargas y relucientes lágrimas.

- ¿Tendré que esperar tanto para mis regalos? – Grito medio segundo antes de echarme a llorar desesperada.

Ella ríe, divertida, sorprendida y vuelve a abrazarme.

- ¡No, mi vida! Tus regalos están bajo el árbol. – Mis dolorosas lágrimas cesan de repente y echo a correr hacia el salón, no hay nada más importante en el mundo, quiero abrir los regalos ¡Ya!

El olor de su cigarrillo inunda el salón, pero a mí ya no me molesta, estoy abriendo mis regalos. Aquella mañana te descubrí, te imaginé, te soñé, te envidié y mientras la barriga de mamá casi llegaba a explotar, yo soñaba con un bebé similar a mi muñeca. Creo que me echaría a reír si pudiera.

No han pasado tantos años desde aquel entonces, he vivido, he soñado, he amado, y suspirado, reído a carcajadas… He aprendido a ser severamente juzgada, he aprendido a resistir, o al menos lo hice, por un tiempo.

Comprendí que los amigos no sirven para nada, y adiestré a mi mano, con dedicación y constancia, a decir "adiós" enérgicamente a todas las personas que surcaron por las aguas de mi vida, que la cruzaron, o nadaron en ella apenas unos momentos.

Mi corazón, autodidacta siempre en materia de sentimientos, aprendió a amar, y a desamar, a sangrar, a aporrearme; tembló y vibró entre las manos de aquellos otros, tan extraños, que lo secuestraron en una mirada, a veces en un beso. Gritó cuando ellos desaparecieron de mi vida, y se negó a aceptar que ya no podría volver a verlos jamás. Latió, cálido y acompasado en sus abrazos, enérgico y seguro en sus desafíos, y perezoso y cansado por las mañanas al despertar. Pero no se detuvo, uno tras otro, ni siquiera tuvieron tiempo de parar a recuperar el aliento. Una noche estrellada, de cielo despejado y luz atronadora bajo la superficie de mis pies; una noche de letreros luminosos, tráfico asfixiante y gentío sin fin, se lo pedí… y él, resignado y cabizbajo, aceptó, mantuvo la compostura hasta que mis pies dejaron de tocar la superficie del suelo.

Y cabalgó, furioso, histérico, rebosante de vida.

Ahora, heme aquí,  muerta, a varios metros bajo la tierra sobre la que esos otros de mi vida caminan. Hace ya varios meses, mi cuerpo se estrelló brutalmente contra el asfalto, mi corazón estalló en pedazos, he muerto de miedo, he muerto de angustia, he muerto de vida. Tan intensa, tan concentrada, tan pegada a mi piel.

Los gusanos me devoran.
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- ¿Podrías escribir en paz?
- Muñeca, nadie que escriba algo que merezca la pena puede escribir en paz.
(Charles Bukowski, Barfly )

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París

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París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."
(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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"De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas."

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