jueves, 13 de mayo de 2010

Vuelve... Vuelve a Mí.

-Devuélvemelo. – se escucha el llanto en la oscuridad.

En aquella estancia fría y lóbrega, ella susurra aferrada a un cuerpo que ya ni siquiera conserva calor, abrazándolo desesperada, sus manos nerviosas de uñas largas se hunden en la carne fría de su espalda, lo arañas sin darse cuenta, frenética, clava sus uñas en la espalda del cuerpo muerto; lo estrecha, restriega su torso desnudo contra ella, contra sus pechos. Él… Inerte… Tan indiferente que ni siquiera sus brazos se mantienen solos, están derramados por el aire.

Su voz sólo era un susurro sin fuerza. El cuerpo masculino que luchaba por contener entre sus manos permanecía en silencio ¿Cómo podía permanecer callado? Tan cruel… No, no es él.... no es silencio.
Hay poca luz, casi no puede verlo, pero lo escucha, escucha todos esos recuerdos que el tacto de su cuerpo le susurra. Sus brazos tiemblan, haciendo que el cuerpo gçelido que estrechan, tiemble también. Tan fofo...

- Dime donde lo has encerrado.

Las manos de la chica palpan, ansiosas, titilantes, la espalda fofa del muchacho inanimado; él sigue arrojado entre aquellos brazos tan débiles.
Sus manos de uñas largas registran cada rincón de la espalda masculina, tan grande, tan tersa... tan muerta…
Una colonia de hormigas recorre sus piernas, llevan mucho tiempo en la misma posición, encogidas, soportando aquel peso, aquellos nervios.

Pero nada de eso importa. Ella, desesperada, busca, registra la piel masculina sin saber muy bien por dónde guiar sus manos. El alma le tiembla entre las manos.

De súbito, su respiración desenfrenada se detiene, guarda sus lágrimas tras los parpados; lo separa de ella, separa el torso inerte del muchacho, maldiciendo todo el espacio que se cuela entre ambos. Y con cuidado, una mano temblorosa busca aquellos latidos que tendrían que sentirse bajo la piel. Apoya su mano cálida en el pectoral frío que se corresponde con el corazón. En silencio, intenta sentir un bombeo que no llegará nunca más.

- ¡Devuélvemelo! – le grita a él.

Grita con las pocas fuerzas que le quedan, grita a aquellos ojos abiertos. Él.. la está mirando, mira hacia un punto de su rostro que ella no es capaz de localizar. Tiene los ojos inmóviles, vacíos… Pero la está mirando, a ella, como siempre, como antes… Los ojos le brillan, no estan apagados.

Se estremece, lo abraza de nuevo. Y esta vez, aquellas lágrimas que habían cesado, vuelven a derramarse, vuelve todo al mismo punto, a un punto sin retorno; un punto en el que el corazón humano, débil y tembloroso, imagina esperanza. Y así es como ella se inventa su esperanza, entre sollozos delirantes, susurros. “vuelve… vuelve a mí”… Una y otra vez.

Ya apenas le quedan fuerzas para volver a ese punto, ya apenas le queda imaginación, ya casi no quedan latidos que inventar ni para su propio corazón, incluso el aire en sus pulmones se vuelve frenético.

- Lo escondes… ¡Dime donde! Tengo que encontrarlo y sacarlo de donde lo has encerrado. Lo quiero… ¡Es mío! ¡Vuelve! Por favor... vuelve... devuelveme sus latidos... antes eran míos... - Lo aprieta, lo estruja, cada vez con menos fuerzas - Vuelve...

Susurra, con el cuerpo del muchacho oprimido contra ella, y así permanece hasta que apenas le quedan ya un par de latidos.
Lo besa desesperada, de forma violenta, frenética. El sabor, el olor, el tacto…. Él suspira, ¡Suspira! ¡No! No es posible…. Lo ha imaginado… Lo ha recordado suspirar.

Sabe que él está lejos, que lo único que aferra es su recuerdo, ¡Que incluso ese maldito cuerpo está lejos, en otro lugar, en otro espacio! Con ella... La dejó tirada, en mitad de aquel mundo tan extraño al que ella ya ni siquiera quiere asomarse si él no está.

- Se que estás aquí, dónde te has encerrado… ¡Yo sola… no puedo! No puedo seguir inventando... moriré aquí dentro... sola...

Susurra, ya sin voz, ya casi sin alma. “Devuélvelo” pronuncian sus labios, una y otra vez. Desesperados por darle vida a aquel recuerdo.

Su corazón muere, murió hace ya mucho tiempo... murió aquel día, en el que supo con certeza que él ya no volvería, su corazón ya no la quería.

1 gota(s) de lluvia ha(n) caido**:

Anónimo dijo...

Cuando el amor hace que te sientas muerta si el ya no esta...Cuando parece que tu vida sin el ya no tiene ningun sentido ,en ese momento en el que eres capaz de chillar de gritar de suplicar al cuerpo de tu amado que libere su alma.... cuando la desesperacion hace que no veas mas alla.... en ese preciso momento si no hay una mano a la que aferrarte para salir y para seguir ...solo te queda esperar y rezar para que tu fin llegue lo antes posible...

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París, ella, y un par de días es todo lo que necesito. Nunca entenderé cómo, ni por qué pero ella lo consigue, consigue pegar los pedazos, sin preguntas, sin quejas, sin compasión; su risa siempre dispuesta a contagiarme; sus ojos atentos, negros, expectante, observándome, como si nada más existiera; sus labios, susurrantes, carnosos, rosados, me muerden, me besan, me arrastran; su cuerpo tibio, acompañándome, sobre mí, a mi lado, a unos pasos, nunca demasiado lejos; su viola, gritando a altas horas de la madrugada; su piso, situado en La Rue de la Harpe, pequeño, tan pequeño que no tiene puertas, nada más entrar, la cocina a la izquierda y el salón también, el ventanal, la pared, una cornisa a la izquierda y la habitación, el cuarto de baño y la ducha parecen un armario empotrado más… era minúsculo la primera vez que entré, con ella tomada de la mano; pero ahora, ahora es inmenso, o al menos así me lo parece. ~~~~PARA LEER EL EL RESTO DE LA HISTORIA click EN LA FOTOGRAFÍA
"En su texto, el escritor levanta su hogar. Así como acarrea papeles, libros, lápices y documentos de cuarto en cuarto, así crea el mismo desorden en sus pensamientos. Éstos se vuelven muebles en los que se sumerge, contento o irritable. Los golpea con afecto, los gasta, los mezcla, reacomoda, arruina. Para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir."
(Th. W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada)
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"De repente me he vuelto pequeñita, tanto que un soplido podría romperme; pero ese soplo nunca llega porque él nunca respira, nunca duerme, nunca escucha; es como un centinela, sabe que sus cosas – las “cosas” de su propiedad - no se moverán. Yo… tampoco me moveré, permaneceré aquí callada, encerrada, con las ventanas y las puertas abiertas."

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